domingo, 14 de febrero de 2010

Texto 1.12

Publicado por  el feb 14, 2010 en Prólogo a la primera carta. Siguiendo Rastros |

1.12. “Las más insospechadas situaciones exógenas pueden motivar reacciones hormonales desde las que cambian las formas, los colores, y desde luego la importancia de cualquier suceso; quizá el error consista en pretender permanecer impávido ante cualquier acontecimiento”.

afrodita
18 febrero, 2010
Yo no lo interpreto como Inés. No creo que sea demasiado determinante una situación puntual en la que uno se siente sobresaltado y tras una especie de susto reacciona para sentirse contento de que nada más ha sido eso: un susto. Cuando hay una causa externa perfectamente identificable y estrechamente relacionada con el propio cuerpo es bastante lógico experimentar tal o cual sentimiento o, quizá más exactamente, tal o cual determinada sensación que deriva en sentimiento; pero no es un sentimiento puro, y por “puro” estoy queriendo decir sentimiento desprovisto de la inmediatez que conlleva la salvaguarda del propio interés y de la integridad del propio cuerpo; a nadie le apetece romperse la crisma.
Entiendo más la “puridad” del sentimiento como lo plantea Anónima: un no saber por qué ni llegado de dónde; sin un desencadenante vinculado al propio interés y, por extensión, no relacionado con el egoísmo humano que tantas veces hace que uno se sienta feliz o desdichado con perfecta y absoluta independencia de que el resto del mundo esté patas arriba o patas abajo.
Entiendo más a Anónima, pero no del todo; la entiendo nada más parcialmente porque ella sólo hace mención a sentirse bien sin que nada en apariencia lo esté justificando (más allá de que el lugar en que se encuentre sea más o menos idílico). Sé que existen personas que tienen esa virtud o esa suerte; la de ser capaces de sentirse bien cuando “no les está ocurriendo nada malo” ¿Pero qué sucede, cómo encajar el mal o el dolor que se percibe por todos los poros de la piel cuando en el propio cuerpo no está doliendo nada; cuando la “agresión” (lo entrecomillo porque no hace falta ningún puñal en alto e, incluso, todo cuanto puedan estar abarcando la vista y el oído y el tacto estar siendo perfectamente grato y placentero) está fuera y a lo mejor hasta muy lejos y, si alguien te preguntase “¿qué te pasa?” tendrías que, para no entrar en una larga disertación filosófica que serviría tan sólo para enredarse en palabras, contestar “nada, no me pasa nada”?
afrodita
21 febrero, 2010
Para Anónima e Inés:
Es posible que alguna de las más insospechadas situaciones exógenas de las que habla el texto del autor hayan motivado en mí reacciones hormonales desde las que han cambiado las formas, los colores, y desde luego la importancia de cualquier suceso; y que, como consecuencia de ello, estuviera yo a la hora de leer los comentarios bajo el influjo de un estado de ánimo que no supe negociar. Me ha gustado eso de “negociar”; me parece que representa muy bien la escena de uno mismo en una especie de tira y afloja con su propio yo argumentándose y respondiéndose, y rebatiéndose y refutándose “pero, vamos a ver, ¿tú quieres estar bien o estar mal?”; y el uno mismo o su propio yo desea, como es natural, estar bien; y alguno de los dos tiene que ganar, a condición (ineludible) de que alguno de los dos se deje derrotar. Pero ambos son de uno, como si se tratara de hijos; y una buena madre habría de saber encontrar el equilibrio y dejar contentos a ambos sin contienda. Pero yo me reconozco en ese aspecto (y por desventura) madre tirando a sectaria o vulnerable; y me inclino erróneamente hacia el lado del que me quiere fastidiar. Creo que se llama, a esa forma tan puñetera de sentir, “sentimiento trágico de la vida” o algo así…
De no haber sido por causa de alguna de esas situaciones mi comentario no habría, quiero imaginar, ido en la dirección que ha motivado que hayáis contestado las dos.
Lo que sí parece claro es que ninguna de las tres somos proclives a caer en el error consistente quizás en “pretender permanecer impávido ante cualquier acontecimiento.”
A Inés le haría alguna matización (subjetiva, claro) acerca de las virtudes y defectos de las complicidades en general, y sólo en general; pero no quiero correr el riesgo de no acertar exactamente con las palabras que la pudieran expresar (a la matización) y terminar estropeando este comentario con el que deseo, con absoluta verdad, pedir disculpas a ambas por cuanto os hayáis sentido atacadas.
Saludos para las dos.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.