domingo, 12 de septiembre de 2010

Perdón

El diccionario lo define como “acción de perdonar”, lo que nos lleva a buscar acto seguido qué es eso de “perdonar”.
Bueno, pues hete aquí que nos encontramos con “Dicho de quien ha sido perjudicado por ello: Remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa”.
Pero, ¿quién ha de expedir el supuesto o metafórico certificado de remisión?
A juzgar por cómo los humanos manejamos el lenguaje podría parecer al primer pronto que el que ha de perdonar es el que recibió la ofensa, es decir, el “agraviado”; y al agraviado es al que se insta a perdonar, y el agraviado es el que – aunque sólo sea a veces por zanjar el tema y que lo dejen en paz – con más o menos ganas y antes o después perdonará.
Y se quedarán tan anchos y felices; lo mismo el perdonador que el perdonado.
Ahora vamos a ver si analizamos la cuestión despacito.
El que causa o inflige cualquier tipo de daño (y nótese que el mismo verbo “infligir” significa, otra vez según el diccionario, “imponer un castigo”; pero así, escueto y en limpio, sin precisar a quién se impone ni concretar si es a otro o a uno mismo) está, básicamente, imprimiendo sobre sí la lacra, produciéndose a sí mismo la herida, de estar siendo el agente que motiva el malestar o el dolor de ese algún otro y aun a pesar, quizás, de que el tal otro a lo mejor ni lo perciba.
Pero vamos, en fin, a centrarnos en el supuesto de que sí lo perciba; y de que le duela, y de que sienta, amén de dolor, indignación e ira.
Se le exhortara entonces, desde todas las instancias de la sensatez y la cordura, de la ecuanimidad y de la imitación a Cristo, a perdonar.
Y ahí es donde surge un gran problema, donde sale al encuentro el gran escollo, imposible de salvar, ni de regatear ni de sortear o de eludir, de que el exhortado, el instado al perdón, no puede.
¡No has de poder!
Puedo ― responderá el cuitado ― desterrar (o por lo menos intentarlo; así, entre paréntesis si no las tiene todas consigo de lograrlo), aunque me vaya el resto de la vida en la ardua empresa, el rencor y la ira de mi corazón y de mi alma; pero, ¿podré, por más que a ello me afane, curar la herida con la que se tatuó el que me causó daño?
Nótese, e insistiré aun a riesgo de resultar machacona sobre ello, que “infligir” es también “imponer un castigo”; y que imponer un castigo no puede (entre humanos) alcanzar a algo más sutil que el enviar al niño a su cuarto sin postre o, en casos más extremos o dramáticos, al reo a la cámara de gas o a la horca.
Eso por un lado. Y, por otro, si el que al ofender se impuso un castigo, a la medida de sus fuerzas o habilidades y con sus propias armas, por su propia voluntad y aunque lo hiciese por caminos o hatajos más o menos intencionados o indirectos (el daño propio, quiero decir, no el ajeno), ¿cómo sería posible que otro humano, tan mortal como él mismo y tan igualmente limitado, contara con los medios que pudieran sanarlo?
No. El daño que se hace, por pequeño que sea, queda en la memoria de la eternidad como daño, en sí mismo y por siempre. Y nada en este mundo, aun mil veces después de que ese otro ― que, por otra parte, tan sólo fue víctima ocasional por mucho o poco de terrible que tuviera en sí la circunstancia ― olvide y destierre de su corazón y de su alma el rencor o la ira, podrá borrarlo.
Puede sanar la herida un perdón, sí, pero el Perdón Divino. Y de ese perdón no hay humano que pueda, sin estar marcándose un farol, decir que tiene la receta.
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.