domingo, 26 de septiembre de 2010

Publicidad

Te pones a escuchar la radio, programas de calidad, hechos por personas cultas y enteradas de qué está pasando en el mundo, provistas de infinidad de datos y claridad de criterio suficiente y sobrada para saber discernir qué es honradez en cualquier campo de la economía o de la política y, en mitad de su disertación o de su arenga, te vierten sobre la cabeza el jarro de agua fría de largarte con mucha credibilidad y mucho aplomo que tomes tal o cual producto para adelgazar, o para mejorar tu memoria, o que acudas a un determinado establecimiento a proveerte de moda, de perfume, de sartenes, de tresillos para, a continuación y tan tranquilos, seguir con lo que estaban.

Te están hablando de la crisis, muy sesudamente, y contándote que hay en este país más de cuatro millones de parados; y sin siquiera advertirte de estar dando paso a la publicidad te cantan, sin solución de continuidad y dentro del mismo contexto, con la propia voz del que está conduciendo el programa, las maravillas de contratar un crucero o de comprarte un coche. Y a gentes que en una inmensa mayoría cuenta apenas con qué o de qué sobrevivir.

¿Cómo se les queda el cuerpo y el alma?

El vivir es una eterna servidumbre, por lo visto, un constante tener que claudicar y traicionarse, un ineludible tenerse que tragar sin rechistar ni masticar las propias miserias y mezquindades recubiertas, como si fueran píldoras, de justificaciones y argumentos de colores, de todos los colores.

De todo se habla, se dice, se cuestiona, se critica. De la deshonestidad y desmedida ambición de los políticos y de la vulgaridad de las famosas. Se larga contra el presidente del gobierno, contra sus ministros y ministras, contra los sindicalistas y los sindicatos, sin parar en mientes y pasando por alto la descorazonadora, espeluznante, similitud que existe entre las actitudes de los denostados y su búsqueda del a toda costa perpetuarse y las de los que, a su costa, buscan exactamente lo mismo.

Se afean constantemente las conductas de los que desde el poder y desde las instituciones mienten, de los que no parecen alentados por otra finalidad que enriquecerse; se afea desde las emisoras y desde los periódicos cuyas últimas páginas están dedicadas a anuncios de prostitución; y cuanto mayor tirada tiene un periódico más se enriquece a causa de que sus páginas son más demandadas para tal publicidad.

¿Y estas conductas quién las afea? ¿Adónde o a quién se puede acudir para expresar la perplejidad que causan? ¿Qué medio va a dar cancha a la protesta del que se duele de la mendacidad de los medios?

Y hay que vivir en esa impotencia y en ese silencio ahogado tan sólo por las mismas palabras pronunciadas por las mismas personas a las que si no quieres vivir en una burbuja de ignorancia o desconocimiento tienes forzosamente que escuchar.

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En relación al  asunto de la publicidad y con motivo de un correo que envié posteriormente a la presentadora, María José Peláez,  del programa “A toda salud” de la emisora Esradio, ella me respondió en términos tan correctos y mostrándose tan comprensiva para con mi criterio – que no es que yo expresara de forma del todo desabrida pero sí bastante llana – que he vuelto a escribirle para darle las gracias y para profundizar un poco más en a qué me estaba exactamente refiriendo,utilizando esta vez un lenguaje bastante más cuidado. Por entender que puede estar reflejando lo que otras muchas personas piensan  pero no se animan a expresar , lo coloco con el título “a María José Peláez” en este mismo blog y enlazo desde aquí.

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Releyendo meses después esta entrada lamento haberle pedido disculpas. No puedo soportarla, ni a su programa tampoco.
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Qué aborrezco

Aborrezco a la gente gorda. Los hombres gordos, las mujeres gordas. Tienen además una forma especial, las mujeres sobre todo, de resoplar; de empujar subiendo al autobús, de arrastrar con el trasero el mantel de la mesa de al lado en los restaurantes, de desparramarse despatarradas con las rodillas a medio metro una de la otra enseñando ― si no fuera porque la carnaza de los muslos obstaculiza la visión ― las bragas; y de arremeter con todo el que se cruza en su camino cuando se precipitan, tirando de sus culos, a sentarse en un asiento libre en el metro llevando en las manos, enredadas en dedos como morcillas, bolsas de plástico ajadas y hechas un gurruño. Los miro, a las mujeres y a los hombres, y me pongo a echar cuentas esa lleva colgando de las lorzas siete pollos, cinco kilos de filetes y medio cerdo. Me los imagino entregados a los placeres del amor, y me dan nauseas. Pero lo que más me aterra es cuántos animales son sacrificados por causa de su voracidad que, por otra parte, me resulta chocante porque ¿no resulta chocante que se den entre las clases bajas, las de menor poder adquisitivo, las gentes más gordas?
Aunque desde luego no es sólo la gordura. También hay ricos gordos. Pero tienen otras maneras, yo que sé, otras artes, otros gestos, otras formas de desenvolverse menos toscas.
Aborrezco también a los viejos. Esos viejos grotescos que acuden a los bailes a conocerse, a entablar amistades con viejas igual de ridículas. Los que van de vacaciones con el Imserso que ellos suelen llamar Inserso. Los que dicen de sí mismos que tienen espíritu joven y a los que se les dice quién estuviera como usted al llegar a su edad. Cuando no están de vacaciones o bailando están en el médico, rindiendo tributo a sus intestinos y a su tensión y a sus glóbulos rojos y a sus plaquetas y a sus artrosis y a sus sorderas.
Y a las jovencitas. Las jovencitas cuya única ilusión reside en tener mejores tetas y mejor puestas que cualquier otra jovencita. Cuando escucho canciones de amor me pregunto donde están esas musas, delicadas y etéreas, a las que van dirigidas esas letras en las que se repiten una y otra vez palabras como labios, manos, senos, pieles, ojos y frases alusivas todas a toqueteos y baboseos y jadeos.
Otra cosa que me da mucha rabia son esos hombres, viejos o jóvenes, que en cualquier parte y con naturalidad encantadora se rascan los huevos o, porque se nota que el gesto es diferente, la puntita del pito.
Y las pandas de viejas, dos, o tres, o cuatro amigas, espachurradas alrededor de una mesa de cafetería, toda una tarde, con un café o un refresco cada una. Así no hay negocio que resista. Y luego los temas de conversación; sus juanetes, su colesterol, sus nietos y sus nueras.
Las mujeres maltratadas, tengo una especial inquina a las mujeres maltratadas. Son mujeres por lo general bastante calentorras, que necesitan un macho; y al macho le consienten cualquier cosa con tal de que se la… Siempre me quedo perpleja cuando escucho a mujeres que dicen llevar siendo maltratadas, digamos, nueve años, y dicen, acto seguido, que tienen un hijo de ocho o de siete ¿Cómo una mujer maltratada puede tener hijos del hombre que la está maltratando? ¿Cómo puede exhibir ante el mundo la prueba tan descarada y tan plausible de que se sigue acostando con el hombre que la maltrata? Y no estoy hablando de que aborte, que Dios me libre; estoy diciendo, tan sólo, que no se abra de piernas.
Porque a las abortistas también las odio. Son mujeres que sólo viven para su propio placer y para el del maromo que tienen al lado; un tipo que las quiere tanto y de tal modo que no está dispuesto, en modo alguno, a que le vengan con monsergas y problemas de “me he quedado embarazada”. Muchas abortan por “no perder a su pareja”; su pareja que las dejaría sin el menor cargo de conciencia tiradas.
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.