martes, 1 de junio de 2010

Y me escuchó

Había salido con Sánchez a hacer el último pis – suyo, se sobrentiende y, para los nuevos en esta página, Sánchez es mi perro – y al dar la vuelta, ya de regreso, había un gato negro, grande, en la otra parte de la glorieta, por donde la parada de taxis y el quiosco de prensa.

Luego, desde la ventana, estuve un rato pendiente de él con los prismáticos. Eran poco más de las cinco y ahora, verano ya prácticamente, amanece muy pronto y yo quería que el día no lo encontrara en un lugar con tan pocos recursos para un gato como es la acera de la glorieta; ningún rincón acogedor y fresco, ningún seto bajo el que agazaparse y permanecer a una distancia razonable de los pies hostiles de transeúntes apresurados o desaprensivos o crueles.


Pasaron varios minutos hasta que volvió a reaparecer de por bajo los coches aparcados; se paseó indiferente, altivo y despreocupado por la acera con la cola en alto, como un periscopio, sin cortedad ni consideración ninguna al hecho de estarme teniendo con el alma en vilo.


Hable a mi destino y le dije “nunca te pido nada para mí, y tú lo sabes; no me des más suerte ni más venturas de las que ya me adornan, pero cámbiame de sitio este gato, que la glorieta no es un buen lugar para él”.


Se hizo esperar, pero una media hora después lo vi – al gato – correr como una bala cruzando Joaquín Costa, en dirección a los curas. No es – y podría serlo si no fuera por culpa de su patio y de los porteros y algunos vecinos del lado de los pares -, pensé, el mejor de los lugares pero sí – a él – en el que sabes desenvolverte y es pese a todos los inconvenientes tu medio.


Hice oído, mientras cruzaba bajo el paso elevado; el escaléxtric no me permite ver la calzada de aquel lado, pero no se oía en aquel momento ruido ninguno, ningún coche rodando en ninguna de las direcciones. Y le di las gracias a mi destino pensando que, bueno, se había portado bien.


Las personas somos así de ingenuas, pensamos que cuando las cosas salen como las deseamos es que nuestros ruegos han sido escuchados cuando la pura verdad es que el golpe de suerte ha consistido tan sólo en desear, sin estarlo sabiendo, justo aquello que con o sin nuestra intervención iba, de todas maneras, a suceder.






Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.