sábado, 30 de octubre de 2010

Su labio se condensó en muchas primaveras

Su labio se condensó en muchas primaveras porque Romeo siempre dejaba el pie en el aire un tanto incierto pero también, y para qué engañarse a aquellas alturas no teniendo, encima, ningún punto de referencia del que asirse  , bastante de familia no muy bien avenida pero sí adornada aunque sin excesos ni perifollos ridículos de esos que dan, por otra parte, un toquecito tan gracioso a ciertas bisabuelas del punto de sensatez imprescindible para no ir dando, unas veces, un cuarto al pregonero y, otras pero esto nada más en el buen tiempo, cuando da gusto ir de gira y dormir al raso, mirando las estrellas , el espectáculo tan deplorable de perder el equilibrio y caerse con todo el equipo técnico compuesto, en su mayoría, por magníficos profesionales sobradamente competentes para desempeñar su labor e incluso las joyas pignoradas en algún momento de estrechez pero carentes, casi por completo todos ellos, de un sentido del humor que habría quedado tan fuera de lugar en una representación tan dramática.

martes, 26 de octubre de 2010

A los sauces llorones no les gusta la pimienta en grano

A los sauces llorones no les gusta la pimienta en grano menos que los despertadores digitales o los bailes de salón no porque los afiladores de puntas para lapiceros tengan la fea costumbre de criticar a las lenguas de fuego pregonando que aun no disponiendo de razones ni propias, ni de peso, ni sociales ni trigonométricas para estrechar lazos de amistad con sus homónimas ― ni de la antigua Atenas ni del bastante más moderno Lacio ― se muestren sí no menos proclives a renegar tanto de los cocodrilos y sus lágrimas como de las cántigas de Alfonso X el Sabio o las declinaciones de las otras que, inclinadas a experimentar un cierto alivio cuando por imperativos o futuros perfectos de verbos intransitivos regulares no han de comparecer ante los tribunales se saben más acuciadas, sin embargo, por la necesidad de conjugar su afición por los salmonetes y las carpas que por su querencia por las colchas de seda sino porque, como inquietas o medio amedrentadas frente a la incomprensible falta de operatividad de los pañuelos que llevan, tan precavidos ellos, escondidos en sus bocamangas, los obligan a sentirse aquejados de una risa nerviosa que no les permite concentrarse en guardar la compostura que sus continentes, tan severos, parecen estar exigiendo a grandes voces y a cada instante.

domingo, 24 de octubre de 2010

Los mamuts son gordos

Los mamuts son gordos porque la hierba está dormida por la luz del primer vergel sobre el que no encumbraron sus figuras esbeltas ni sus frentes angostas los que, descendiendo de las simas más hondas de lejanos parajes descarnados de lirios o jazmines adornadas de abolengos esculpidos en sus miradas frías, viraron por el camino recto que los conduciría hasta el lugar en que encontraron sin saberlo los rastros de las nuevas viejas huellas de los pasos parejos, cortos y no estudiados pero sí hasta la saciedad repetidos, de sus correspondientes ignorados proyectos esbozados con apenas tenues trazos de tiza, o carboncillo, o de sanguina, dibujando los rasgos tan difusos de unos rostros sin restos mal lavados  de destellos del brillo de las cuencas a que afluyen las ráfagas de estrellas que vigilan el rodar de los siglos que discurren, perezosos, al amor de la lumbre del murmullo que llama a toque de rebato a rechazar la envidia a que se entregan cuando ven los verdores que devoran, golosos, los mirlos y jilgueros o, al descuido  de alguna enana blanca despistada u ociosa, tal vez algún cernícalo al que, terco como una mula, no le entra en su cabeza tan dura de chorlito que dos y dos de las treinta y siete veces que se hizo la comprobación fueron, indefectiblemente, siempre cuatro.

Recreación

Si descubrir que se había perdido  todo un día en tratar de encontrar una pregunta bien hecha no redimió a los buscadores de la culpa de no haberlo preservado de tal daño ni de sentir, en los fondos de sus almas, el profundo vació que había dejado la ausencia de aquellas veinticuatro horas que, en justicia, no merecían ser más añoradas que cualesquiera otras de otros tantos días desperdiciados en buscar las respuestas que fuesen a esclarecer sus respectivas noches; no redimió, tampoco, a los artífices de tal fatal descubrimiento de la pena de vida que cayó, con todo el peso de una humanidad tan grande y tan sumida en la abundancia, no sólo sobre ellos sino bajo la mirada implacable de los hacedores de nuevos tiempos que, defraudados, desesperanzados de sí mismos y de sus habilidades para abordar hechuras diferentes se negaban,  sin embargo y para estupor de los que aguardaban impacientes y conteniendo la respiración presas del pánico, a seguir confeccionando, en su desánimo, ni siquiera una pequeña remesa de los tan consabidos e insignificantes segundos de siempre.
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martes, 19 de octubre de 2010

Terapia ocupacional

Sabía poder asegurar llegado el caso y sin apenas inmutarse que había intentado recordar a veces cuánto tiempo hacía que había dejado de añorar los tiempos en que tuvo una bicicleta azul con la que pedaleaba cada día, en las mañanas de verano, junto al río; pero que ahora, tanto tiempo después, la sensación que lo embargaba era la de que todas aquellas veces abandonó el intento por razones que, mirando hacia atrás, se le antojaban peregrinas o meras excusas para no aplicarse, para no poner en la tarea que se asignaba voluntariamente todo el empeño que hubiera sido necesario para lograr el éxito.

Sabía también que siempre que se hacía este tipo de trampas trataba, inmediatamente y sin dejar por ello de atender a lo que estuviese ocupándolo en cada momento, de forzar su memoria hasta evocar aquella tarde de invierno en que escuchó cómo las campanas de la iglesia tocaban a duelo, o el olor de las glicinias color malva en los jarrones que adornaban las consolas colocadas en los extremos de la galería acristalada que daba sobre el parque, o las caras de los desconocidos pegadas al cristal de la confitería o de la agencia de viajes con las manos haciendo pantalla para ver mejor las palmeras y los cocoteros o, y esto también podía saber intentar recordarlo aunque sospechando que inmutándose ya un poco ― siempre y cuando, naturalmente, que llegara el caso ―, la cantidad de mecheros inservibles que se almacenaban en el cajón de las cucharas.

Sabía que podría ofrecer una cierta dificultad en cambio ― y esto sí que lo ponía un poco nervioso ― el sentirse en la certeza de estar capacitado para precisar, aunque esperase con la ayuda de ese Dios en el que conservaba un remoto barrunto de no haber dejado nunca de confiar que el caso jamás se presentara, en qué baldosa exacta del cuarto grande, el que estaba siempre vacío a mano derecha al fondo del pasillo al que nada más podía accederse por la estrecha escalera sin barandilla que arrancaba desde el lateral izquierdo del vestíbulo, quedó la pequeña hendidura desportillada que causó el pisapapeles de alabastro aquella tarde de un mes de octubre en que se le cayó de las manos.

Sabía que se habría dejado cortar un brazo, aunque no creía que fuese de veras sino nada más por aquella manía de exagerar, aseverando que el impacto había sido muy al borde, muy cerca de la esquina que quedaba más alejada y a mano derecha si él se colocaba enfrente, justo enfrente, del interruptor de la luz que no merecía la pena ni tocar porque la bombilla llevaba, ya por entonces, tres años y dos meses fundida; y que entonces, si bien erguido bajaba con disimulo la mirada, ahí estaba la baldosa, con su pequeña herida; pero que ahora, desde aquí, cuando si alguien se la mostrase separada de todo lo demás o como un objeto cualquiera aislado de qué lo rodeó algún día no albergaría la sombra de una duda de poder afirmar “esa es”, no le sería posible ― aunque por fortuna de esto también era aun con una cierta vaguedad consciente por completo de que trataría de subsanarlo tan pronto se presentara la ocasión propicia ―, sin embargo, concretar su ubicación en el lugar de origen ni como punto referencial a la hora de reconocer a cualquiera de las demás baldosas que la rodeaban.

Sabía que quiso saber llegados a este punto ― y también curiosamente que aquí, atenazado por el temor de que si no se concentraba se podría como le había ocurrido con tanta frecuencia hacer una pregunta acerca de algo que no le importase en absoluto para encontrarse luego con cualquier respuesta que no iba a interesarle ni tendría idea de dónde colocar ni a qué aplicarla, sí que abandonaba lo que estuviese haciendo ― haber procurado recordar si conocía algún truco para demorarse en tratar de averiguar si existiría alguna trampa con la que poder cubrir el engorroso expediente.

Sabía, por último ― y aquí y por fin ya se tranquilizaba y podía sin más problema saber continuar con lo que en cada momento estuviera teniéndolo ocupado ―, que no, que a pesar de todos sus desvelos y afanes no había logrado saber que jamás había hecho el menor intento por recordar si conocía algún truco mediante el cual fuera posible el posponer el intento de desentrañar el enigma de si existiría alguna treta para cubrir el expediente tan engorroso de tener que saber a cada momento y puntualmente si quería o no quería saber recordar algo con absoluta precisión alguna vez.

Y sabía también que ahora que ya sabía que sí, que ahora que ya sabía que jamás había sabido intentar recordar no saber nada, justo ahora era ese instante ― y lo sabía, sin haber logrado jamás aprender a olvidarlo ― odioso y puntual, ese maldito instante que se repetía sistemática e inexorablemente todos los días a la misma hora y en el minuto exacto en que terminaba con aquello, justo aquello y ninguna otra de entre centenares de miles de cosas, que estuviera en cada momento teniéndolo ocupado.
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lunes, 18 de octubre de 2010

A modo de gacetilla - evento segundo

Los ujieres encargados de abrir los grifos y cerrar las bocas de las dependencias y los portavoces de esta Administración respetando siempre el rigurosísimo orden de prelación respectivo y concordante con los correspondientes rangos se declararon sin dudarlo un instante admiradores de los encargados del mantenimiento de las cabezas de los sifones sin las mismas que, desde las ventanillas de los trenes que circulan a velocidad vertiginosa por las cercanías de nuestra vasta urbe, escuchaban cómo las orquídeas melodiosas que escaparon al acceso de locura que con motivo del recalentamiento inherente a los meses de verano afectó a los tragaluces trastornándolos se inclinaban temblorosas sobre la moderación sumamente sagaz de los astutos tiradores de las puertas que se obtenía por el procedimiento, antiguo sí, pero tan respetable, de ir regalando a los caballeros a lomos de jumentos de bronce de las estatuas ecuestres pentagramas o, en el caso de no haber para todos los gustos y viandantes o ser puertas de las que nunca se cerraran ni se abriesen, a las amodorradas imploradoras de mercedes e imperdibles pequeñas cortesías envueltas en encarnizadísima polémica atestiguando que la muy endeble incuestionabilidad que se imputaba a las escaleras de peldaños de caracol no era todo el rato de licor fermentado de manzana sino, también y con mayor frecuencia, de subida perfectamente controlada de adrenalina u otras secreciones dispensadas por prescripción de glándulas recónditas.
Este improcedente y tan de todo punto reprobable proceder de unas y otros resultó un poquito escandaloso al principio de la primavera pasada y se organizó, por tanto y en consecuencia aun con la salvedad admitida por los destornilladores de alcayatas para almanaques de que no serviría de precedente, un cierto recaudo sin timbres ni ronqueras ni flecos para mantones de Manila de los largos hasta que, entrados en razón y sacados de sus correspondientes quicios, los guardapelos se fueron replegando a sus aposentos y cuarteles pretextando que los rinocerontes de la sabana Africana no estaban convenientemente aleccionados para la misión que se les habría de encomendar a primera hora de la mazmorra recién alicatada.
Todo ello y no obstante no fue óbice de porcelana con incrustaciones de salmodias y otras muestras cuidadosamente clasificadas de respeto para que, con independencia a la que se acogieron bajo súplicas y con la condición de devolver los cascos vacíos tan pronto se hubiesen consumido los turnos de presentación de enmiendas a las totalidades de los desengrasados de las sartenes destinadas al asado de sardinas, heridos en lo más profundo de su honor los estabilizantes de palmatorias de diseño aerodinámico se proclamasen ganadores absolutos del concurso oposición de bailes de salón comedor con tresillo de napa por lo que, una vez adjudicadas las inculpaciones subsidiarias que se implementaron diligentemente y bien trufadas de acotaciones susceptibles de ser guardadas en el mayor de los secretos de los que en las carboneras de esta Administración se almacenan en rileras numeradas, se comunicó a todos los destacamentos de aguamaniles y rapsodas que quedaban eximidos de por vida de tener, en lo sucesivo, que tener que deshollinar los nubarrones de tormenta que se cernían sobre nuestras susceptibilidades tan expuestas al esclarecimiento de unos hechos que a saber cuándo se producirían.
Por lo que y a la vista tan cansada de lo muy embarazoso de la situación en que se hallaban las patas de los bancos del jardín se optó por, como medida tomada por sorpresa y al asalto, darse esta Administración ― en pleno, extraordinario y celebrado por todo lo alto y con champán del mejor ― punto en boca y proclamar, a los cuatro vientos conocidos y a otros cualesquiera vientecillos que pudieran filtrarse por las grietas y desagües de esta madrugada de otoño que nos rige, que no, que no hay ningún nuevo evento que reseñar pero que en cumplimiento de lo prometido ― que ya se sabe que es deuda ― se ha sentido esta Administración en el deber (y por defecto de una obligación que nos vimos en la necesidad de devolver) de comunicar que mañana, a esta misma hora o posterior y en este mismo lugar o equivalente, se procederá a efectuar un inventario detallado y exhaustivo de los muy prolijos y feraces artículos que los ojeadores (véase articulación general de normativas del pasado día 9 de octubre) en su ferocidad tuvieron la deplorable idea de traer desde los confines más remotos hasta estas nuestras tan reducidas dependencias en las que apenas si se pueden rebullir y se pasan todo el día protestando y peleándose porque todos, con sus respectivas clausulas lloronas y meonas a cuestas, quieren ser el primero.
Lo que esta Administración tiene el gusto de poner en conocimiento de la ciudadanía para que no decaiga el ánimo festivo con que suele aguardar en su inocencia embargada de tan morbosa curiosidad las buenas nuevas y las aun mejores (y deseosas de no quedar a la zaga) noticias.
Se imprime, pero ni se firma ni se rubrica porque esto no es un edicto sino tan sólo y meramente uno de los tantos ecos que repiten y regurgitarán incansables en ensordecedor in crescendo (pero eso será otro día) las loas a nuestra sociedad y cuando, encima, miren ustedes (las 2:36 de este lunes de octubre festividad de san Lucas Evangelista) las horas que son y teniendo que madrugar dentro de un rato.
Hasta pronto y que Dios nos asista.
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sábado, 16 de octubre de 2010

Porque se decía de ella que era

Porque se decía de ella que era, como tantas otras de entre las de su clan una señora en toda la extensión de la palabra que abarcaba desde las puntas de los pies a la cabeza se rumoreaba que era ella, a menos nada más y por supuesto de que se la mirase de frente o de medio perfil, una estrafalaria pobre mujer desprovista de espalda.

Porque se decía que era esta suya ― y de las otras tantas de entre las de su clan ― una cualidad un tanto excéntrica que la privaba de bajar la guardia y dejar de mirar aunque fuera nada más de tarde en tarde cara a cara y lo mismo sin reparar en mientes a amigos, enemigos, adversarios y toda una variedad de personajes con los que ― decíase ― uniérala o no lazo de afecto o de desamor o de una total desapasionada indiferencia habría de mantener un estar que no indujera a presumir que careciese de entereza para rendir a cada cual su justa alerta cuya ausencia resultaba una rareza.

Porque alerta a los rigores del halago ― se decía ―, alerta a las raigambres del descrédito, alerta a la tiránica inclemencia de velar por los bienes aunque fueran muebles o raíces o hasta inmuebles, alerta a los intempestivos reveses del destino, alerta al sinsabor de desamores, alerta a las adversidades de la suerte hubiese – ella y tantas otras de entre las de su clan ― podido vivir la muy tonta y tan contenta.

Porque era, decíase, como tantas de entre las de su clan una mujer de esas que nunca mienten, una mujer de esas que nunca adulan, una mujer de esas que nunca inclinan a su favor la balanza en que se mecen el bien de amor y el mal de la muy huidiza exultación caprichosa de los ires y venires de los azares y ardores de la vida.

Porque se decía que era, como tantas de entre las de su clan cual queda dicho, una mujer de esas que nunca cambiaría el trueque de la necesidad en virtud fingida por la permuta de la tenacidad en contumacia ni el sabio desterrar del necio error por el torpe dar a la murmuración calurosa acogida.

Porque se decía, por resumir, que era como tantas otras de entre las de su clan una mujer que nunca alcanzaría las cimas del poder ni de la fama y siempre hasta su fin soportaría la ausencia pavorosa de onerosos requiebros, parabienes, cortesías de reconocida reputación que tanto gustan a tantas otras de otros tantos clanes más afines, proclives y capaces y entregadas a dar a la felicidad la espalda, era ― se murmuraba ― una mujer de las que no existían.

A ver si no es gracioso

lunes, 11 de octubre de 2010

A modo de gacetilla - Aviso

Esta Administración, en su ferviente deseo de ver colmadas las expectativas de sus conciudadanos y demás congéneres, en su incansable y denodado esfuerzo por dar satisfacción a sus inquietudes culturales, en su no decaer y otros afanes sobre los que sería vano incidir y huero el volver a relatar si tuviésemos presente que ya se facilitó cumplida cuenta a los respectos ― concernientes, los correspondientes, a cada uno de los tres arriba expuestos y enumerados en orden que se desprende, como se echa de ver, alfabético puesto que empieza por “deseo” y prosigue por “esfuerzo” y concluye por “no decaer” ― en comunicado emitido en fecha inmediatamente posterior al solsticio del pasado verano anunciando de la buena nueva de que desde la secretaría de estas dependencias se editaría con una periodicidad cuya frecuencia ya quedó consignado que se prefijaría en los momentos adecuados vése, esta Administración y contra el viento y la marea de su voluntad y aun con harto dolor de corazón y profundísimo pesar, en la necesidad de hacer saber que hay mucho de lo que ya se facilitó (ver más arriba para una mejor comprensión de los orígenes de los acontecimientos) que, por razones que escapan a su propósito de pronta reparación de averías y a cuyo efecto se tenían concertados los servicios de unos técnicos que se autoproclamaban en extremo competentes, esta Administración no tiene presente.
No tiene esta Administración presente gran parte de lo que se facilitó porque, por culpa del malhadado tropiezo en que se vieron incursos la línea y el servidor de nuestras instalaciones informáticas y que se saldó con una fractura de cadera ― para ella, era una línea muy anciana ― y para él con la degradación de chambelán mayor a simple lacayo, se perdieron los archivos en que se relataban las gestiones y otras diligencias llevadas a cabo por los embajadores que cargados de presentes preciosísimos ― representados, a saber, por ricos collares de abalorios y pulseras y ajorcas y pendientes tan solo de pegarles con loctite alguna piedra que se había desprendido brazaletes ― y argumentos que hicieran las delicias, caso de poseerlos convincentes, de letrados y otras gentes de leyes deseosas de que se haga justicia, esta Administración ― que quiere hacerla ― ha de reconocer que, contra lo prometido y aun a sabiendas de que lo tal es deuda, ve obstaculizado su propósito de proporcionar detalles de cómo y de qué manera discurrió el encuentro entre los antedichos mencionados emisarios y las Consecuencias Últimas con las que debían entrevistarse.
Sí tiene esta Administración presente que sí se facilitó, empero y sin embargo y aún a tenor de que no se pretende el ser prolijos sin necesidad y con premura, información extensa y bien cumplida de que mal recibidos no es que fuesen ― con todo el rigor a que propende esta Administración en sus desvelos ― cuando vinieron a la presencia de ellas tan encopetadas y un poco antipáticas pero también correctas.
Tiene presente también y con intención de hacer extensiva la tal presencia al más próximo inmediato futuro que facilitose, acto seguido a la sazón y subsiguientemente, pormenorización de los detalles accesorios más relevantes que allanaron el camino hasta el acceso a la puerta de entrada que da parte ― a los conciudadanos y congéneres, claro ― de que celebraron con no poco regocijo las ellas los presentes, es cierto, pero con tan exasperante lentitud que cuando hubieron terminado de retirar las cintas y los lazos que los adornaban estaban ya no del todo imperfectos, y ni tan sólo a Dios gracias subjuntivos pero sí, y no hubo forma de evitarlo porque si se las apremiaba o urgía habrían podido sentirse molestas y predispuestas en contra de los objetivos que a ellos los movían, tirando ya un poquito a pretéritos.
Tiénese por fin presente también ― y por último y porque no quede a medio cerrar la terna de facilidades ni de presencias ni de posesiones ― que se facilitó aún a pesar de caídas y tropiezos de línea y servidor e irregularidades en el comportamiento de técnicos mendaces que ya han sido convenientemente sancionados, documentación extensa e ilustrada a todo color y tinta china de que no hicieron ascos a los argumentos sino que, y muy por el contrario, los acogieron con regocijo porque ― que no es que lo expresaran ellas, así sobre la marcha y tan concisas como suelen, pero llegó a conocimiento de los caballerizos de los nuestros porque las camareras de ellas las oyeron cuando se retiraron a deliberar en un aparte (exclusiva apócrifa que insertamos aquí tan a modo tan sólo de manera de hacernos perdonar con tan insignificante cotilleo por, a causa y con motivo de los impedimentos que nos coartan la libertad de relatar pormenores de mayor sustancia de tan ansiado y prometedor encuentro, mitigar en lo posible el desencanto) ― parece ser que los que tenían y utilizaban cuando no les quedaba otro remedio no eran propios sino de unas brujas primas suyas que se llamaban Medias Verdades con las que, por lo visto, no se trataban por causa, casualmente, de que en cierta ocasión o en un despiste aquellas les dieron el cambiazo llevándose los suyos, los irrebatibles y de peso, y les dejaron embrujados los de aquellas, la Verdades a Medias, que si bien es verdad que para según qué tareas podían hacer su juego, para el trabajo fino o los trances delicados fallaban una barbaridad volviéndose, en su embrujo, como activados por un resorte invisible y maléfico, contra aquellos (“aquellas” en este caso) que los esgrimían.
Entenderase en conclusión y por tanto y fácilmente por esta ciudadanía y subyacentes conciudadanos y demás congéneres que con tantas facilidades como se llevan dispensadas desde los expendedores de facilidades automáticas instalados por doquier a lo largo y ancho de nuestros territorios no procede, en modo alguno, el seguirse prodigando en otorgamientos y otros regalos y donaciones a la vista de que con todo lo expuesto es más que suficiente y necesario para entender, intuir, comprender, elucidar y colegir que no cabe más explicación al respecto y, por tanto en consecuencia, se pasa sin más dilación a concretar que todo está todavía en una fase muy inicial en cuanto a las pesquisas por satisfacer a las Conclusiones que sabiéndose ― y quién sabe si no para muy largo y contra su férrea voluntad ― muy malhadadamente muy todavía en el aire, han accedido a, aún a regañadientes, ingerir un frugal desayuno y, acto seguido, buscarse un acomodo para esperar sentadas.
Y con la satisfacción que de consuno hermana, aúna y acompaña a la satisfacción con su deber cumplido ordena, esta Administración y una vez firmado y rubricado y estampado de los correspondientes sellos pertinentes este escrito, que se imprima cuando son las 15:06 de este lunes de octubre festividad de santa Soledad Torres Acosta, san Alejandro Sauli, santa Zenaida y de los beatos Juan XXIII y Jacobo de Ulm; así como de la Maternidad de la Santísima Virgen María.
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sábado, 9 de octubre de 2010

Articulación general de normativas

Con el encomiable propósito de que la cada día más profusa y extensa batería de normativas ― y no sólo la dictada para la correcta y adecuada exhibición de determinados productos cual pueda serlo, recuérdese a modo tan nada más ilustrativo, la colocación en los escaparates (que resultó no serlo por las razones que se adujeron en escrito de fecha 6 del 10 próximo pasado y que obviamos aquí porque no quiere está Administración incurrir en el pecado de ser reiterativa) de paquetes para filtros de cigarrillos o de verdor para botellas sino, y yendo mucho más allá esta Administración en sus aspiraciones, la erradicación del descoco o la acertada distribución de los catarros entre los más viejos y los acnés u otras protuberancias entre las más jóvenes ― que resulta evidente se van haciendo paulatinamente más y más necesarias si es que queremos que nuestra comunidad sea un lugar de referencia para las comunidades de nuestros contornos y la tomen como ejemplo y como modelo y como guía alcancen su objetivo de ser justamente cumplidas y, por ende, previamente del todo comprendidas ha decidido, esta Administración en su irreductible e inalienablemente bonísima voluntad de superarse articularlas (las normativas y la batería) y, a tal efecto, enviar ojeadores a todos los confines del universo mundo que se pongan a tiro para que localicen y lleven a cabo las gestiones subsiguiente y pertinentes al objeto de que, una vez visualizados sin error y a bulto los mejores artículos, sean traídos a estas dependencias para que nuestros expertos y licenciados en las más varias materias y ramas y hasta pequeños esquejes e incipientes brotecillos de la articulación los examinen y, una vez desbrozados y disuadidos de arrastrar tras de sí, a modo de rémoras, toda una cohorte de innecesarias e impertinentes clausulillas díscolas, los ordenen atendiendo al buen criterio que dictase el mejor de los sentidos.
Convócase por tanto y con carácter no de suma urgencia pero sí con la recomendación de no dormirse en los laureles alejandrinos que adornan nuestros parques y jardines sino, por favor, en los corrientes, los laureles de toda la vida, a los conciudadanos y demás congéneres que deseen formar parte de la expedición y cuenten con los medios imprescindibles para ponerse en viaje ― entiéndase “vehículo propio” o, en su defecto o virtud de su carencia, prestado de buen o por lo menos regularcillo grado por la generosidad o la largueza que algún otro espécimen de la misma especie o parecida a la que exorne a los posibles candidatos y aspirantes de la nuestra lograse, a su vez, mediante ruegos o presiones o amenazas o sobornos (pues ya se sabe que por disfrutar de cualidades tan excelsas el ejemplar más torpón o desidioso de no importa qué especie de las que nuestro extenso orbe pueblan estaría dispuesto a chantajear y someter a vejámenes a cualquier otro prototipo de cualquiera de las especies aludidas fueren las tales las que fueran) de algún otro conciudadano o congénere más pudiente o menos dado a los placeres de la vida turística o de cualquiera de las vidas que pueda deparar tan apasionante experiencia ― a presentarse en la ventanilla número 2 de estas instalaciones con la solicitud debidamente cumplimentada y en horario que se extenderá a todo lo ancho y largo del tiempo que:

A – Mediare entre la hora de apertura y la del desayuno.

B – Transcurriere entre la del desayuno y el aperitivo.

C – Sobrare entre la del aperitivo y la de cierre.

Lo que se firma, rubrica, estampa de los sellos pertinentes y, por fin y felizmente, se imprime a las 14:19 horas de este lluvioso, tristón y un poquito desapacible sábado de otoño.

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viernes, 8 de octubre de 2010

Cosas del sexo

El siglo XXI es por lo visto mucho siglo, y estar en él habitar en algún lugar de la modernidad donde no queda espacio para la gazmoñería, para hacer dengues y melindres ante determinados comportamientos, actitudes y maneras de pensar. Ha por ello, parece, de producir sonrojo el confesar que, bueno… hay cosas que…
Dejé de escuchar el programa de Ayanta ― en esRadio, a las 12 de la noche, las cero horas, de lunes a jueves ― cuando al comenzar la temporada que se inició el lunes 6 del pasado septiembre incorporó ella una nueva sección denominada “es sexo”.
Son horas fastidiosas esas de la madrugada para quienes gustamos de andar con la radio encendida hasta cuando dormimos; fastidiosas esas horas porque casi todas las emisoras suelen estar “tomadas” por el deporte, por el fútbol.
Anoche, en mi zapear, por distintas emisoras ― eran ya las 2:30 de la madrugada y el programa termina a las 3:00 ― transigí, medio a regañadientes y de mala gana, a escuchar esa última parte dedicada, ayer en concreto, a “la banda sonora del sexo”. Lo más curioso del asunto, lo que más me chirrió fue que el personaje invitado para hablar del tema en cuestión era el padre de Ayanta, Fernando Sánchez Dragó.
El contenido cualquiera puede verlo, es decir escucharlo, con tan sólo escribir esradio en google y, una vez en esRadio, ir a programación, seleccionar ahí Fonoteca, pinchar en el día 7 de octubre, y en búsqueda avanzada el nombre de la presentadora y el nombre del programa; no voy por tanto a hacer el enlace desde aquí aunque resultaría tan fácil. Tampoco voy, claro, a repetir nada de lo que oí.
Me chirriaron, ya digo, varias cosas.
Una que un hombre entrado en años ― aunque no debería chirriarme porque Sánchez Dragó a sus 74 ya está desde hace tiempo entrado en años, y siempre que la ocasión se lo depara él no la desperdicia, y se enfrasca tan feliz en hablar de sexo y de sus proezas sexuales ―, pues eso, lo que digo, que un hombre entrado en años ande tan con el sexo a vueltas.
Otra cosa que me chirrió fue que hablase del asunto con su hija, y en los términos tan explícitos, tan llanos, tan aderezados con tanta naturalidad y desparpajo de palabras y de las imágenes a que remitían las palabras; tan ilustrado con la referencia de experiencias vividas por él y de las que parece se siente muy orgulloso.
Si eso mismo lo hubiese hablado con cualquier otra persona habría seguido sin gustarme; pero, con Ayanta, su propia hija, me pareció una absoluta falta de respeto no hacia nada ni hacia nadie más, sino hacia la propia Ayanta.
Por otra parte el programa es de ella, y los invitados los que ella elige, y los temas a tratar los que ella y su equipo acuerden; ha de suponerse por tanto que voluntariamente se colocó en la tesitura que, a mi juicio y entender, la tendría que haber hecho sentir, por lo menos, un poquito incómoda.
Pero, no; ella lo entrevistó en tono y términos perfectamente correctos y asépticos, como si se tratase de cualquier otra persona, y escuchó ― escucharon, ella y su colaboradora en el programa, Eva Guillamón ― con perfecta serenidad y aplomo distintos pormenores y anécdotas de las relaciones que él ha mantenido, y mantiene, y parece seguir manteniendo y dispuesto a no decaer en el empeño de seguir manteniendo con distintas personas ya sea por separado, de una en una, o en grupo…
Eso también me chirrió; creo que fue de todo lo que escuché lo que más me chirrió; que ella tolerase, a ese invitado en concreto, el que utilizase determinada forma de contar cuando la tal forma la estaba utilizando para contarle a ella.
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miércoles, 6 de octubre de 2010

Enmienda a la modificación introducida el pasado jueves 30 de septiembre de 2010 a la normativa dictada el miércoles 29 en referencia a la correcta exhibición en escaparates de determinados productos.

Como a pesar de las explicaciones que en la modificación editada el pasado jueves 30 de septiembre a la normativa dictada el 29 del mismo mes se daban en referencia a la correcta exhibición de ciertos productos en determinados escaparates siguen llegando a la secretaría de esta Administración infinidad de quejas e innumerables solicitudes de nuevas aclaraciones porque parece ser que los comerciantes no llegan a tener claro A) si los ciertos o los determinados son los productos o los escaparates y ― aun cuando en el mejor de los casos la comprensión haya alcanzado (como en honor a la verdad hay que reconocer y celebrar que así haya sido porque, y tenemos en esta Administración prueba fehaciente de ello gracias a las muchas fotografías que los propietarios de establecimientos han tenido la gentileza de hacer llegar a nuestra secretaría pudiéndose contemplar con suma satisfacción en ellas que tanto los unos como los otros están no siempre perfecta pero sí casi siempre correctamente colocados) a desentrañar dicho enigma ― B) si tanto en el supuesto de unos (los productos) como en el de los otros (los escaparates) todos y sin excepción de los que correspondiere ser esto o aquello son ciertos o determinados o indistintos; esta Administración, en su inquebrantable voluntad de dar plena satisfacción a las necesidades de los ciudadanos y cumplida respuesta clara, concisa e inequívoca a las dudas que puedan asaltarlos, procede a dictar una nueva enmienda con la que confía, esta Administración, en que todo quede total y enteramente esclarecido.

Así pues, y consultados juntos primero y después por separado nuestros asesores expertos todos y cada uno en cada una de las materias en que pudiera verse afectado el presente escrito, se procede a redactar la que imaginamos será si Dios nos asiste la última redacción de la normativa como queda:

Los paquetes de filtros para cigarrillos nunca se ponen en los escaparates de los establecimientos concertados con los distribuidores porque ellos, los paquetes, aun habiendo sido autorizados ― tal y como quedó dictado en la modificación a la normativa al respecto a que hace referencia la presente enmienda ― a colocarse donde más les gustase, optaron, libremente y al amparo del derecho a la libre circulación por el lugar o los lugares por donde transitaren por colocarse en otra parte sin prejuicio, empero, de que la tal parte les gustara o no les gustase, y en uso del (otra vez) derecho que los asistía de ser ellos, ellos solos y a su propio criterio, los que determinases qué es, en su sentir, exactamente “lo que gusta” y sí, he aquí el interrogante que se plantearon, “lo que gusta” y “lo que agrada” son cosas incuestionablemente iguales o por completo y sin la menor duda diferentes.

Tal pregunta, que a nadie en esta Administración se le escapa es de muy profundo calado y hasta si se la apura (a la Administración reunida en pleno) del todo insondable, vino suscitada por el hecho de que las burbujas para gaseosa ― tan inquietas ellas, con ese su inveterado estar a la que salta imbuidas, como es su natural, de una incontenible tendencia a alborotarse ― y por boca de sus representantes hicieron notar ante el responsable del departamento de reclamaciones de esta Administración que no cabía el por completo descartarse que tal vez, quién sabía, bien pudiera ser que aunque sintieran los paquetes más predilección por unos lugares que por otros se decantaran, empero, por inclinarse por los otros antes que por los unos en previsión ― y vistas con serenidad las cosas con sus correspondientes pros y sus respectivos contras que ellos, los paquetes, en su constante velar por la tranquilidad de los pequeños filtros que albergan en sus entrañas, no pueden ni por un momento dejar de contemplar ― de que las otras, las alas, tan rebeldes, tan propensas a volverse contra el viento y aun contra la marea tan pronto se las obligase, incluso sin saña, a doblar una esquina ― o, peor todavía, la cerviz y sobre todo las muy anchas ― no cederían con facilidad a cohabitar con unos entes tan apocados, tan indolentes, tan proclives a dejarse utilizar para, luego, una vez usados, ser arrojados lejos, obviados, humillados y proscritos.

Es por esto que, y habiéndolo ellos corroborado, encendidos de gozo pero privados de la facultad de prorrumpir en hurras ni irrumpir en aplausos presas del comprensible júbilo de saberse entendidos, declinaron la gracia que esta Administración les otorgase y se marcharon, con las cabezas muy erguidas y los precintos bien ajustados a la parte que, si no era la que más les gustaba, era, sí, la que más a los intereses del apacible coexistir sin roces de los incompatibles convenía.

Lo que se firma y rubrica y se estampa de los sellos pertinentes a las 21:08 horas – que siempre se le echa a esta Administración entre unas cosas y otras la hora encima ― del miércoles 6 de octubre de este año de muy dudosa y no menos discutible gracia.
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lunes, 4 de octubre de 2010

Incongruencias

Los trinos de un jilguero danto saltos por entre las ruinas de Hiroshima. El desamor con que se entregan al juego del amor tantas y tantas gentes. Los rayos de sol acariciando, arrancando destellos festivos y dorados, a la bayoneta que se hunde en un abdomen. Los ríos de tinta desembocando en la mar de veces que la tinta sólo emborrona páginas. El gemido del viento. Pequeños cráteres malévolos entrando en erupción en las mejillas de una adolescente. Los ríos de sangre empapando incansable páginas de diarios. La erección de un ahorcado. La risa loca de un sauce que se desboca equivocado.  El amoroso enjugar de la gacela las lágrimas del  cocodrilo que va a devorarla. Los ríos de lava demorándose, prodigando, sin pasión ni ira, blandamente, sus tórridas caricias sobre Pompeya y Herculano. El gélido, desapacible crepitar del tronco en el hogar donde habitan dos leños pero ninguno vive. La pasión con que se odia lo que no se entiende. El batir de alas de mariposa posada sobre la espiral que cuidadoso dibujase  el defecar paciente de una vaca.
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domingo, 3 de octubre de 2010

Mis ojos los vieron

Eran muchos, y eran grandes, y altivos y muy soberbios agitándose sin prisa ni piedad ni sentimiento; de culpa, ni de vergüenza, ni de ninguna otra cosa de las que pueda decirse son cosas de esas que pasan, cosas de esas que se dicen, cosas que luego se cuentan o se cantan o se escriben; cosas que dejan sus huellas a la vera del camino, desasidas, olvidadas, que no quieren muchas cosas arrastrar ya de por vida, de por muerte de su risa, de su esperanzado alcance de anheladas maravillas, verse presas en las huellas que permanecerán ínclitas.

Eran mudos y eran torvos y eran mórbidos de abrojos; y estacaban de agrimentos el crujir de caramillos fruticosos y estrafélicos que acundaban primulosos, en su verdor pubescente, relatiendo o estolando de jamentos los andares de andrajosos estiletes desfilando en formaciones de informes flagidos vientres inmunes a los lamentos agudos de sus tañeres, promesas de en otras partes otros ritos y otras gentes.

Eran muchos, y eran tristes, y eran mudos, y eran negros; deslizándose despacio a través del campo seco quebrando las pocas ramas que no había quebrado el tiempo y dejando tras su paso tan sólo un olor a olvido ahogándose en el silencio de una noche sin estrellas que iluminaran los viejos rincones del alma oscura que los miraba sin verlos.





viernes, 1 de octubre de 2010

Instante

Un coche rojo derrapando por el asfalto helado, caléndulas en las ventanas de un tercer piso, el balar de una oveja en una playa, dos adolescentes fornicando, el silbar de una locomotora antigua pendiente de una escarpia en la pared de un prostíbulo, un mechero encendido en las manos de un niño, una anciana de cabellos teñidos de verde mirando fotografías obscenas, el ulular del viento en el interior de la pirámide de Maslow, la respiración entrecortada de un enfermo en su cama con dosel de sábanas bordadas, el correr del agua de un grifo que alguien olvidó cerrar, los pasos de un viejo arrastrándose por el descansillo del piso de arriba, la cara de una mujer en el espejo pintándose los labios, el auricular de un teléfono tragando palabras, el glamuroso desfilar de un veintisiete por ciento de masa corporal por una pasarela, el azul lento, cansino, ensimismado del batir unas manos antiguas, de cera, un huevo en un plato de porcelana; la polonesa en la bemol mayor op 53 de Chopin al piano, una tostada con mantequilla y mermelada de naranja amarga, el chirriar de los frenos de un autobús, docenas de extremidades amputadas, un hombre con traje y corbata comiendo arroz tres delicias sentado en un banco de bulevar; el grito de alguien que pronuncia algo que nadie ha entendido desde una ventana que no es la de las caléndulas, fotografías de niños con las caras manchadas de chocolate, una enfermera aplicando una inyección de estricnina en la vena de la anciana de cabellos verdes, el deslizar sobre el teclado de unos dedos demasiado cortos para una polonesa tan heroica, dos desconocidos copulando, un pescador en su barca en la orilla, un juego de té y un platito con pastas sobre un velador, tres peces en una pecera, dos zapatos desparejados en el suelo de una habitación vacía, un hombre leyendo a Walt Whitman sobre el mostrador del prostíbulo, el ronroneo arrullador de un perro, la sirena de una ambulancia, un olor a café recién hecho, un quiosco de periódicos en el pico de una montaña, una pareja de amantes bostezando, un ama de casa entrada en kilos dirimiendo el principio de incertidumbre con su pescadero, el auricular que abandonado sigue hablando, deudos enlutados enjugando lágrimas junto a la fosa de un aborrecido muerto, una mascarilla y unos guantes de látex, un pastor que desatiende su rebaño, una peluquera apresurada por llegar a la cita con su peluquera, Una bomba de napalm destruyendo el coliseo romano, palabras de amor desparramándose sobre la alfombra, una prostituta devorando con avidez a Schopenhauer, una yunta de cisnes tirando de un arado, una tercera cuerda de un segundo violín desafinado, el ladrido de un gato en la distancia, el Sol y la Luna prodigándose arrumacos, una tarta con tres velas...
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.