domingo, 30 de mayo de 2010

Disertación profana

Hay personas que cantan muy bien debajo de la ducha. Amas de casa que cocinan de maravilla. Hombres autoritarios que imponen una severa disciplina a sus hijos. Uno se pregunta a veces porqué voces maravillosas no trascienden las paredes del cuarto de baño del que tiene la gracia de poseerlas. O qué motivo hay para que los platos elaborados por su vecina no salten a las palestras de las tertulias gastronómicas. O dónde está esa imperceptible línea que separa al padre déspota o al jefecillo de negociado autoritario de un Hitler o de un Nerón o de un Franco.
Creo que no he tomado buenos ejemplos para lo que quiero decir. Muchas veces, muchísimas, el entorno en que se nace condiciona ya sea para bien o para mal el camino que uno seguirá en la vida. De Nerón no sé mucho más de lo que he visto en películas aparte del hecho tan conocido de que con el único fin de inspirarse quemó Roma si bien, y a modo de cotilleo, alguna vez oí decir a alguien que lo que pasaba era que Roma estaba hecha una verdadera guarrería y que el incendio fue una forma ― un tanto expeditiva, desde luego ― de desinfectarla.
En lo que respecta a Franco, pues, bueno; de los militares ya se cuenta con que tienen un carácter, o un temperamento, más bien dado a no andarse con chiquitas y “esto es así porque lo mando yo” aunque, eso también es cierto, hay muchos que pasan toda su vida castrense sin más sobresalto que el acudir cada mañana a su despacho e impartir órdenes inocuas a su secretaria o su asistente; Franco, empero, y no ostentando según tengo entendido ningún cargo demasiado relevante dentro del ejército que pudiera justificar o dar explicación a que por causa de su actuación todo el devenir de un país entero se fuese a ver modificado ― con independencia de que, y en eso no entraré debido a mi casi total desconocimiento del momento histórico y sus correspondientes entresijos, las cosas anduvieran de tal modo que por sí solas y a gritos estuviesen pidiendo que alguien pusiera orden ―, ahí estuvo, durante cuarenta años.
Pero, Hitler…
Por lo que sé ― muy poco ― de su extracción social o sus orígenes parecía estar abocado a ser una persona gris, una de tantas y, sin embargo, ahí estuvo, dictando durante unos años los destinos de miles, centenares de miles de personas y siendo capaz de inculcar su pensamiento, sus ideas, en otras tantas.
Este tipo de personajes, o los mecanismos que se activan, o el cúmulo de circunstancias que se imbrican para que los tales personajes pudieran llegar donde llegaron, es lo que me llama poderosísimamente la atención.
Veo que no siempre depende de la voluntad expresa ― o perceptible bote pronto por quienes los rodean – que manifiestan, o dejan trascender consciente o inconscientemente por medio de sus gestos o comportamientos o actitudes sino, en muchos casos, porque algo ― o alguien, que puede ser del todo ajeno, diferente del pariente o el amigo cercano con el que se trata cada día ― hace saltar la chispa de la inspiración que alerta de “ojo, este individuo tiene madera”.
En el caso de Hitler creo que fue que tenía una determinada forma de hablar, de expresarse, de saber hacerse oír y convencer con qué decía que llamó la atención de alguien ― no sé quién ― que entendió que tales dotes para la retórica bien podían beneficiar, ser útiles, para ciertos fines.
Pero el mundo está lleno de gente que “tiene madera”, para lo que sea, y sin embargo sea por una concatenación de acaeceres o por la ausencia de los detonantes que han de propiciar que los tales aconteceres se concatenen, esas personas no llegan a destacar en aquel “algo” para lo que la naturaleza los dotó, graciosamente.
Es verdad que hay personas que son poco ambiciosas, y que aun recibiendo con agrado y un punto tal vez de vanidad los elogios de su vecino de al lado por lo bien que entonan mientras proceden a su aseo personal la Traviata no se plantean ni por un momento el dar los pasos pertinentes o mover los hilos necesarios para, eso mismo que hacen debajo de la ducha, hacerlo en el Metropólitan o en la Opera de París o en la Fenice.
O el ama de casa. El ama de casa no suele plantearse el que sus platos vayan a ser degustados por otros que no sean los de su entorno, su familia, sus amigos, o aquellos a los que invitan ocasionalmente por una celebración o con motivo, exactamente, por qué no, de obsequiarlos con tal o cual exquisitez de la que se siente de forma muy especial orgullosa o satisfecha.
Pero de ahí, tanto en el caso del que canta, como de la que cocina, como del que impone una disciplina férrea a los que tiene más a mano ― y salvo en casos, ya digo, muy excepcionales ―, no suele pasar la cosa.
Existen otros muchos ejemplos de qué puede ser hecho sin que quepa a criterio del profano el comprender por qué, con ese hacer, unos triunfan, o se dan a conocer, y otros ― y sin que esté habiendo unas diferencias sustanciales entre su factura o modo de hacer con las de los de éxito ― fracasan o ni tan siquiera llegan a fracasar porque lo que hacen no trasciende ni como para que pueda tenerse noticia de que aquello que hicieron no tenía el menor valor ni ningún mérito.
Esto se da en terrenos, tan al alcance de cualquiera a la hora de sorprenderse por lo que yo me sorprendo y preguntarse lo que yo me pregunto, como la pintura, o la música, o la literatura.
Tomemos la pintura, por empezar por alguna parte.
……
Como estoy escribiendo con la radio puesta se abre paso por entre este discurrir que me traigo entre manos un retazo de conversación en que se habla de la generación Ni-ni.
Como por otra parte mi discurso no tiene un fin ni un destinatario específicos, como nada me obliga a no desviarme, como nada ni nadie exige que me mantenga firme en la resolución de no abandonar bajo circunstancia alguna el ningún camino que me tengo trazado, decido dedicar unas líneas a la tal generación cuyo nombre, Nini, viene dado de forma al parecer jocosa ― el sentido del humor no deja de serlo aun cuando se vuelve un poco negro ― en referencia a la actual remesa de jóvenes que, estando en edad de estudiar o caso de preferir por gusto o por falta de medios tirar por otra senda y ponerse a trabajar, no están haciendo ni lo uno ni lo otro.
¿Pero qué hace un joven con su vida cuando ni estudia ni trabaja?¿Qué puede hacer ― cabe preguntarse ― de ese bien, de esa maravilla tan a manos llenas tan provista, tan abastecida de las bondades que va a proporcionar al espíritu la oportunidad de disfrutar de sí mismo y de su innata capacidad de crear que es el ocio, el regalo con que obsequian las musas al que los dioses regalaron previamente el don de saber disfrutar de un merecido descanso?
Ha de ser duro, se comprende, el levantarse de la cama cada día sabiendo que no hay ningún quehacer, ninguna ocupación que lo reclame a uno, que lo redima del vacío y del no ser.
Ha de entenderse como sensato y razonable que el no hacer, el desparramarse y perder el tiempo que siempre se nos ha dicho que es oro puede estar muy bien, ser muy deseable; pero ese desparramarse y dejar marcharse por el desagüe de la vida tanto oro debe ser, parece, la justa y merecida recompensa por el esfuerzo anteriormente realizado.
Hay que cansarse ― se asevera ―, desear dejar lo que se está haciendo por más que, en el caso del estudio, el aprendiz se afane por aquello, o en aquello, en lo que desea instruirse y, en el caso del trabajo, sea manual o sea intelectual, viene a ocurrir lo mismo ya se trate de un trabajo ― como hay tantos, salvo en las llamadas profesiones liberales (término que da a entender aunque no siempre de forma no engañosa que es una profesión elegida libremente) ― hecho sin experimentar una especial satisfacción y con el solo fin de ganarse el sustento y el vestido y el techo o desempeñado con un cierto agrado.
En cualquiera de los casos ― es consenso y aceptado ―hay que cansarse; notar que la mente y el cuerpo quieren dedicarse a otra cosa.
¿Pero qué “otra cosa” pueden desear una mente y un cuerpo que no se están dedicando a nada?
Me quedo mirando la pregunta, tratando de encontrar en mi cabeza una respuesta a una incógnita tan tonta.
Y a pesar de lo hueca que pueda antojarse la pregunta me quedo atascada porque, se me ocurre, que cuando se está sin hacer nada, ni con el cuerpo ni con la mente, no por ello se permanece inmóvil, como una estatua ― o inténtese, adrede, y se verá como en un intervalo de tiempo que no sé precisar se sienten unos deseos enormes de moverse; lo que viene a corroboras que aunque sea con movimientos mínimos, imperceptibles, el cuerpo, excepto cuando se está del todo muerto, más o menos se mueve ―, ni los pensamientos se quedan paralizados. Es más, bastaría que alguien nos dijese “no pienses en nada” para que nos diésemos cuenta de que por muy buena voluntad que pusiéramos en tratar de complacer al tal alguien nos sería imposible de todo punto hacerlo.
También se da, por el contrario, el caso de que cuando somos tomados por sorpresa con un “¿Qué estás pensando?” la respuesta más frecuente sea un escueto un “en nada”.
Y lo decimos de verdad; denominamos con perfecta veracidad “nada” a todo pensamiento que no es susceptible de expresarse, materializarse, traducido en actos, o en gestos, o en sonidos, o en formas o en palabras mostrables, entendibles y plausibles y palpables.
Dicen que los artistas eso es lo que saben hacer, a través de su arte; echar fuera por medio de colores, o de acordes, o de volúmenes, o de gestos, o de rimas, o de comportamientos, todo cuanto bulle dentro de sus sentires y que desde el intelecto queda reducido a un escueto “nada, no estoy pensando en nada”.
Esto me lleva, no sé si de forma natural y espontanea o arrastrada de manera más o menos consciente ― mediatizada o aprovechándose (la manera) de ese pensar que parece discurrir por su cuenta, de por libre, y en el uso de esa su “libertad” se encadena voluntariamente ― a enlazar con lo que estaba, más arriba, de la pintura por, como dije “empezar por alguna parte” sin perjuicio, desde luego, de que en virtud del mismo criterio u otro muy parecido retome, que lo retomaré, el tema de esta generación que, sospecho, va a dar argumentos al que quiera utilizarlos para rato.
……
La pintura.
¿No es verdad que existen, enmarcadas y hasta acordonadas para que nadie se acerque y pueda estropearlas, en museos de prestigio auténticas mamarrachadas?
Estoy pensando más en obras modernas, no figurativas, no los cuadros que representan a reyes rodeados de todo su boato y adornados de sus calvicies o barrigas ― o celulitis, las señoras ―, o los horrores y suplicios con que purgan sus culpas los desdichados del jardín de las delicias que pintaron, cada cual el suyo y a su estilo y con su impronta Velázquez, Rubens o el Bosco.
Estos cuadros que nombro, y este arte y estos artistas no son cuestionables más allá de “pues a mí me gusta más este o el otro”; pero en cuanto a factura, a pulcritud y a dedicación a hacer bien lo que se hace no son, insisto, cuestionables.
Cabe sí, al ojo del experto, matizar desde el análisis profundo y minucioso la sublimidad de determinadas cualidades del uno por sobre la calidad de las de otro.
Tomemos por ejemplo a Velázquez, con su conde duque de Olivares ; y a Rubens con su duque de Lerma.
Un observador entendido, alguien versado en la pintura, tal vez se percataría ― aun en el caso del todo impensable de que un entendido pudiese desconocer estos dos cuadros ― si los estuviera viendo por primera vez y no teniendo conocimiento de quien pintó uno y otro, de que no las dos obras están pintadas por el mismo artista. Apreciaría infinidad de rasgos, de pinceladas, de maneras de tratar luces y contraluces que le estarían dando pruebas inequívocas de que se trata de diferentes artistas. Podría, además, pues ya he dicho que el imaginario observador es alguien que sabe frente a qué y de qué está hablando, emitir una opinión o un juicio acerca de si alguno de los dos cuadros tiene mejor factura, y si uno de los dos pintores tiene más o menos calidad que el otro.
El no entendido se quedaría igualmente boquiabierto, admirado, ante cualquiera de los dos lienzos entendiendo, aun en su ignorancia, que se encuentra ante una obra de mérito; y se sentiría apabullado pensando que él, eso, en su vida podría hacerlo.
Si a este mismo no entendido le explicase el versado todas las características que hay en uno o en otro, o en los dos, que él en su ignorancia no está viendo aceptaría ― quiero pensar, a menos que además de una ignorancia disculpable lo aquejase una soberbia imperdonable ― sin resistirse las explicaciones que aquel le diera.
Es por lo que digo que hay obras de arte que no son cuestionables.
Pero pongámonos en el supuesto de que los cuadros que estamos comparando no son estos; y en el de que quienes los pintaron no fueron ni Velázquez ni Rubens sino en el supuesto de que estamos, por ejemplo, ante La ronda de noche de Rembrandt y el aborigen nº1 de Manuel Millares.
Aquí, el iletrado, ignorante, inculto, se llevará las manos a la cabeza protestando que dónde va a parar por muchas explicaciones que se le den y póngase como se ponga el versado.
Y ahora, para rizar un poco más el rizo, imaginemos que ponen frente a los ojos del pobre, desdichado observador que no sabe una palabra de pintura, esta Composición en rojo, amarillo y azul de Mondrian y, junto a esta composición, otra, de características similares, líneas negras horizontales y verticales y, de vez en cuando, acá o allá, un recuadro rojo, o amarillo o azul, pintada por el primer espontáneo que se le pasó por la cabeza echar mano de lienzo y de pinceles y “esto lo hago yo”.
¿No se quedaría el observador, en su indigencia, igual de frio y de indiferente y de impasible frente a la composición primera que ante la composición segunda?
¿No saldría de su indiferencia para dar un respingo o proferir una exclamación contundente si se le informara de que la primera de las composiciones la pintó un artista muy afamado cuyas obras se exhiben en museos de todo el mundo, en tanto que la segunda es un juego, una bobada, una broma, una osadía que carece por completo de valor artístico?
En el mundo somos muchos los profanos, en materia de pintura y en infinidad de otras muchas materias; no ha, por tanto, de sorprender a nadie nuestra falta de criterio en ninguna de ellas.
También son muchos los sí entendidos tanto en pintura como en cualesquiera otras de las manifestaciones artísticas; y si hoy se dice que Mondrían es un artista, y que su obra es válida y cosa de mérito, ha de suponerse que la afirmación se está asentando sobre las muchas opiniones de expertos; y darla por buena por más que pueda no terminarse de comprenderse del todo, o no por todos los observadores que en el mundo sean.
Se deduce, por tanto, que existe en verdad una diferencia entre lo bien hecho y lo mal hecho y aun a pesar de que lo “hecho” (sea lo que sea) tenga del todo una apariencia sencilla, o accesible, o abordable. Quiero decir que no cualquiera se liaría la manta a la cabeza y se pondría, tan contento y con perfecto desparpajo, a pintar al conde duque de Olivares, pero sí, a lo mejor, se atreve, en la realidad, en el presente, a, de su propia iniciativa, depositar sobre un lienzo unos trazos, los que sean, los que a él de buenas a primeras o al cabo de mucho cavilar se le antojen.
Me pregunto ― hablando como estoy, ya lo indiqué al principio, de obras no figurativas, que no están representando a nadie ni a nada que exista en la realidad, que no están copiando a ninguna otra cosa ― dónde está, dónde se aloja y en quién se aloja, la capacidad, o la cualidad, de poder apreciar la diferencia entre lo que vale y lo que no, entre lo bueno y lo malo.
Y, sin embargo está, y es; la cualidad del saber discernir, la facultad de sin titubear saber trazar esa línea tan fina que separa la calidad de la simple osadía, del impudor de mostrar algo sin alma quebrado ― a la buena de un Dios que debe de ser, pobrecillo, bien magnánimo cuando no monta en cólera y maldice, y lanza sobre ciertos adefesios todas las huestes de su justa ira ―, acá o allá, en cualquier parte, de una mancha o borrón o garabato.
¿Pero quién es en verdad el experto, dónde está el iniciado en el que reside esa tan excelsa cualidad del discernir, del separar el grano de lo noble de la paja del disparate sin sentido?
No lo sé. Sé sí que el iniciado y el experto no tienen por qué ser necesariamente el mismo. Y que la tan excelsa cualidad del discernimiento desasido existe, siempre, en el iniciado y, más o menos ocasionalmente, en el experto. Y que no tienen que encontrarse obligatoriamente juntos, hermanados, en las mismas crestas de las mismas olas.
O sí sería obligado. Y es, eso sí seguro, deseado; con un deseo que ha de verse tantas veces frustrado.
Se llama expertos, conocedores, muchas veces, a los que se erigen en sabedores de qué hablan, repitiendo, otras tantas, lo que escucharon a los que repitieron de igual modo lo que antes, otros y de otros y de oídas predicaron como aprendido de bonísimas tintas y fuentes que en qué cabeza cabe puedan ser replicadas sin que el replicador se exponga, a pecho descubierto, a la mofa y a la befa y al escarnio.
El iniciado es otra cosa.
El iniciado es otra cosa porque mientras el experto tan sólo conoce el iniciado en verdad sabe; en tanto que el conocimiento de que el experto goza viene aprendido desde la oficialidad, el saber del iniciado se asienta directamente en el secreto, en la verdad última; el iniciado sabe hasta el fondo y en todo su rigor lo que conoce.
El conocimiento del experto se ajusta por tanto a las reglas y cánones validados y admitidos por el academicismo imperante en la sociedad en la que vive y cuyos valores son los inculcados e imbuidos en los miembros que la están conformando, y la oficialidad es por definición aquello que goza del carácter o cualidad de cosa oficial, y lo que es oficial emana de la autoridad derivada del Estado, y el Estado dará oficialidad a lo que se adecúe a sus necesidades, gustos, o interese, y el experto habrá por tanto de ceñirse, supeditarse al estamento que le acoge, y permanecer prisionero de sus miserias y de qué le conviene.
El iniciado está exento de esta servidumbre y en posesión de la libertad que lo dota y faculta para emitir su juicio sin supeditarlo a ningún tipo de modas ni de transitoriedades.
Cuando el experto dice esto es bueno o esto es malo, esto es válido o no es válido, esto tiene mérito y esto no lo tiene, se está escuchando a sí mismo y enjuiciando desde sus limitaciones y condicionantes. Cuando quien lo dice es el iniciado está escuchando y atendiendo a la puridad de lo enjuiciado.
Es comprensible así que la apreciación y la opinión del experto y del iniciado puedan no converger y, al no converger y no estar en las mismas crestas de las mismas olas mencionadas más arriba, será el criterio del experto el que en cualquier sociedad que sea agrupación pactada, que no natural, de personas será el criterio del experto el que prevalecerá.
¿Pero qué ocurriría en un mundo imaginario, o en una sociedad que fuese agrupación natural y no pactada; si al no tener que andar a expensas de intereses se atendiera más al valor que al precio de las cosas?
En este punto, y por eludir quizás y a ser sincera el meterme en profundidades a las que no alcance, me voy a evadir por el momento refugiándome en esa generación Ni-ni a la que aludí apenas de pasada.
……
La generación Ni-ni.
Esa generación que ni estudia ni trabaja ni tiene acceso, así las cosas, a un ocio deseado. Una generación que se ve privada, sin haberlo buscado, del estímulo que impele a desear enfrascarse en la búsqueda de los placeres que el dinero ― si lo tuviera y una vez comprados ya con él y satisfechos, saciados, tantos otros placeres ― no podría jamás proporcionarle.
Estamos acostumbrados, los viejos y los jóvenes, a que el entretenimiento, el esparcimiento, el entregarse a algo que pueda liberarnos de la soledad o de la angustia o de la fatiga o el cansancio nos llegue desde fuera, elaborado por otros ― otros que son quienes lo fabricaron con distintos fines, con diferentes propósitos entre los que cabría encontrar, si se detuviese uno a escrutarlos, fines muchos solamente lucrativos y no menos propósitos meramente comerciales ― que son quienes lo venden.
Y se venden imágenes, y se venden sonidos, y se venden ficciones, y se venden los gestos y la risa y el llanto y el concepto acuñado de a qué debe temerse; y se entregan, a contra reembolso y con acuse de recibo ― y a veces sin él ― paquetes perfectamente precintados y clonados de sensaciones y emociones que ni causan sensación ni conmueven…
Por eso “sin acuse de recibo”. Porque son sensaciones y emociones, muchas de las que nos endilgan, que no se acusan, ni se notan, ni se perciben, ni se reciben, ni se llevan la soledad ni la angustia ni la fatiga ni el cansancio porque son sensaciones vacías, sin alma y sin la huella impresa de ninguna vida ni de ninguna infusión de energía o voluntad creadora.
Son sensaciones y emociones fabricadas, no creadas, no erigidas ni producidas como lo ha de ser ― si nos atenemos al pie de la letra al significado de las palabras ―toda verdadera creación desde la nada.
Se me viene a la cabeza el Universo y su expansión, su esa otra cosa más allá de todo lo conocido y de todo lo que se tiene consciencia de desconocer, ese otro lugar en otro-espacio-en-otro-tiempo u otro-tiempo en-otro-espacio donde y cuando no cabe, ni tal sólo, el intento de imaginar o adjudicarles un dónde o un cuándo.
Y sin embargo hay verdaderas creaciones. Y auténticos creadores. Hay personas que imprimen en sus obras las huellas de una vida infusa de energía o de voluntad de regalar al mundo sensaciones, y emociones distintas y limpias, ausentes y carentes de trabas que, desprovistas de la marca homologada, contrastada, de fábrica, se llevan en sus manos libres la soledad, la angustia, el cansancio y la fatiga.
¿Pero dónde reside, dónde se aloja, esa cualidad o virtud del poder entregar esa limpieza y arrasar, como en un intercambio y de un plumazo, con el peso intangible del vacío?
Es aquí donde, en el ir y venir, avanzar y retroceder por que deambula y se demora mi discurso, me remito al iniciado y su verdad y a esa su facultad de ser capaz de tasar en su justo valor y su exacta medida qué méritos cabría la posibilidad de estar obviándose ― ya a la sombra de la definición de qué es “fracaso” establecida al amparo de la oficialidad reconocida como tal por el experto a quien desde el estado o sus diferentes estamentos se facultó para esgrimirla, ya desde la intelectualización a que se ve supeditada la neta calidad de la observación constreñida, asfixiada por el corsé del utilitarismo en que se envara ese mismo u otro no menos adiestrado experto ― en el joven, en el ejemplar paradigmático de esa denominada generación Ni-ni que asiste, impotente y maniatada, a la lucha que pudieran, quién sabe, en su interior estar librando ciertas habilidades, ciertas ignotas gracias recibidas de las musas y los dioses que, una vez liberadas, la pondrían en situación de desde su propio hacer y su particular sentir crear algo nuevo, distinto, virgen de adoctrinamientos y prejuicios.
¿Y si en las mentes ― se me ocurre fantasear del mismo modo en que he fantaseado un otro-espacio-en-otro-tiempo y un otro-tiempo-en-otro-espacio ― y en las almas de muchos, o aunque fueran pocos, de esos jóvenes anduviese alentando un germen, un latido, un atisbo aun difuso de tal o cual habilidad o ignota gracia capaz de, ajena al utilitarismo y al criterio estereotipado de “fracaso” oficializado del experto, regalar al mundo sensaciones y emociones distintas y limpias, ausentes y carentes de trabas?
¿Y si tantos jóvenes, asfixiados y acorralados en el ni-ni al que los confina una circunstancia, una situación a fin de cuentas transitoria ― pues transitorio y eventual ha sido desde que el mundo es mundo todo lo instaurado por los intereses de los hombres por mucho que haya durado ―, estuvieran saturados, cansados de postergación y ese mismo cansancio estuviera impeliéndolos, haciéndolos merecedores de tomarse un respiro?
¿Y si ese respiro estuviera engendrando, en sus mentes y en sus almas, el embrión de un ocio distinto, desconocido y no acuñado, no homologado, no susceptible de saciarse con entretenimientos o esparcimientos fabricados, un ocio inmune a las conveniencias de instituciones y oficialidades?
¿Y si ese embrión estuviera siendo vislumbre o augurio de una nueva, o muy vieja pero narcotizada, aletargada a fuerza de pragmatismo capacidad de creación?
El experto que hubiera de analizar la mente de alguno de estos jóvenes y emitir un dictamen acerca de ese embrión diría ― no me puedo sustraer al chascarrillo de cierta ministra diciendo que el feto en el vientre de una mujer no es un ser humano ― que no, que no es vislumbre de nada.
No lo será para el experto, claro; pues "nada" ha de ser todo cuanto a un entender subordinado al interés no le resulte comercializable.
¿Pero qué sería para el iniciado? ¿Cómo lo vería con su mirada limpia de prejuicios y libre él de tener que velar por un prestigio tan de primera necesidad ― tan ruin y tan canalla, tan arraigada en la barriga ― para la subsistencia del experto?
¿Cuántos de esos jóvenes que se sienten perdidos; y tantos viejos que se dan por encontrados, cumplida su misión por tan sólo haber obedecido a qué la oficialidad de su saber o habilidad les deparó como destino; cuántos muertos no salieron de este mundo en la creencia de no haber hecho algo válido, verdadera creación a lo largo de su vida?
¿Cuántos de tantos jóvenes no estarán sufriendo la frustración de sentir que no se aprecia algo para lo que se sienten capaces y dotados; añorando sin quizás estar notándolo un otro-lugar-en otro-tiempo u otro-tiempo-en- otro-sitio tan nada más porque no aparece en su vida un iniciado?
Debe de tener algo de cierto eso de “estar en el momento oportuno en el lugar adecuado”. Debe de ser verdad también aquello de que si el que se arriesga triunfa accede a la dignidad de genio, pero si fracasa queda reducido a la condición de loco.
No deja de ser cierto, sin embargo, que aun con esa intervención y ese criterio justo, muchos, tal vez muchísimos, serían excluidos sin remisión del reino de los genios; pero no dejaría, tampoco y por ventura, de ser del mismo modo cierto que muchos sí reconocidos, y aclamados y aplaudidos bajarían de los pedestales a los que sin merecerlo se vieron elevados.
……
Vuelvo entre tanto y llevada de esta querencia que le tengo a andar con la radio conectada mientras escribo a oír hablar de juventud pero, esta vez, de la juventud perdida que muchos viejos parecen añorar, querer rescatar y revivir como si fuese posible retomar el ritmo con que pudo en un entonces enmarcado en otras circunstancias latir el sentimiento que ahora buscan.
Sostienen muchos de estos viejos nostálgicos que ellos son capaces de hacer lo que hace cualquier joven; y que tienen tanto derecho como los jóvenes para hacerlo.
Lo tendrán, ¿pero tiene sentido hacer determinadas cosas a tan “cierta edad”?
Se suele aducir en su descargo y aun aplaudírseles con el argumento de que tienen “espíritu joven”.
Pero si parece consustancial al espíritu joven el estar alerta, atento, con los ojos abiertos de par en par ante la vida, al acecho de que nada se escape ni se hurte a su avidez por aprehender, por asir el cada instante ― y saltarlo, con las prisas y sin apurarlo hasta su fondo, tantas veces y quizá a lo loco, en busca del siguiente ― en bien de ver acrecentado su saber e incorporar a su sentir cada nueva experiencia, ¿qué hace el espíritu del viejo buscando, hurgando en el pasado, entre los despojos, afanes e inquietudes que en vez de impulsarlo adelante van a retenerlo, frenarlo y amarrarlo a lo que por mucho que acicale será sólo pamplina?
Y el sinsentido no está sólo en ciertas niñerías a veces bastante grotescas como el divertirse de formas tan inadecuadas como el acudir a bailes o fiestas de disfraces sino, en el mejor de los casos y aun entre los más sensatos, las ansias que les entran a algunos por asistir, por ejemplo, a la universidad para cursar unos estudios reglados y destinados a proveer a quien adquiere los conocimientos contenidos en un programa del correspondiente título que para qué lo quiere ya el anciano.
No es que pretenda yo menospreciar las bondades del aprender, pero sí me parece error dedicar el ardor de los últimos años, el que estaría mejor empleado en tratar de extraer del interior algo tal vez más digno de ser mostrado que un diploma obtenido para tan sólo exhibirlo, a modo de desquite, clavado a la pared.
Puede estar justificada esta forma de proceder por el hecho de que se da en personas que vieron quizás frustradas sus inquietudes de juventud al tener que renunciar a los estudios en favor de aportar ingresos en casas de familias de poco poder adquisitivo, pero es también una actitud que denota un cierto complejo y un algo como ansia de revancha que, por mucho que se quiera, ya no va a subsanar el poso que dejaron en su día las carencias culturales.
Tal vez esa misma carencia es lo que hace no tomar consciencia de que el conocimiento a determinadas alturas de la vida ya no es eso; ya no es almacenar datos que tengan que avalar que se está capacitado para tal o cual actividad, ni que vayan a enriquecer ningún currículum, ni que le vayan a reportar la admiración y el respeto de su entorno más cercano que será, las más de las veces, el acorde con su historia y con el nivel cultural con que lo conocieron y trataron y compartieron comidas y celebraciones familiares, y no va a agradecer que a los postres o en los cumpleaños de los nietos les largue largos mítines recitando qué ha aprendido en los libros.
No hay nada más aburrido ni tedioso ni insufrible que el escuchar a personas repitiendo, como papagayos, lo aprendido con puntos y comas pero falto de vida, fuera de contexto y desprovisto de vinculaciones con la experiencia de quien lo pronuncia.
Sí es una delicia escuchar a alguien que habla ― digamos de Velázquez o de su Conde Duque ― con perfecta y encantadora soltura, haciendo alusiones y referencias que no resultan intempestivas ni latosas cuando están viniendo al caso y al hilo de cualquier conversación tranquila y distendida y cotidiana acerca de algún tema o acontecimiento del presente que, casualmente, tiene por cualquiera de sus circunstancias o características algún tipo de relación o semejanza con tal otra acaecida en los tiempos en el que el de Olivares gobernaba o algún rasgo que pueda recordar algún hecho de la vida del pintor o de su tiempo.
Pero esto no se aprende en los libros ni se incorpora al “yo” de la noche a la mañana. Para tener un conocimiento así cada dato, cada particular y cada pormenor de lo aprendido ha de haber entrado en uno de la mano de una situación y de un entorno; y a lo largo de muchas conversaciones mantenidas tal vez en la barra de un bar y entre bromas y risas y sin estar siendo consciente ni haciendo valoración de si lo que se está diciendo es a lo mejor algo muy ingenioso con lo que haya que dejar boquiabierto al compañero de parranda; y a través de la vivencia de fracasos o de sinsabores o alegrías corriendo parejas con el aprendizaje del que estudia y con sus arrebatos de holgazanería.
Para que lo aprendido arraigue, para que forme parte de la verdad de quien lo aprende tiene que asentarse en el ser, incorporarse de forma natural y sin esfuerzo al sentir cotidiano, convivir y discurrir hermanado a los hechos que se van dando en el cada día, hacerse uno con las sensaciones y las emociones y los sentimientos en que se va forjando el alma, a golpe de instante, a lo largo de toda una vida en la que por caprichos del azar o por designios del destino se llegará o no se conocerá nunca el camino por el cual no se alcanzó, quizás, a ser aquello para lo que el iniciado hubiese dicho que se estaba valiendo pero, en vez de a este criterio suyo, se atendió ― por ignorancia, o conveniencia, o ese error al que conduce el temor a quedar fuera de los circuitos de la oficialidad que garantiza una seguridad rala y mezquina ― al criterio del experto.
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Y que sea lo que Dios quiera

lunes, 24 de mayo de 2010

¿Manda huevos, o no los manda?

NECESITA SIETE INTÉRPRETES

La visita de Montilla al Senado costará 6.500 euros en traductores

La comparecencia de José Montilla ante la Comisión General de las Comunidades Autónomas tendrá un coste de 6.500 euros para el Senado, debido a que serán necesarios siete intérpretes en las cuatro lenguas oficiales. El TC ha anunciado para el miércoles una nueva reunión.

viernes, 21 de mayo de 2010

En comentario al texto 3.11 de la aventura del pensamiento


Contertuliano a Salva-sea-la-Parte
18 diciembre, 2011
No sé si encaja o no encaja, pero todos los días, desde el instante en que nos levantamos de la cama y ponemos el primer pie en el suelo ya estamos expuestos a que no todo lo que acontece encaje con nuestra “agenda”; y sin embargo las cosas suceden, y las incorporamos, y esas incorporaciones obligan a pequeñas o grandes vueltas de tuerca que van modificando nuestras vidas y nuestras mentes.
En cuanto a las frases, los aforismos que tú has escrito, no sabría decir si estoy de acuerdo o en desacuerdo, ya que todo cuanto pueda decirse o escribirse tiene, por lo menos, una doble lectura.
Por ejemplo, cuando escribes “la razón de tu vida eres tú mismo. Tu paz interior es tu meta en la vida”, ¿ha entenderse que soy el ombligo de mi mundo — el más importante de los mundos según yo (según el aforismo) — y que he de ir tras mi paz interior arrasando, si es preciso, con todo cuanto represente un obstáculo?
O cuando escribes (quiero decir transcribes, pues al ir entre comillas pienso que están tomados de algún otro sitio) “Nadie es dueño de tu felicidad, por eso no entregues tu alegría, tu paz, tu vida en las manos de nadie, absolutamente a nadie.” ¿Quiere decirse que mi alegría y mi paz he de reservarlas sola y exclusivamente para mí misma?
Y “No coloques el objeto demasiado lejos de tus manos,” ¿significa que lo conveniente es no verse forzado a ampliar, romper la barrera de los propios alcances?
“Deja de pensar mal de tí mismo, y sé tu mejor amigo siempre.” ¿Me está invitando a que me mire con benevolencia, a que como “buena amiga” justifique mi forma de proceder, sea la que sea; o a que como “amiga mejor” me haga ver mis errores?
Posiblemente las interpretaciones acertadas no son las que yo he dado, y cuento con ello; pero cuento también con que hay infinitas maneras de interpretar.

sábado, 15 de mayo de 2010

Cara y cruz del azar y del destino

Anoche, en el programa de Ayanta, surgió el tema de si las vidas (ella, en su programa, se centra naturalmente en el tema del amor) están o no regidas por el destino. Yo había telefoneado al principio, sin saber que se iba a suscitar la cuestión, y Eva dijo que no sabría si tendría hueco para llamarme... Seguir leyendo


Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.