jueves, 30 de septiembre de 2010

Texto 2.6

Publicado por  el sep 30, 2010 en Prólogo a la segunda carta. En busca de los sueños

2.6 “Cada reacción biológica, cada diferencia de potencial electromagnética desencadena una actitud, y como consecuencia un vector de comportamiento, a la vez que define un paisaje en la memoria y en la consciencia. Pero si cada experiencia de acción está condicionada por el estado anímico, a su vez la situación emocional está condicionada por la postura y el movimiento. Naturalmente este matiz significativo fue tenido en cuenta por todas las culturas conocidas desde hace diez mil años. Todas las danzas rituales que acompañan a las doctrinas tienen la misión de alterar el estado de consciencia del acólito y aun del oficiante, y si están convenientemente diseñadas, lo consiguen”.
Afrodita
5 octubre, 2010
Todo está, por tanto, muy imbricado. Nada escapa ni está exento de verse modificado por todo lo demás. La actitud por la reacción biológica. La memoria y la consciencia, por la actitud y la reacción biológica. Llegados a ese punto, en el texto, nos encontramos con un “pero” que podría dar la sensación de estar conteniendo un algo de excluyente que rompería, como si dijésemos, la cadena; lo que hace, sin embargo, es llevarnos hacia atrás para enlazar la postura y el movimiento con el estado anímico y de rechazo con cada “experiencia de acción”.
Ahí me quedo un poco desconcertada porque he de reconocer que hay términos que no sé interpretar, y me gustaría que alguno de vosotros que tenga las cosas más claras – que es seguro que lo hay – tuviera la amabilidad de matizarme que ha de entenderse por “experiencia de acción”, pues yo lo asemejo con “vector de comportamiento” pero, al mismo tiempo, me creo que “vector” sería como el nexo, el elemento puente, entre la actitud y esa misma experiencia que estoy a su vez considerando “vector”. También puede ser que esté entendiendo “experiencia” en la acepción que en el manejo cotidiano se le da a la palabra de algo así como la constatación consciente de estar en posesión de un conocimiento y, a lo mejor, me digo también, “experiencia”, en el texto, no se está refiriendo a esa posesión sino a algún otro algo, más alambicado, que con independencia del hecho consciente, como si saltara por encima de él, va directamente a instalarse en la conciencia, aunque no sepamos que lo estamos teniendo, ahí, en nosotros.
En cuanto al movimiento, propiamente y entendiendo que es claro cuánto tiene de elemento tan condicionante como cualquiera de los anteriores – o no entendiéndolo en términos tales que si alguien me exigiese que explicase por qué o como lo entiendo no sabría hacerlo, pero sí aceptándolo sin mayor dificultad (que yo sepa) ―, al hilo de qué escribe M.A se me ocurre que así como el resto de los componentes de ese todo que nos conforma son, algunos, o muchos y a lo mejor todos, ajenos a la voluntad y nos irán modificando sin que pongamos intención manifiesta de cambiar ni podamos ejercer ningún tipo de control sobre ellos desde nuestro deseo, en el movimiento hay mucho de elegido libremente pero – y he aquí algo que es una verdadera lástima – el común de los mortales no tenemos ni idea de cuáles serian esos movimientos, tal vez muy sencillos, que nos pudieran resultar beneficiosos; y beneficiosos no en el sentido bobalicón que muchas personas adjudican al yoga al dar por bueno que su finalidad es tenerlo a uno muy relajado, como en una nube en la que todo está muy bien y muy en orden o, peor todavía, para adelgazar o mejorar del colesterol o de la artrosis, sino en el sentido mucho más universal de que según uno se vaya modificando (para bien, se entiende) los propios beneficios alcanzados redundarán a su vez en beneficio para todo y todos los demás.
Pero entre lo desprestigiado o al menos minusvalorado, de una parte, que ― por culpa de algunos cantamañanas que hay sueltos por el mundo y llaman de buena o de mala fe “yoga” a cualquier coseja parecida a una gimnasia (sin querer hacer de menos a la gimnasia; pero es que cada cosa es cada cosa y no otra) ― está el yoga y, por otra parte, lo del todo imposible que es que uno por sí sólo pueda saber qué movimientos (a veces muy insignificantes y casi imperceptibles tal vez , o muy sencillos) serían los que lo sacasen de estados o situaciones no deseables, me temo que muchos moriremos sin haber tenido la oportunidad de descubrir, ni aun atisbar, algo que parece estar tan cerca, tan ahí mismo, tan al alcance de la mano.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

A Maria José Peláez

Es usted tan amable, responde a mi protesta que reconozco un poco ácida en términos tan correctos, que me animo a dirigirme nuevamente a usted; en primer lugar para darle las gracias por haberme respondido y, en segundo lugar, para hacerle una pequeña consideración – muy subjetiva, desde luego – referente a la publicidad en radio, en general, y en esradio en particular porque es la emisora que escucho casi de continuo y en la que confío, y la que quisiera que escuchara mucha gente para andar menos aborregada.
La consideración consiste, y digamos que “casi me duele” tanto en su programa como en el de Federico, o el de Luis, o en el de Cesar, en que habiendo dejado la publicidad de ser como fue antaño, al haber pasado prácticamente a integrarse en el contexto de la programación que cada producto patrocina, resulta a veces un poquito frustrante que sin solución de continuidad y en boca de la misma persona que está conduciendo el programa, en tono no menos veraz o convincente del utilizado en tertulias o en debates en torno a temas de gran interés, le “canten” a una, sin solución de continuidad, las bondades de tal o cual pastilla para la memoria, o para adelgazar, o le cuenten las grandes ventajas que conlleva el domiciliar la nómina en tal o cual entidad bancaria, o la inviten – en mitad para más inri a veces de una muy sesuda disertación sobre la crisis ― a acudir presurosa a un determinado establecimiento a proveerse de vestidos, o perfumes, o sartenes, o ha embarcarse en un crucero.
Esto mismo, aunque más escueto – y en términos menos cuidados, del estilo más un poco parecido al empleado en el primer correo que envié a usted – se lo escribí hace tiempo, también por correo electrónico, a Federico.
No me respondió y entiendo que, habida cuenta de que la radio necesita la publicidad para mantenerse, poquito hay que se pueda responder.
Usted lo ha hecho, y eso me ha animado a extenderme un en el tema porque – reconózcalo, por favor, conmigo, aunque no me lo diga ― una publicidad expuesta y planteada y “vendida” en tan buenos términos y en voces de profesionales que saben manejar la voz imprimiéndole tantas inflexiones y matices como serían de desear en algunos actores cuando declaman el monólogo de Segismundo o el de Hamlet, puede, si me apura, dejar de parecer publicidad y pasar a convertirse en aseveraciones que por un lado entran en conflicto, chocan de frente con la verosimilitud de quien las dice y, por otro lado ― y aunque pueda parecer contradictorio ― invisten al producto anunciado de unas cualidades que, aunque todos sepamos que toda publicidad tiene un poco o un mucho de engañosa, alcanzan a parecer posibles.
Y eso no es justo.
Le agradezco el haberme leído; y le pido perdón por ser a usted a quien le he colocado mi filípica.
Reciba mi afectuoso saludo.



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Normativa para la correcta exhibición de determinados productos

Los paquetes de filtros de cigarrillos nunca se ponen en los escaparates de los establecimientos concertados de antemano con los distribuidores de alas para sombrero porque, y debería resultar obvio, se considera competencia desleal. Se exhiben empero ― y en ese irreprochable derroche de orden no siempre decreciente pero sin lugar a dudas alfabético que suele abarcar ( hace ya por lo menos cuatro siglos y sin tener en cuenta ,vaya ello por delante, las esquinas ni los ángulos muertos) desde un poco más allá de la línea divisoria que separa las tierras erizadas de burbujas para gaseosa de los señores de las comarcas del norte hasta un poco más acá del trazo que pone coto a los eriales de las provincias sembradas de ojales para corpiño de las señoras dominantes del sur y se prolongará (si es que terminan de una maldita vez por tener razón los agoreros) unos treinta o cuarenta lustros más de lo que perduraron los efectos (tan devastadores) del tratado de no agresión entre los defensores de la luz cenital y los valedores de las sombras chinescas ― junto a los cubiletes para dado de parchís o, sin el menor sonrojo, bajo los embozos de los fuegos de artificio y otros lugares públicos.

Ante este orden tan paranínfico de cosas los electores más pobres de espíritu, los portadores de la parte menos aguerrida de los ánimos festivos, los que han así las cosas de demandar ayuda a los más corpulentos ― de los que ha de inferirse andan mejor alimentados ― para llevar la cruz del tener que les guste o les disguste comprenderlo, se tronchan de la risa auspiciando que el panorama no es en absoluto alentador.

Paralelamente los bien nutridos, los que no gozan de grandes caudales pero sí de una cierta independencia, se deshacen sin ayuda de nadie de sus propios atavismos o en lágrimas (o en elogios, dependiendo del carácter) obedeciendo al pronóstico de que esto no puede ya por mucho que se quiera durar mucho.

Las clases medias o acomodadas en precario equilibrio y como que de muy mala manera pero instaladas ― aun con enormes recelos y sin derecho para mayor escarnio a asiento de ventanilla ni reserva pero irresolutas, incapaces de saberse decidir por adscribirse al bando de los ayudantes o al de los contritos― en el abarrotado territorio conocido por el vulgo que lo sufre a ratos y lo vive a veces como de nadie no hallan, entre sus desiguales pertenencias y culpas expiables, el elemento de juicio salomónico que les brindaría, si es que en un descuido de los guardianes de la ley pudieran canjearlo por un lote de infundios sin contrastar pero surtidos, la posibilidad de desplegar las habilidades necesarias para proclamar que ellos, ellos precisamente y a diferencia del hatajo de cernícalos que los mantiene maniatados, venían abogando ya desde el principio de los tiempos por que, zarandajas aparte y olvidando rencillas, se votase de una vez por todas a favor de que el único de los ordenes merecedor y digno de gozar de un puesto preeminente en la historia, cuando la hubiere, tenía que ser el de batalla.
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martes, 28 de septiembre de 2010

Qué aborrezco (2)

De entre las viejas siento especial antipatía por las que se cuidan. No las que se pintan las uñas de los pies y los labios, y se calzan tacones mientras el cuerpo aguante aunque tengan que ayudarse de un bastón para ir tirando. No. Las viejas que detesto son las que viven pendientes de su rodaja de merluza y de su colección de pastillas. Las que se levantan por la mañana tempranito para dedicar todo el día a sí mismas, y a sus necesidades, y a limpiar el polvo de su casa; y a irse luego al mercado a adquirir la merluza, o una verdurita, y cocinarla luego en la soledad de su cocina y fregar luego el plato; y dar una cabezadita frente al televisor. Y llegada la hora de la cena sin haber desempeñado más cometido que conversar con alguna amiga tan necia como ella se preparan su tortillita, y vuelven a tomar sus medicinas; y otra vez a la televisión y a dormir luego, que hay que descansar, y levantarse pronto, porque hay que ver cuánto hay que hacer en una casa, ¿verdad?

De entre los jóvenes, mis preferidos para ser detestados son los que miran a los menos jóvenes sin ni siquiera saber, o querer saber que los están viendo; como temerosos de verse en el espejo en el que antes o después – y quién sabe si no todavía más decrépitos o insufribles – se terminarán por ver.

Bueno, en realidad no son esos los jóvenes que más detesto; aborrezco mucho más a los que maltratan a los animales.

Tanto en hombres como en mujeres, jóvenes o viejos, me parecen odiosos los que quieren mucho a su gato o a su perro o a su periquito; pero detestan a cualquier otro perro o a otro periquito y saben, sin embargo, que hay a dos pasos de su casa un hatajo de gatos callejeros y hambrientos por cuyo lado pasan sin inmutarse.

Y la gente que dice que le gusta mucho leer y sólo lee novelones infumables, best sellers de ochocientas páginas que cuentan chismorreos de amoríos y aventuras y batallas. Y la que dice que le gusta mucho la música y la tal música resulta ser canciones insustanciales de cualquier niñato o niñata; o no tan niñato o niñata y sí nada más un presuntuoso/a quien se le llena la boca hablando de “mi último trabajo”, cuatro frases estúpidas repetidas agitando la melena y moviendo el culo.

Y es que me dan cien patadas también los que hablan de sí mismos, y de sus obras. El que tenga que pintar que pinte, y el que tenga que cantar que cante, y el que tenga que componer componga y el que tenga que declamar declame. Y que se callen. Y el hablar de sus obras y el juzgarlas que se lo dejen a los críticos y a los que acudan a escucharlas, leerlas o mirarlas.

Y otras cien o doscientas los que escriben libros de autoayuda, y los que los leen.

Y los ecologistas y los que abogan por las “energías alternativas”.

Y la gente que hace yoga “porque relaja mucho”. Manía que tiene el personal por andar relajado, como medio zombi sin sentir ni padecer ni pensar ni discurrir ni cuestionarse ni… O por adelgazar o que mejore la tirantez de sus cervicales. Y a quienes lo hacen para “aprender a ser buenos”, y a los que quieren ser buenos para acceder a una “otra vida” satisfactoria o, por lo menos, no volver a “reencarnarse” en este mundo. Parece que si tragas mucha quina y te las tragas dicho en términos vulgares “dobladas” pero sin rechistar tienes bastante asegurado el no reencarnarte.

Me dan grima también los que no quieren morirse pero se pasan la vida quejándose de todo.

Miro también con recelo a los que dan consejos “tú, lo que tienes que hacer es”. Y a los que – “las”, porque es una característica que se da más en mujeres ― dicen “yo es que soy muy despistada”; suelen ser unas cotillas que Dios o tu buena fortuna te libren de caer en sus garras.

Tengo un asco horroroso a los etarras, y a los terroristas en general. Y a los que dicen que hay que dialogar y reinsertarlos. Y que hay que perdonarlos.
Y a los hipócritas, y a los falsos, y a los desleales, y a los nacionalistas, y a los chupones.

Y a los que se les llena la boca defendiendo que hay que ser solidario, pero se les olvida cuando la tal solidaridad no va a beneficiarlos.

Y a los que dicen que ellos no odian a nadie.
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lunes, 27 de septiembre de 2010

Puntos

Hay gentes dinámicas, vitales, activas, de temperamento práctico que defienden que hay que saber aprovechar el tiempo, y que no se debe dejar para mañana lo que pueda hacerse hoy. Otras, gentes también, de temperamento tal vez no menos versado pero sí en otras lides o menos laboriosas abogan por la conveniencia de pararse, encender un cigarrillo y reflexionar serenamente antes de aprestarse a la acción; las hay también, sin dejar por ello de ser gentes ― e, incluso, duchas o avezadas en conocimientos relativos a materias de lo más extraordinario o variopinto o, una vez puestos a enumerar, peregrino ― aunque muy raras, que preconizan la excelencia de ponderar, buscar el punto de equilibrio en que converjan actitudes frente a la vida tan enfrentadas, o el de ebullición de tal o de cual líquido, o el de partida de un determinado planteamiento, o el de mira de un rifle, o el de fuga en una perspectiva, o el crítico que en una sustancia determinan su punto de temperatura y de presión a su vez críticos, o el de caramelo en un almíbar o el de inflexión que va a cambiar en una curva el sentido de su curvatura, dependiendo, en cualquiera de los casos, de que las mencionadas personas se dediquen ya sea por obligación como si lo fuera por devoción a la filosofía, o a la química, o a la metafísica, o a la industria armamentística, o a la arquitectura o a la alquimia o algo que pueda parecérsele o, utilizando como final el de caramelo de entre los citados puntos, a la repostería.

¿Están las unas y las otras y las terceras tomando en consideración todas las particularidades que convendría tener en cuenta antes de adscribirse a cualquiera de las posturas contempladas?

Las primeras ― que por su aplicación han merecido la dignidad de ir en cabeza ― responderán de inmediato, sin perder un minuto en reflexionar caso de que sean fieles a sí mismas, que sí o que no.

Las segundas ― que por su propia naturaleza eludirán el acudir a capitanear la terna sin habérselo pensado no ya dos sino tres o cuatro o equis veces ― tardarán en pronunciarse a menos que, traicionándose vilmente arremetiendo contra sus propios postulados, reflexionen a gran velocidad.

Las terceras ― tan ocupadas como deben de estar, enfrascadas en la localización de puntos tan desperdigados por tan extensa profusión de disciplinas ― llegaran, en buena lógica, sin prisa ni pausa y sin acaloros porque ya total para qué se van a sofocar a menos que, en su minuciosa y pormenorizada búsqueda de puntos, hayan ido a dar ― aunque es poco probable porque se rumorea aun entre los experimentados que es algo así como encontrar una aguja en un pajar ― con el de Gräfenberg, en cuyo caso…

Pero no es este un punto del que no nos vayamos a ocupar en las presentes líneas más que muy de pasada y de la forma tan escueta en que más arriba se lo menciona y tan sólo al objeto de que el lector, cuéntese entre qué importa cuál de los pensables o impensables grupos de posibles gentes, no se sienta frustrado, aquejado por la desazón de haber perdido el tiempo para, al final, nada…

Algo que ― muy representativo, por otra parte, de qué sucede en torno al mencionado punto y toda la parafernalia que conlleva en la vida denominada tan a la ligera real ― estará confiriendo a este modesto escrito el de fuga o encuentro en que las gentes, sin distinción de raza ni de color ni de instrucción o de extracción, convergirán.
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domingo, 26 de septiembre de 2010

Publicidad

Te pones a escuchar la radio, programas de calidad, hechos por personas cultas y enteradas de qué está pasando en el mundo, provistas de infinidad de datos y claridad de criterio suficiente y sobrada para saber discernir qué es honradez en cualquier campo de la economía o de la política y, en mitad de su disertación o de su arenga, te vierten sobre la cabeza el jarro de agua fría de largarte con mucha credibilidad y mucho aplomo que tomes tal o cual producto para adelgazar, o para mejorar tu memoria, o que acudas a un determinado establecimiento a proveerte de moda, de perfume, de sartenes, de tresillos para, a continuación y tan tranquilos, seguir con lo que estaban.

Te están hablando de la crisis, muy sesudamente, y contándote que hay en este país más de cuatro millones de parados; y sin siquiera advertirte de estar dando paso a la publicidad te cantan, sin solución de continuidad y dentro del mismo contexto, con la propia voz del que está conduciendo el programa, las maravillas de contratar un crucero o de comprarte un coche. Y a gentes que en una inmensa mayoría cuenta apenas con qué o de qué sobrevivir.

¿Cómo se les queda el cuerpo y el alma?

El vivir es una eterna servidumbre, por lo visto, un constante tener que claudicar y traicionarse, un ineludible tenerse que tragar sin rechistar ni masticar las propias miserias y mezquindades recubiertas, como si fueran píldoras, de justificaciones y argumentos de colores, de todos los colores.

De todo se habla, se dice, se cuestiona, se critica. De la deshonestidad y desmedida ambición de los políticos y de la vulgaridad de las famosas. Se larga contra el presidente del gobierno, contra sus ministros y ministras, contra los sindicalistas y los sindicatos, sin parar en mientes y pasando por alto la descorazonadora, espeluznante, similitud que existe entre las actitudes de los denostados y su búsqueda del a toda costa perpetuarse y las de los que, a su costa, buscan exactamente lo mismo.

Se afean constantemente las conductas de los que desde el poder y desde las instituciones mienten, de los que no parecen alentados por otra finalidad que enriquecerse; se afea desde las emisoras y desde los periódicos cuyas últimas páginas están dedicadas a anuncios de prostitución; y cuanto mayor tirada tiene un periódico más se enriquece a causa de que sus páginas son más demandadas para tal publicidad.

¿Y estas conductas quién las afea? ¿Adónde o a quién se puede acudir para expresar la perplejidad que causan? ¿Qué medio va a dar cancha a la protesta del que se duele de la mendacidad de los medios?

Y hay que vivir en esa impotencia y en ese silencio ahogado tan sólo por las mismas palabras pronunciadas por las mismas personas a las que si no quieres vivir en una burbuja de ignorancia o desconocimiento tienes forzosamente que escuchar.

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En relación al  asunto de la publicidad y con motivo de un correo que envié posteriormente a la presentadora, María José Peláez,  del programa “A toda salud” de la emisora Esradio, ella me respondió en términos tan correctos y mostrándose tan comprensiva para con mi criterio – que no es que yo expresara de forma del todo desabrida pero sí bastante llana – que he vuelto a escribirle para darle las gracias y para profundizar un poco más en a qué me estaba exactamente refiriendo,utilizando esta vez un lenguaje bastante más cuidado. Por entender que puede estar reflejando lo que otras muchas personas piensan  pero no se animan a expresar , lo coloco con el título “a María José Peláez” en este mismo blog y enlazo desde aquí.

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Releyendo meses después esta entrada lamento haberle pedido disculpas. No puedo soportarla, ni a su programa tampoco.
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Qué aborrezco

Aborrezco a la gente gorda. Los hombres gordos, las mujeres gordas. Tienen además una forma especial, las mujeres sobre todo, de resoplar; de empujar subiendo al autobús, de arrastrar con el trasero el mantel de la mesa de al lado en los restaurantes, de desparramarse despatarradas con las rodillas a medio metro una de la otra enseñando ― si no fuera porque la carnaza de los muslos obstaculiza la visión ― las bragas; y de arremeter con todo el que se cruza en su camino cuando se precipitan, tirando de sus culos, a sentarse en un asiento libre en el metro llevando en las manos, enredadas en dedos como morcillas, bolsas de plástico ajadas y hechas un gurruño. Los miro, a las mujeres y a los hombres, y me pongo a echar cuentas esa lleva colgando de las lorzas siete pollos, cinco kilos de filetes y medio cerdo. Me los imagino entregados a los placeres del amor, y me dan nauseas. Pero lo que más me aterra es cuántos animales son sacrificados por causa de su voracidad que, por otra parte, me resulta chocante porque ¿no resulta chocante que se den entre las clases bajas, las de menor poder adquisitivo, las gentes más gordas?
Aunque desde luego no es sólo la gordura. También hay ricos gordos. Pero tienen otras maneras, yo que sé, otras artes, otros gestos, otras formas de desenvolverse menos toscas.
Aborrezco también a los viejos. Esos viejos grotescos que acuden a los bailes a conocerse, a entablar amistades con viejas igual de ridículas. Los que van de vacaciones con el Imserso que ellos suelen llamar Inserso. Los que dicen de sí mismos que tienen espíritu joven y a los que se les dice quién estuviera como usted al llegar a su edad. Cuando no están de vacaciones o bailando están en el médico, rindiendo tributo a sus intestinos y a su tensión y a sus glóbulos rojos y a sus plaquetas y a sus artrosis y a sus sorderas.
Y a las jovencitas. Las jovencitas cuya única ilusión reside en tener mejores tetas y mejor puestas que cualquier otra jovencita. Cuando escucho canciones de amor me pregunto donde están esas musas, delicadas y etéreas, a las que van dirigidas esas letras en las que se repiten una y otra vez palabras como labios, manos, senos, pieles, ojos y frases alusivas todas a toqueteos y baboseos y jadeos.
Otra cosa que me da mucha rabia son esos hombres, viejos o jóvenes, que en cualquier parte y con naturalidad encantadora se rascan los huevos o, porque se nota que el gesto es diferente, la puntita del pito.
Y las pandas de viejas, dos, o tres, o cuatro amigas, espachurradas alrededor de una mesa de cafetería, toda una tarde, con un café o un refresco cada una. Así no hay negocio que resista. Y luego los temas de conversación; sus juanetes, su colesterol, sus nietos y sus nueras.
Las mujeres maltratadas, tengo una especial inquina a las mujeres maltratadas. Son mujeres por lo general bastante calentorras, que necesitan un macho; y al macho le consienten cualquier cosa con tal de que se la… Siempre me quedo perpleja cuando escucho a mujeres que dicen llevar siendo maltratadas, digamos, nueve años, y dicen, acto seguido, que tienen un hijo de ocho o de siete ¿Cómo una mujer maltratada puede tener hijos del hombre que la está maltratando? ¿Cómo puede exhibir ante el mundo la prueba tan descarada y tan plausible de que se sigue acostando con el hombre que la maltrata? Y no estoy hablando de que aborte, que Dios me libre; estoy diciendo, tan sólo, que no se abra de piernas.
Porque a las abortistas también las odio. Son mujeres que sólo viven para su propio placer y para el del maromo que tienen al lado; un tipo que las quiere tanto y de tal modo que no está dispuesto, en modo alguno, a que le vengan con monsergas y problemas de “me he quedado embarazada”. Muchas abortan por “no perder a su pareja”; su pareja que las dejaría sin el menor cargo de conciencia tiradas.
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domingo, 12 de septiembre de 2010

Perdón

El diccionario lo define como “acción de perdonar”, lo que nos lleva a buscar acto seguido qué es eso de “perdonar”.
Bueno, pues hete aquí que nos encontramos con “Dicho de quien ha sido perjudicado por ello: Remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa”.
Pero, ¿quién ha de expedir el supuesto o metafórico certificado de remisión?
A juzgar por cómo los humanos manejamos el lenguaje podría parecer al primer pronto que el que ha de perdonar es el que recibió la ofensa, es decir, el “agraviado”; y al agraviado es al que se insta a perdonar, y el agraviado es el que – aunque sólo sea a veces por zanjar el tema y que lo dejen en paz – con más o menos ganas y antes o después perdonará.
Y se quedarán tan anchos y felices; lo mismo el perdonador que el perdonado.
Ahora vamos a ver si analizamos la cuestión despacito.
El que causa o inflige cualquier tipo de daño (y nótese que el mismo verbo “infligir” significa, otra vez según el diccionario, “imponer un castigo”; pero así, escueto y en limpio, sin precisar a quién se impone ni concretar si es a otro o a uno mismo) está, básicamente, imprimiendo sobre sí la lacra, produciéndose a sí mismo la herida, de estar siendo el agente que motiva el malestar o el dolor de ese algún otro y aun a pesar, quizás, de que el tal otro a lo mejor ni lo perciba.
Pero vamos, en fin, a centrarnos en el supuesto de que sí lo perciba; y de que le duela, y de que sienta, amén de dolor, indignación e ira.
Se le exhortara entonces, desde todas las instancias de la sensatez y la cordura, de la ecuanimidad y de la imitación a Cristo, a perdonar.
Y ahí es donde surge un gran problema, donde sale al encuentro el gran escollo, imposible de salvar, ni de regatear ni de sortear o de eludir, de que el exhortado, el instado al perdón, no puede.
¡No has de poder!
Puedo ― responderá el cuitado ― desterrar (o por lo menos intentarlo; así, entre paréntesis si no las tiene todas consigo de lograrlo), aunque me vaya el resto de la vida en la ardua empresa, el rencor y la ira de mi corazón y de mi alma; pero, ¿podré, por más que a ello me afane, curar la herida con la que se tatuó el que me causó daño?
Nótese, e insistiré aun a riesgo de resultar machacona sobre ello, que “infligir” es también “imponer un castigo”; y que imponer un castigo no puede (entre humanos) alcanzar a algo más sutil que el enviar al niño a su cuarto sin postre o, en casos más extremos o dramáticos, al reo a la cámara de gas o a la horca.
Eso por un lado. Y, por otro, si el que al ofender se impuso un castigo, a la medida de sus fuerzas o habilidades y con sus propias armas, por su propia voluntad y aunque lo hiciese por caminos o hatajos más o menos intencionados o indirectos (el daño propio, quiero decir, no el ajeno), ¿cómo sería posible que otro humano, tan mortal como él mismo y tan igualmente limitado, contara con los medios que pudieran sanarlo?
No. El daño que se hace, por pequeño que sea, queda en la memoria de la eternidad como daño, en sí mismo y por siempre. Y nada en este mundo, aun mil veces después de que ese otro ― que, por otra parte, tan sólo fue víctima ocasional por mucho o poco de terrible que tuviera en sí la circunstancia ― olvide y destierre de su corazón y de su alma el rencor o la ira, podrá borrarlo.
Puede sanar la herida un perdón, sí, pero el Perdón Divino. Y de ese perdón no hay humano que pueda, sin estar marcándose un farol, decir que tiene la receta.
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.