sábado, 25 de diciembre de 2010

Solsticio de invierno

El reloj marca la 1:36 y en la radio hay música pienso que grabada anteriormente aunque puede que no; Andrés Arconada comenta películas con alguien cuyo nombre no recuerdo. En la calle hay más coches que en las noches normales. Hace un rato las luces del bar de copas (caro, para gente rica) estaban apagadas pero debe de ser que han abierto a la una.
Bajo el scalextric están acampadas las mismas personas, o se ven al menos las mismas colchonetas que cualquier otra noche, de siempre.
Pienso si duermen o piensan, si permanecen ahí tumbados, en silencio, añorando sus países y los proyectos que tuvieran algún día; y sus infancias.
Y que tal vez se imaginaran felices con nada más tener un techo de una casa con puerta (aunque fuera sin llave) sobre sus cabezas.
Es curioso que por las mañanas, cuando se marchan, no dejan ni un cartón, ni un papel ni una bolsa de plástico, ninguna huella de su estancia ahí.
Un día vi como, antes de ponerse en movimiento con sus carritos en los que llevarán, supongo, plegadas las cajas grandes que les hacen de pequeño habitáculo, barrían el lugar con un cartón.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Mirando Las Meninas

De vuelta del Museo del Prado quise consultar en internet los nombres de los personajes que aparecen en el cuadro de Las Meninas, me bullía en la cabeza el nombre de la enana y no lograba recordarlo. Encontré, entre otras muchas, esta página que (como ahí está nada voy a aportar yo con comentarla) me mereció bastante confianza o, por lo menos, mucha más que la Wykipedia, que tengo idea de que contiene no pocos “gazapos”. Creo, sin embargo, que sí contiene una errata ya que después de haber indicado que el personaje que está al lado de Marcela Ulloa es el guardadamas escribe, más abajo, “Marcela Ulloa no se ha dado cuenta de la llegada de los reyes y continúa hablando con el aposentador”, cuando el aposentador es quien está saliendo por la puerta del fondo.
Para mirarlo en el ordenador me parece que donde mejor se ve es en, haciendo clic en la imagen pequeña que hay bajo las palabras LO QUE PUEDES VER.
Me parece curiosa e interesante la interpretación que hace del cuadro Ángel del Campo, apuntando a detalles que escapan, como es lógico, al ojo de los que no somos versados ni en pintura ni en Velázquez.
Visto el cuadro “in situ” y con esa querencia que tenemos las personas a aproximarnos lo más posible a lo que queremos mirar se pierde, en mi opinión, la sensación de conjunto; y quien lo quiera comprobar que mire el cuadro desde la puerta de la sala que queda justo enfrente de él, aunque luego se acerque para ver la parte de abajo que le habrán estado tapando las cabezas de los otros visitantes.
Una de las impresiones que da el cuadro — me figuro que a cualquiera lo mismo que a mí — es que Velázquez lo que está pintando en el gran lienzo que los espectadores vemos por su parte de atrás es, eso, los espectadores que miramos su cuadro y a quienes él mira y seguirá mirando — y no de frente, por cierto, sino bajando un poco la mirada como teniendo en cuenta que quienes luego lo mirásemos estaríamos situados en un nivel algo más bajo (la base del cuadro queda, si no calculo mal, como a algo menos de un metro de altura) —eternamente y en nuestro constante desfilar, desde el lienzo que sí pintó.
Creo que hay una interpretación que asevera que a quienes está pintando es a los reyes — Felipe IV y su segunda esposa, Mariana de Austria —, lo que ya confiere al cuadro un algo de enigmático porque si están frente a él no puede al mismo tiempo estar viéndolos reflejados en el espejo del fondo; aunque el inigma quedaría (me doy cuenta de pronto) resulto si a la espalda de los reyes estuviese colocado otro espejo en el que se reflejase el del fondo.
Tuve, como digo, la impresión de apreciar mejor el cuadro cuando lo miré desde la puerta; aunque como es natural me acerqué, igual que todo el mundo.
Luego, en casa, al querer averiguar el nombre de la enana (Mari Bárbola) y tener frente a mis ojos, en la pantalla (pulsar más arriba, donde pone esta página), el cuadro lo suficientemente pequeño para poder abarcarlo con una sola mirada se me representó, al pronto y sin poder evitarlo, formada por los dos cuadros del fondo que están en alto y el espejo en que están reflejados los reyes, la imagen de una calavera; podría incluso, afinando un poco más, decir que las dos figuras me sugieren los agujeros de la nariz.
En ninguna de las páginas en que he andado mariposeando he leído que ningún experto o entendido haya visto la tal calavera. Pero a mí se me representa…
Me deja un poquito perpleja el empecinarme en que yo sí la veo, y me pregunto si habrá alguna autoridad en este mundo que pueda — aun a pesar de sus conocimientos y de mi profanía — disuadirme de que, tal vez, por qué no y entre tantos otros símbolos como el cuadro contiene, Velázquez estaba en verdad queriendo sugerir una calavera.
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sábado, 27 de noviembre de 2010

La última vez

La última vez que el Sol giró alrededor de las galaxias se desplegaron los acordes más ancianos de las mixturas  plagiadas al aroma de los limbos que arrancaron, con sus propias manos, las comisuras internas que ostentaban tras su silencio de milenios verdiblancos de planas repitiendo “seré grana” para , luego y al cabo de tres velas y cien fastos, apagar en sus labios de anís y mueca amarga la sed de una justicia que esperaba el desterrar – a viva voz o aguzada templanza – los gestos importunos de galones jalonando (por doquier y para los profanos) la calma sin control ni perfil líquido de todo un calibrar de desencantos que, hirsutos o arrobados, tildaron de temblor lo que tan sólo era inmolación de un santo y seña que rebasó la linde del ocaso del antes de la luz y el error del claroscuro del después que, humillado, se negó a cerrar los ojos ya sin vida de los que, pudiendo ver, jamás miraron.


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lunes, 15 de noviembre de 2010

Apadrinamientos

Hace pocos días nuestra ministra de asuntos exteriores visitaba al presidente de Bolivia y sus relaciones son tan buenas como puede verse en la fotografía.
Al mismo tiempo hay una ONG que se está desviviendo porque se apadrinen niños en Bolivia.
¿Es lógico que desde España haya que apadrinar niños de un país democrático?
En el mundo hay muchos niños, en muchos países sujetos a muchas circunstancias muy adversas ya sea por sus propias condiciones de desarrollo o por estar gobernados por dictadores despiadados y crueles.
Pero… ¿en un país donde quien gobierna ha sido elegido en una votación?
Por otra parte todo el tema de los apadrinamientos es un tema bastante artificial. Las personas bondadosas lavan sus conciencias aportando una cantidad mensual para un niño o una niña con el (o con la) establece una relación forzada y racional mediante la que se cartean y el niño cuanta cosas de su vida y de su mundo a su padrino o madrina.
¿Con qué ganas o qué ilusión ese niño o niña se pone de tiempo en tiempo a escribir una carta a una persona a la que debe gratitud?Bueno, que no creo en esa forma de hacer las cosas. Y que no entiendo cómo o por qué el padrino o madrina “quiere más” a ese niño que a cualquier otro.
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domingo, 14 de noviembre de 2010

Texto 2.9

Publicado por  el nov 14, 2010 en Prólogo a la segunda carta. En busca de los sueños 

2.9 “Pero si el ser humano poseyera el conocimiento suficiente que le permitiera utilizar sus capacidades físico-sensitivas para percibir el momento y modo de oxigenar su consciencia, romper la inercia de su cotidianidad y facilitar el nacimiento de un nuevo vector de libertad, estaría empezando a abandonar su estado para ponerse en camino hacia su ser”.
Afrodita
15 noviembre, 2010
¿Y el placer que se busca en las relaciones sexuales?
Puede parecer que lo que digo es una especie de chascarrillo. Pero por medio y en nombre de satisfacer ciertos estados de plenitud, en muchas, muchísimas ocasiones las personas se proporcionan, en algo así como un trueque malévolo, cantidad de sufrimientos y desencuentros y frustraciones que arrastran a lo largo de sus vidas.
¿No sería estupendo que esa sensación de placer que proporciona el sexo se pudiese lograr por medio de la respiración, sin tener que recurrir a complicidades ni manipulaciones de ninguna índole?
El acto sexual quedaría reservado a la reproducción; sería uno de tantos actos conscientes y voluntarios. Y el mundo funcionaría infinitamente mejor.
***
Afrodita
22 noviembre, 2010
Carmina, muy bonito e ingenioso este último comentario. Sólo una matización, que no creo que no la hayas considerado, sólo que no la has mencionado; algunos pensamientos no buscados —muy pocos, tal vez, en proporción con los indeseables e indeseados — son instantes absolutamente maravillosos, como destellos de luz que nos invitan a entrar por puertas que de repente se nos abren a espacios que desde la razón no sospechamos; espacios en los que se mueven las musas, por ejemplo. No sé si es lo que se llama “pensamiento instantáneo” o “pensamiento mágico”. Es un tipo de pensamiento que, creo yo, se valora por lo general poco porque es considerado un pensamiento algo así como juguetón, o poco serio; pero es tal vez el más digno y merecedor de ser atrapado. Por fortuna no es un pensamiento pusilánime que se achique una y otra vez con nuestros constantes desprecios, y vuelve, y vuelve…
En cuanto a si tal postura genera tales pensamientos o es al contrario parece un poco el asunto del huevo y la gallina; un estado de ánimo lleva a hacerse un ovillo o a estirarse, y estirarse o hacerse un ovillo propiciarán su correspondiente estado de ánimo. Es desde luego muy difícil que uno mismo, víctima y verdugo de su propio estar, encuentre el punto y el criterio adecuado para que lo uno y lo otro se alíen para bien. Hace falta ese árbitro del que tú hablas que parece, así las cosas, que ha de ser alguien de fuera, neutral, que viene a poner paz.
Otra cosa, ahora de la basura genética de la que escribe Ulises. Es curioso que lo más valioso, lo que contiene todas las claves y llaves de los mayores misterios, sea lo despreciado, lo obviado ¿No es un poco lo que nos está tal vez sucediendo en todos los órdenes de la vida? Se puede ver a cada paso y en todos los aspectos, la importancia que se da, el afán que se tiene y el esfuerzo que se aplica a obtener determinados “bienes”, de fortuna o de poder o de placeres, que son los “bienes” que hemos aprendido que son los deseables.
Tal vez este mundo nuestro esté necesitando un importante zarandeo para que aflore una algo así como inversión de valores. Tengo un amigo que es muy listo y dice que cuando salgamos de esta crisis lo haremos bastante más espabilados.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Qué aborrezco (3)

Detesto el socialismo, detesto la igualdad, no estoy en absoluto de acuerdo en que todos los seres humanos tengamos los mismos derechos, abomino de aquella frase de la izquierda, que dijo no sé quién, que reza algo así como “da lo que puedas y toma lo que necesites”. Y detesto también a todos los gobiernos que quieren “proteger” a sus ciudadanos con los criterios que para ellos, los gobiernos, son los convenientes y adecuados.
Leo en un libro de Carlos Fuentes — titulado Los 68, en el que escribe del mayo francés, de la primavera de Praga y de Tlatelolco (Méjico) — frases como:
“Lo que está en trance de formarse es una nueva concepción de la sociedad basada en la plena democracia, una alianza del socialismo y la libertad. Porque socialismo y libertad son inseparables”.
Y lo leo en el año 2010. Y lo leo en España, donde un gobierno socialista está llevando el país a la ruina; en todos los sentidos, tanto en el económico como en el cultural como en el de cualquier tipo de valores.
Y me entran unas ganas horrorosas de tirar el libro por la ventana y de maldecir de todo lo que en el mundo haya sido y sea izquierda, o socialismo o progresía.

Y del comunismo que no me hable nadie que no quiera que le saque los ojos.

“Da lo que puedas y toma lo que necesites”.

¿Quién producirá o creará o fabricará aquello que ha de tomar el que lo necesite?

¿Quién establecerá la medida de qué se necesita y qué es mero capricho o pura y simple avaricia?

¿Quién fijará la medida de cuánto puede dar cada cual?

¿Dónde hay un catálogo de qué es necesario y qué es superfluo?
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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Durante siete semanas y media el caballero se esforzó


porque pretendía ser el número catorce de un exiguo reino de quince súbditos pero, al amanecer del primer día de la segunda mitad de la octava semana de durísimo entrenamiento, el caballero despertó aquejado de un fortísimo dolor de testículos que, además, estaban muy inflamados.

Habían sido semanas agotadoras, extenuantes, que el caballero había soportado con entereza y de buen grado con la ilusión de llegar, algún día, a ser uno de los pares del reino.

Había, a lo largo de aquel tiempo que imaginó habría de recordar luego como una pesadilla — pero una pesadilla, le decía una voz interior dándole ánimos, “que habrá merecido la pena” —, sufrido nada menos que media docena de derrotas; pero había perseverado. Impasible e impertérrito había continuado acudiendo puntualmente a los entrenamientos, y a las eliminatorias, viendo sin dejarse ganar por la desesperación cómo siempre eran otros los que se graduaban; otros que eran para colmo más pequeños y hasta, uno de ellos, el número dos en concreto, no un par como todos los demás, sólo par y sin mácula sino (o al menos eso se rumoreaba) un poco  primo…

En cambio, él, él que no era ninguna nulidad, él que no era ningún imbécil… ¿Por qué tenía que pasarle algo tan humillante precisamente a él?

Agarró el teléfono, llamó al campo de entrenamiento y pidió hablar con el instructor.

– No voy a entrenar — Le dijo, escueto, esforzándose por contener las lágrimas.

– ¿Cómo que no vas a entrenar? — el instructor —. A cuatro días escasos del examen el señorito dice que no entrena ¿Y se puede saber por qué?

– Porque no puedo.

– Ah, no puedes — el instructor era un tipo algo rudo, pero le tenía aprecio —; pues que sepas que es tu última oportunidad de ser, fíjate bien, el mayor de los pares  del reino — y, tras una breve pausa — ¿O es que no te das cuenta?

– Sí, me doy cuenta.

– Te das cuenta, ¿te das cuenta de lo que eso, justo ahora que te enfrentas al esfuerzo final, significa?

– Me doy cuenta, pero…

–Te das cuenta pero — bramó el instructor —, te das cuenta pero… ¿Qué coño de “pero”? ¿Por qué carajo no tienes que venir a entrenar?

El dolor, que por unos instantes parecía haber remitido, arreció de nuevo; se hizo tan fuerte que el caballero, apretando las mandíbulas para no gritar, pudo tan sólo balbucir  "porque se me han hinchado los huevos".

Caballero a la Jineta

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Los cables del voltímetro estaban enchufados a tierra

Los cables del voltímetro estaban enchufados a tierra porque era frecuente que se rieran los volcanes a grandes llamaradas cuando, cediendo a presiones de fuerzas telúricas no del todo imponentes pero sí muy altivas a las que no les era posible el sustraerse nada más que en el caso de que les trajera por completo al fresco que la franquicia les fuera retirada en favor de a saber cuál de entre tantísimos oportunistas como andaban rondando a las mozas más agraciadas del lugar, el consejo  — por muy torpe que fuera y vive Dios que los había ineptos hasta la nausea — de una administración laborioso pero muy escasamente dotado para labor tan fina optaba, dando un enérgico puñetazo en la mesa y “punto en boca”, por estampar su firma al pie de cartas de recomendación ensalzando las virtudes del mar o, puestos a dar alas a los osos polares o pábulo a la maledicencia de unos loros pésimamente acostumbrados por culpa de los operarios que no pudieron reducirse a cenizas y tan proclives a utilizar un lenguaje en exceso vulgar , al mismísimo aire cargado de un aliento no del todo divino pero sí lo bastante nauseabundo a ajo como para poner, literalmente, los estómagos de los que huían despavoridos, presas del horror, patas arriba.

sábado, 30 de octubre de 2010

Su labio se condensó en muchas primaveras

Su labio se condensó en muchas primaveras porque Romeo siempre dejaba el pie en el aire un tanto incierto pero también, y para qué engañarse a aquellas alturas no teniendo, encima, ningún punto de referencia del que asirse  , bastante de familia no muy bien avenida pero sí adornada aunque sin excesos ni perifollos ridículos de esos que dan, por otra parte, un toquecito tan gracioso a ciertas bisabuelas del punto de sensatez imprescindible para no ir dando, unas veces, un cuarto al pregonero y, otras pero esto nada más en el buen tiempo, cuando da gusto ir de gira y dormir al raso, mirando las estrellas , el espectáculo tan deplorable de perder el equilibrio y caerse con todo el equipo técnico compuesto, en su mayoría, por magníficos profesionales sobradamente competentes para desempeñar su labor e incluso las joyas pignoradas en algún momento de estrechez pero carentes, casi por completo todos ellos, de un sentido del humor que habría quedado tan fuera de lugar en una representación tan dramática.

martes, 26 de octubre de 2010

A los sauces llorones no les gusta la pimienta en grano

A los sauces llorones no les gusta la pimienta en grano menos que los despertadores digitales o los bailes de salón no porque los afiladores de puntas para lapiceros tengan la fea costumbre de criticar a las lenguas de fuego pregonando que aun no disponiendo de razones ni propias, ni de peso, ni sociales ni trigonométricas para estrechar lazos de amistad con sus homónimas ― ni de la antigua Atenas ni del bastante más moderno Lacio ― se muestren sí no menos proclives a renegar tanto de los cocodrilos y sus lágrimas como de las cántigas de Alfonso X el Sabio o las declinaciones de las otras que, inclinadas a experimentar un cierto alivio cuando por imperativos o futuros perfectos de verbos intransitivos regulares no han de comparecer ante los tribunales se saben más acuciadas, sin embargo, por la necesidad de conjugar su afición por los salmonetes y las carpas que por su querencia por las colchas de seda sino porque, como inquietas o medio amedrentadas frente a la incomprensible falta de operatividad de los pañuelos que llevan, tan precavidos ellos, escondidos en sus bocamangas, los obligan a sentirse aquejados de una risa nerviosa que no les permite concentrarse en guardar la compostura que sus continentes, tan severos, parecen estar exigiendo a grandes voces y a cada instante.

domingo, 24 de octubre de 2010

Los mamuts son gordos

Los mamuts son gordos porque la hierba está dormida por la luz del primer vergel sobre el que no encumbraron sus figuras esbeltas ni sus frentes angostas los que, descendiendo de las simas más hondas de lejanos parajes descarnados de lirios o jazmines adornadas de abolengos esculpidos en sus miradas frías, viraron por el camino recto que los conduciría hasta el lugar en que encontraron sin saberlo los rastros de las nuevas viejas huellas de los pasos parejos, cortos y no estudiados pero sí hasta la saciedad repetidos, de sus correspondientes ignorados proyectos esbozados con apenas tenues trazos de tiza, o carboncillo, o de sanguina, dibujando los rasgos tan difusos de unos rostros sin restos mal lavados  de destellos del brillo de las cuencas a que afluyen las ráfagas de estrellas que vigilan el rodar de los siglos que discurren, perezosos, al amor de la lumbre del murmullo que llama a toque de rebato a rechazar la envidia a que se entregan cuando ven los verdores que devoran, golosos, los mirlos y jilgueros o, al descuido  de alguna enana blanca despistada u ociosa, tal vez algún cernícalo al que, terco como una mula, no le entra en su cabeza tan dura de chorlito que dos y dos de las treinta y siete veces que se hizo la comprobación fueron, indefectiblemente, siempre cuatro.

Recreación

Si descubrir que se había perdido  todo un día en tratar de encontrar una pregunta bien hecha no redimió a los buscadores de la culpa de no haberlo preservado de tal daño ni de sentir, en los fondos de sus almas, el profundo vació que había dejado la ausencia de aquellas veinticuatro horas que, en justicia, no merecían ser más añoradas que cualesquiera otras de otros tantos días desperdiciados en buscar las respuestas que fuesen a esclarecer sus respectivas noches; no redimió, tampoco, a los artífices de tal fatal descubrimiento de la pena de vida que cayó, con todo el peso de una humanidad tan grande y tan sumida en la abundancia, no sólo sobre ellos sino bajo la mirada implacable de los hacedores de nuevos tiempos que, defraudados, desesperanzados de sí mismos y de sus habilidades para abordar hechuras diferentes se negaban,  sin embargo y para estupor de los que aguardaban impacientes y conteniendo la respiración presas del pánico, a seguir confeccionando, en su desánimo, ni siquiera una pequeña remesa de los tan consabidos e insignificantes segundos de siempre.
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martes, 19 de octubre de 2010

Terapia ocupacional

Sabía poder asegurar llegado el caso y sin apenas inmutarse que había intentado recordar a veces cuánto tiempo hacía que había dejado de añorar los tiempos en que tuvo una bicicleta azul con la que pedaleaba cada día, en las mañanas de verano, junto al río; pero que ahora, tanto tiempo después, la sensación que lo embargaba era la de que todas aquellas veces abandonó el intento por razones que, mirando hacia atrás, se le antojaban peregrinas o meras excusas para no aplicarse, para no poner en la tarea que se asignaba voluntariamente todo el empeño que hubiera sido necesario para lograr el éxito.

Sabía también que siempre que se hacía este tipo de trampas trataba, inmediatamente y sin dejar por ello de atender a lo que estuviese ocupándolo en cada momento, de forzar su memoria hasta evocar aquella tarde de invierno en que escuchó cómo las campanas de la iglesia tocaban a duelo, o el olor de las glicinias color malva en los jarrones que adornaban las consolas colocadas en los extremos de la galería acristalada que daba sobre el parque, o las caras de los desconocidos pegadas al cristal de la confitería o de la agencia de viajes con las manos haciendo pantalla para ver mejor las palmeras y los cocoteros o, y esto también podía saber intentar recordarlo aunque sospechando que inmutándose ya un poco ― siempre y cuando, naturalmente, que llegara el caso ―, la cantidad de mecheros inservibles que se almacenaban en el cajón de las cucharas.

Sabía que podría ofrecer una cierta dificultad en cambio ― y esto sí que lo ponía un poco nervioso ― el sentirse en la certeza de estar capacitado para precisar, aunque esperase con la ayuda de ese Dios en el que conservaba un remoto barrunto de no haber dejado nunca de confiar que el caso jamás se presentara, en qué baldosa exacta del cuarto grande, el que estaba siempre vacío a mano derecha al fondo del pasillo al que nada más podía accederse por la estrecha escalera sin barandilla que arrancaba desde el lateral izquierdo del vestíbulo, quedó la pequeña hendidura desportillada que causó el pisapapeles de alabastro aquella tarde de un mes de octubre en que se le cayó de las manos.

Sabía que se habría dejado cortar un brazo, aunque no creía que fuese de veras sino nada más por aquella manía de exagerar, aseverando que el impacto había sido muy al borde, muy cerca de la esquina que quedaba más alejada y a mano derecha si él se colocaba enfrente, justo enfrente, del interruptor de la luz que no merecía la pena ni tocar porque la bombilla llevaba, ya por entonces, tres años y dos meses fundida; y que entonces, si bien erguido bajaba con disimulo la mirada, ahí estaba la baldosa, con su pequeña herida; pero que ahora, desde aquí, cuando si alguien se la mostrase separada de todo lo demás o como un objeto cualquiera aislado de qué lo rodeó algún día no albergaría la sombra de una duda de poder afirmar “esa es”, no le sería posible ― aunque por fortuna de esto también era aun con una cierta vaguedad consciente por completo de que trataría de subsanarlo tan pronto se presentara la ocasión propicia ―, sin embargo, concretar su ubicación en el lugar de origen ni como punto referencial a la hora de reconocer a cualquiera de las demás baldosas que la rodeaban.

Sabía que quiso saber llegados a este punto ― y también curiosamente que aquí, atenazado por el temor de que si no se concentraba se podría como le había ocurrido con tanta frecuencia hacer una pregunta acerca de algo que no le importase en absoluto para encontrarse luego con cualquier respuesta que no iba a interesarle ni tendría idea de dónde colocar ni a qué aplicarla, sí que abandonaba lo que estuviese haciendo ― haber procurado recordar si conocía algún truco para demorarse en tratar de averiguar si existiría alguna trampa con la que poder cubrir el engorroso expediente.

Sabía, por último ― y aquí y por fin ya se tranquilizaba y podía sin más problema saber continuar con lo que en cada momento estuviera teniéndolo ocupado ―, que no, que a pesar de todos sus desvelos y afanes no había logrado saber que jamás había hecho el menor intento por recordar si conocía algún truco mediante el cual fuera posible el posponer el intento de desentrañar el enigma de si existiría alguna treta para cubrir el expediente tan engorroso de tener que saber a cada momento y puntualmente si quería o no quería saber recordar algo con absoluta precisión alguna vez.

Y sabía también que ahora que ya sabía que sí, que ahora que ya sabía que jamás había sabido intentar recordar no saber nada, justo ahora era ese instante ― y lo sabía, sin haber logrado jamás aprender a olvidarlo ― odioso y puntual, ese maldito instante que se repetía sistemática e inexorablemente todos los días a la misma hora y en el minuto exacto en que terminaba con aquello, justo aquello y ninguna otra de entre centenares de miles de cosas, que estuviera en cada momento teniéndolo ocupado.
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lunes, 18 de octubre de 2010

A modo de gacetilla - evento segundo

Los ujieres encargados de abrir los grifos y cerrar las bocas de las dependencias y los portavoces de esta Administración respetando siempre el rigurosísimo orden de prelación respectivo y concordante con los correspondientes rangos se declararon sin dudarlo un instante admiradores de los encargados del mantenimiento de las cabezas de los sifones sin las mismas que, desde las ventanillas de los trenes que circulan a velocidad vertiginosa por las cercanías de nuestra vasta urbe, escuchaban cómo las orquídeas melodiosas que escaparon al acceso de locura que con motivo del recalentamiento inherente a los meses de verano afectó a los tragaluces trastornándolos se inclinaban temblorosas sobre la moderación sumamente sagaz de los astutos tiradores de las puertas que se obtenía por el procedimiento, antiguo sí, pero tan respetable, de ir regalando a los caballeros a lomos de jumentos de bronce de las estatuas ecuestres pentagramas o, en el caso de no haber para todos los gustos y viandantes o ser puertas de las que nunca se cerraran ni se abriesen, a las amodorradas imploradoras de mercedes e imperdibles pequeñas cortesías envueltas en encarnizadísima polémica atestiguando que la muy endeble incuestionabilidad que se imputaba a las escaleras de peldaños de caracol no era todo el rato de licor fermentado de manzana sino, también y con mayor frecuencia, de subida perfectamente controlada de adrenalina u otras secreciones dispensadas por prescripción de glándulas recónditas.
Este improcedente y tan de todo punto reprobable proceder de unas y otros resultó un poquito escandaloso al principio de la primavera pasada y se organizó, por tanto y en consecuencia aun con la salvedad admitida por los destornilladores de alcayatas para almanaques de que no serviría de precedente, un cierto recaudo sin timbres ni ronqueras ni flecos para mantones de Manila de los largos hasta que, entrados en razón y sacados de sus correspondientes quicios, los guardapelos se fueron replegando a sus aposentos y cuarteles pretextando que los rinocerontes de la sabana Africana no estaban convenientemente aleccionados para la misión que se les habría de encomendar a primera hora de la mazmorra recién alicatada.
Todo ello y no obstante no fue óbice de porcelana con incrustaciones de salmodias y otras muestras cuidadosamente clasificadas de respeto para que, con independencia a la que se acogieron bajo súplicas y con la condición de devolver los cascos vacíos tan pronto se hubiesen consumido los turnos de presentación de enmiendas a las totalidades de los desengrasados de las sartenes destinadas al asado de sardinas, heridos en lo más profundo de su honor los estabilizantes de palmatorias de diseño aerodinámico se proclamasen ganadores absolutos del concurso oposición de bailes de salón comedor con tresillo de napa por lo que, una vez adjudicadas las inculpaciones subsidiarias que se implementaron diligentemente y bien trufadas de acotaciones susceptibles de ser guardadas en el mayor de los secretos de los que en las carboneras de esta Administración se almacenan en rileras numeradas, se comunicó a todos los destacamentos de aguamaniles y rapsodas que quedaban eximidos de por vida de tener, en lo sucesivo, que tener que deshollinar los nubarrones de tormenta que se cernían sobre nuestras susceptibilidades tan expuestas al esclarecimiento de unos hechos que a saber cuándo se producirían.
Por lo que y a la vista tan cansada de lo muy embarazoso de la situación en que se hallaban las patas de los bancos del jardín se optó por, como medida tomada por sorpresa y al asalto, darse esta Administración ― en pleno, extraordinario y celebrado por todo lo alto y con champán del mejor ― punto en boca y proclamar, a los cuatro vientos conocidos y a otros cualesquiera vientecillos que pudieran filtrarse por las grietas y desagües de esta madrugada de otoño que nos rige, que no, que no hay ningún nuevo evento que reseñar pero que en cumplimiento de lo prometido ― que ya se sabe que es deuda ― se ha sentido esta Administración en el deber (y por defecto de una obligación que nos vimos en la necesidad de devolver) de comunicar que mañana, a esta misma hora o posterior y en este mismo lugar o equivalente, se procederá a efectuar un inventario detallado y exhaustivo de los muy prolijos y feraces artículos que los ojeadores (véase articulación general de normativas del pasado día 9 de octubre) en su ferocidad tuvieron la deplorable idea de traer desde los confines más remotos hasta estas nuestras tan reducidas dependencias en las que apenas si se pueden rebullir y se pasan todo el día protestando y peleándose porque todos, con sus respectivas clausulas lloronas y meonas a cuestas, quieren ser el primero.
Lo que esta Administración tiene el gusto de poner en conocimiento de la ciudadanía para que no decaiga el ánimo festivo con que suele aguardar en su inocencia embargada de tan morbosa curiosidad las buenas nuevas y las aun mejores (y deseosas de no quedar a la zaga) noticias.
Se imprime, pero ni se firma ni se rubrica porque esto no es un edicto sino tan sólo y meramente uno de los tantos ecos que repiten y regurgitarán incansables en ensordecedor in crescendo (pero eso será otro día) las loas a nuestra sociedad y cuando, encima, miren ustedes (las 2:36 de este lunes de octubre festividad de san Lucas Evangelista) las horas que son y teniendo que madrugar dentro de un rato.
Hasta pronto y que Dios nos asista.
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sábado, 16 de octubre de 2010

Porque se decía de ella que era

Porque se decía de ella que era, como tantas otras de entre las de su clan una señora en toda la extensión de la palabra que abarcaba desde las puntas de los pies a la cabeza se rumoreaba que era ella, a menos nada más y por supuesto de que se la mirase de frente o de medio perfil, una estrafalaria pobre mujer desprovista de espalda.

Porque se decía que era esta suya ― y de las otras tantas de entre las de su clan ― una cualidad un tanto excéntrica que la privaba de bajar la guardia y dejar de mirar aunque fuera nada más de tarde en tarde cara a cara y lo mismo sin reparar en mientes a amigos, enemigos, adversarios y toda una variedad de personajes con los que ― decíase ― uniérala o no lazo de afecto o de desamor o de una total desapasionada indiferencia habría de mantener un estar que no indujera a presumir que careciese de entereza para rendir a cada cual su justa alerta cuya ausencia resultaba una rareza.

Porque alerta a los rigores del halago ― se decía ―, alerta a las raigambres del descrédito, alerta a la tiránica inclemencia de velar por los bienes aunque fueran muebles o raíces o hasta inmuebles, alerta a los intempestivos reveses del destino, alerta al sinsabor de desamores, alerta a las adversidades de la suerte hubiese – ella y tantas otras de entre las de su clan ― podido vivir la muy tonta y tan contenta.

Porque era, decíase, como tantas de entre las de su clan una mujer de esas que nunca mienten, una mujer de esas que nunca adulan, una mujer de esas que nunca inclinan a su favor la balanza en que se mecen el bien de amor y el mal de la muy huidiza exultación caprichosa de los ires y venires de los azares y ardores de la vida.

Porque se decía que era, como tantas de entre las de su clan cual queda dicho, una mujer de esas que nunca cambiaría el trueque de la necesidad en virtud fingida por la permuta de la tenacidad en contumacia ni el sabio desterrar del necio error por el torpe dar a la murmuración calurosa acogida.

Porque se decía, por resumir, que era como tantas otras de entre las de su clan una mujer que nunca alcanzaría las cimas del poder ni de la fama y siempre hasta su fin soportaría la ausencia pavorosa de onerosos requiebros, parabienes, cortesías de reconocida reputación que tanto gustan a tantas otras de otros tantos clanes más afines, proclives y capaces y entregadas a dar a la felicidad la espalda, era ― se murmuraba ― una mujer de las que no existían.

A ver si no es gracioso

lunes, 11 de octubre de 2010

A modo de gacetilla - Aviso

Esta Administración, en su ferviente deseo de ver colmadas las expectativas de sus conciudadanos y demás congéneres, en su incansable y denodado esfuerzo por dar satisfacción a sus inquietudes culturales, en su no decaer y otros afanes sobre los que sería vano incidir y huero el volver a relatar si tuviésemos presente que ya se facilitó cumplida cuenta a los respectos ― concernientes, los correspondientes, a cada uno de los tres arriba expuestos y enumerados en orden que se desprende, como se echa de ver, alfabético puesto que empieza por “deseo” y prosigue por “esfuerzo” y concluye por “no decaer” ― en comunicado emitido en fecha inmediatamente posterior al solsticio del pasado verano anunciando de la buena nueva de que desde la secretaría de estas dependencias se editaría con una periodicidad cuya frecuencia ya quedó consignado que se prefijaría en los momentos adecuados vése, esta Administración y contra el viento y la marea de su voluntad y aun con harto dolor de corazón y profundísimo pesar, en la necesidad de hacer saber que hay mucho de lo que ya se facilitó (ver más arriba para una mejor comprensión de los orígenes de los acontecimientos) que, por razones que escapan a su propósito de pronta reparación de averías y a cuyo efecto se tenían concertados los servicios de unos técnicos que se autoproclamaban en extremo competentes, esta Administración no tiene presente.
No tiene esta Administración presente gran parte de lo que se facilitó porque, por culpa del malhadado tropiezo en que se vieron incursos la línea y el servidor de nuestras instalaciones informáticas y que se saldó con una fractura de cadera ― para ella, era una línea muy anciana ― y para él con la degradación de chambelán mayor a simple lacayo, se perdieron los archivos en que se relataban las gestiones y otras diligencias llevadas a cabo por los embajadores que cargados de presentes preciosísimos ― representados, a saber, por ricos collares de abalorios y pulseras y ajorcas y pendientes tan solo de pegarles con loctite alguna piedra que se había desprendido brazaletes ― y argumentos que hicieran las delicias, caso de poseerlos convincentes, de letrados y otras gentes de leyes deseosas de que se haga justicia, esta Administración ― que quiere hacerla ― ha de reconocer que, contra lo prometido y aun a sabiendas de que lo tal es deuda, ve obstaculizado su propósito de proporcionar detalles de cómo y de qué manera discurrió el encuentro entre los antedichos mencionados emisarios y las Consecuencias Últimas con las que debían entrevistarse.
Sí tiene esta Administración presente que sí se facilitó, empero y sin embargo y aún a tenor de que no se pretende el ser prolijos sin necesidad y con premura, información extensa y bien cumplida de que mal recibidos no es que fuesen ― con todo el rigor a que propende esta Administración en sus desvelos ― cuando vinieron a la presencia de ellas tan encopetadas y un poco antipáticas pero también correctas.
Tiene presente también y con intención de hacer extensiva la tal presencia al más próximo inmediato futuro que facilitose, acto seguido a la sazón y subsiguientemente, pormenorización de los detalles accesorios más relevantes que allanaron el camino hasta el acceso a la puerta de entrada que da parte ― a los conciudadanos y congéneres, claro ― de que celebraron con no poco regocijo las ellas los presentes, es cierto, pero con tan exasperante lentitud que cuando hubieron terminado de retirar las cintas y los lazos que los adornaban estaban ya no del todo imperfectos, y ni tan sólo a Dios gracias subjuntivos pero sí, y no hubo forma de evitarlo porque si se las apremiaba o urgía habrían podido sentirse molestas y predispuestas en contra de los objetivos que a ellos los movían, tirando ya un poquito a pretéritos.
Tiénese por fin presente también ― y por último y porque no quede a medio cerrar la terna de facilidades ni de presencias ni de posesiones ― que se facilitó aún a pesar de caídas y tropiezos de línea y servidor e irregularidades en el comportamiento de técnicos mendaces que ya han sido convenientemente sancionados, documentación extensa e ilustrada a todo color y tinta china de que no hicieron ascos a los argumentos sino que, y muy por el contrario, los acogieron con regocijo porque ― que no es que lo expresaran ellas, así sobre la marcha y tan concisas como suelen, pero llegó a conocimiento de los caballerizos de los nuestros porque las camareras de ellas las oyeron cuando se retiraron a deliberar en un aparte (exclusiva apócrifa que insertamos aquí tan a modo tan sólo de manera de hacernos perdonar con tan insignificante cotilleo por, a causa y con motivo de los impedimentos que nos coartan la libertad de relatar pormenores de mayor sustancia de tan ansiado y prometedor encuentro, mitigar en lo posible el desencanto) ― parece ser que los que tenían y utilizaban cuando no les quedaba otro remedio no eran propios sino de unas brujas primas suyas que se llamaban Medias Verdades con las que, por lo visto, no se trataban por causa, casualmente, de que en cierta ocasión o en un despiste aquellas les dieron el cambiazo llevándose los suyos, los irrebatibles y de peso, y les dejaron embrujados los de aquellas, la Verdades a Medias, que si bien es verdad que para según qué tareas podían hacer su juego, para el trabajo fino o los trances delicados fallaban una barbaridad volviéndose, en su embrujo, como activados por un resorte invisible y maléfico, contra aquellos (“aquellas” en este caso) que los esgrimían.
Entenderase en conclusión y por tanto y fácilmente por esta ciudadanía y subyacentes conciudadanos y demás congéneres que con tantas facilidades como se llevan dispensadas desde los expendedores de facilidades automáticas instalados por doquier a lo largo y ancho de nuestros territorios no procede, en modo alguno, el seguirse prodigando en otorgamientos y otros regalos y donaciones a la vista de que con todo lo expuesto es más que suficiente y necesario para entender, intuir, comprender, elucidar y colegir que no cabe más explicación al respecto y, por tanto en consecuencia, se pasa sin más dilación a concretar que todo está todavía en una fase muy inicial en cuanto a las pesquisas por satisfacer a las Conclusiones que sabiéndose ― y quién sabe si no para muy largo y contra su férrea voluntad ― muy malhadadamente muy todavía en el aire, han accedido a, aún a regañadientes, ingerir un frugal desayuno y, acto seguido, buscarse un acomodo para esperar sentadas.
Y con la satisfacción que de consuno hermana, aúna y acompaña a la satisfacción con su deber cumplido ordena, esta Administración y una vez firmado y rubricado y estampado de los correspondientes sellos pertinentes este escrito, que se imprima cuando son las 15:06 de este lunes de octubre festividad de santa Soledad Torres Acosta, san Alejandro Sauli, santa Zenaida y de los beatos Juan XXIII y Jacobo de Ulm; así como de la Maternidad de la Santísima Virgen María.
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sábado, 9 de octubre de 2010

Articulación general de normativas

Con el encomiable propósito de que la cada día más profusa y extensa batería de normativas ― y no sólo la dictada para la correcta y adecuada exhibición de determinados productos cual pueda serlo, recuérdese a modo tan nada más ilustrativo, la colocación en los escaparates (que resultó no serlo por las razones que se adujeron en escrito de fecha 6 del 10 próximo pasado y que obviamos aquí porque no quiere está Administración incurrir en el pecado de ser reiterativa) de paquetes para filtros de cigarrillos o de verdor para botellas sino, y yendo mucho más allá esta Administración en sus aspiraciones, la erradicación del descoco o la acertada distribución de los catarros entre los más viejos y los acnés u otras protuberancias entre las más jóvenes ― que resulta evidente se van haciendo paulatinamente más y más necesarias si es que queremos que nuestra comunidad sea un lugar de referencia para las comunidades de nuestros contornos y la tomen como ejemplo y como modelo y como guía alcancen su objetivo de ser justamente cumplidas y, por ende, previamente del todo comprendidas ha decidido, esta Administración en su irreductible e inalienablemente bonísima voluntad de superarse articularlas (las normativas y la batería) y, a tal efecto, enviar ojeadores a todos los confines del universo mundo que se pongan a tiro para que localicen y lleven a cabo las gestiones subsiguiente y pertinentes al objeto de que, una vez visualizados sin error y a bulto los mejores artículos, sean traídos a estas dependencias para que nuestros expertos y licenciados en las más varias materias y ramas y hasta pequeños esquejes e incipientes brotecillos de la articulación los examinen y, una vez desbrozados y disuadidos de arrastrar tras de sí, a modo de rémoras, toda una cohorte de innecesarias e impertinentes clausulillas díscolas, los ordenen atendiendo al buen criterio que dictase el mejor de los sentidos.
Convócase por tanto y con carácter no de suma urgencia pero sí con la recomendación de no dormirse en los laureles alejandrinos que adornan nuestros parques y jardines sino, por favor, en los corrientes, los laureles de toda la vida, a los conciudadanos y demás congéneres que deseen formar parte de la expedición y cuenten con los medios imprescindibles para ponerse en viaje ― entiéndase “vehículo propio” o, en su defecto o virtud de su carencia, prestado de buen o por lo menos regularcillo grado por la generosidad o la largueza que algún otro espécimen de la misma especie o parecida a la que exorne a los posibles candidatos y aspirantes de la nuestra lograse, a su vez, mediante ruegos o presiones o amenazas o sobornos (pues ya se sabe que por disfrutar de cualidades tan excelsas el ejemplar más torpón o desidioso de no importa qué especie de las que nuestro extenso orbe pueblan estaría dispuesto a chantajear y someter a vejámenes a cualquier otro prototipo de cualquiera de las especies aludidas fueren las tales las que fueran) de algún otro conciudadano o congénere más pudiente o menos dado a los placeres de la vida turística o de cualquiera de las vidas que pueda deparar tan apasionante experiencia ― a presentarse en la ventanilla número 2 de estas instalaciones con la solicitud debidamente cumplimentada y en horario que se extenderá a todo lo ancho y largo del tiempo que:

A – Mediare entre la hora de apertura y la del desayuno.

B – Transcurriere entre la del desayuno y el aperitivo.

C – Sobrare entre la del aperitivo y la de cierre.

Lo que se firma, rubrica, estampa de los sellos pertinentes y, por fin y felizmente, se imprime a las 14:19 horas de este lluvioso, tristón y un poquito desapacible sábado de otoño.

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viernes, 8 de octubre de 2010

Cosas del sexo

El siglo XXI es por lo visto mucho siglo, y estar en él habitar en algún lugar de la modernidad donde no queda espacio para la gazmoñería, para hacer dengues y melindres ante determinados comportamientos, actitudes y maneras de pensar. Ha por ello, parece, de producir sonrojo el confesar que, bueno… hay cosas que…
Dejé de escuchar el programa de Ayanta ― en esRadio, a las 12 de la noche, las cero horas, de lunes a jueves ― cuando al comenzar la temporada que se inició el lunes 6 del pasado septiembre incorporó ella una nueva sección denominada “es sexo”.
Son horas fastidiosas esas de la madrugada para quienes gustamos de andar con la radio encendida hasta cuando dormimos; fastidiosas esas horas porque casi todas las emisoras suelen estar “tomadas” por el deporte, por el fútbol.
Anoche, en mi zapear, por distintas emisoras ― eran ya las 2:30 de la madrugada y el programa termina a las 3:00 ― transigí, medio a regañadientes y de mala gana, a escuchar esa última parte dedicada, ayer en concreto, a “la banda sonora del sexo”. Lo más curioso del asunto, lo que más me chirrió fue que el personaje invitado para hablar del tema en cuestión era el padre de Ayanta, Fernando Sánchez Dragó.
El contenido cualquiera puede verlo, es decir escucharlo, con tan sólo escribir esradio en google y, una vez en esRadio, ir a programación, seleccionar ahí Fonoteca, pinchar en el día 7 de octubre, y en búsqueda avanzada el nombre de la presentadora y el nombre del programa; no voy por tanto a hacer el enlace desde aquí aunque resultaría tan fácil. Tampoco voy, claro, a repetir nada de lo que oí.
Me chirriaron, ya digo, varias cosas.
Una que un hombre entrado en años ― aunque no debería chirriarme porque Sánchez Dragó a sus 74 ya está desde hace tiempo entrado en años, y siempre que la ocasión se lo depara él no la desperdicia, y se enfrasca tan feliz en hablar de sexo y de sus proezas sexuales ―, pues eso, lo que digo, que un hombre entrado en años ande tan con el sexo a vueltas.
Otra cosa que me chirrió fue que hablase del asunto con su hija, y en los términos tan explícitos, tan llanos, tan aderezados con tanta naturalidad y desparpajo de palabras y de las imágenes a que remitían las palabras; tan ilustrado con la referencia de experiencias vividas por él y de las que parece se siente muy orgulloso.
Si eso mismo lo hubiese hablado con cualquier otra persona habría seguido sin gustarme; pero, con Ayanta, su propia hija, me pareció una absoluta falta de respeto no hacia nada ni hacia nadie más, sino hacia la propia Ayanta.
Por otra parte el programa es de ella, y los invitados los que ella elige, y los temas a tratar los que ella y su equipo acuerden; ha de suponerse por tanto que voluntariamente se colocó en la tesitura que, a mi juicio y entender, la tendría que haber hecho sentir, por lo menos, un poquito incómoda.
Pero, no; ella lo entrevistó en tono y términos perfectamente correctos y asépticos, como si se tratase de cualquier otra persona, y escuchó ― escucharon, ella y su colaboradora en el programa, Eva Guillamón ― con perfecta serenidad y aplomo distintos pormenores y anécdotas de las relaciones que él ha mantenido, y mantiene, y parece seguir manteniendo y dispuesto a no decaer en el empeño de seguir manteniendo con distintas personas ya sea por separado, de una en una, o en grupo…
Eso también me chirrió; creo que fue de todo lo que escuché lo que más me chirrió; que ella tolerase, a ese invitado en concreto, el que utilizase determinada forma de contar cuando la tal forma la estaba utilizando para contarle a ella.
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miércoles, 6 de octubre de 2010

Enmienda a la modificación introducida el pasado jueves 30 de septiembre de 2010 a la normativa dictada el miércoles 29 en referencia a la correcta exhibición en escaparates de determinados productos.

Como a pesar de las explicaciones que en la modificación editada el pasado jueves 30 de septiembre a la normativa dictada el 29 del mismo mes se daban en referencia a la correcta exhibición de ciertos productos en determinados escaparates siguen llegando a la secretaría de esta Administración infinidad de quejas e innumerables solicitudes de nuevas aclaraciones porque parece ser que los comerciantes no llegan a tener claro A) si los ciertos o los determinados son los productos o los escaparates y ― aun cuando en el mejor de los casos la comprensión haya alcanzado (como en honor a la verdad hay que reconocer y celebrar que así haya sido porque, y tenemos en esta Administración prueba fehaciente de ello gracias a las muchas fotografías que los propietarios de establecimientos han tenido la gentileza de hacer llegar a nuestra secretaría pudiéndose contemplar con suma satisfacción en ellas que tanto los unos como los otros están no siempre perfecta pero sí casi siempre correctamente colocados) a desentrañar dicho enigma ― B) si tanto en el supuesto de unos (los productos) como en el de los otros (los escaparates) todos y sin excepción de los que correspondiere ser esto o aquello son ciertos o determinados o indistintos; esta Administración, en su inquebrantable voluntad de dar plena satisfacción a las necesidades de los ciudadanos y cumplida respuesta clara, concisa e inequívoca a las dudas que puedan asaltarlos, procede a dictar una nueva enmienda con la que confía, esta Administración, en que todo quede total y enteramente esclarecido.

Así pues, y consultados juntos primero y después por separado nuestros asesores expertos todos y cada uno en cada una de las materias en que pudiera verse afectado el presente escrito, se procede a redactar la que imaginamos será si Dios nos asiste la última redacción de la normativa como queda:

Los paquetes de filtros para cigarrillos nunca se ponen en los escaparates de los establecimientos concertados con los distribuidores porque ellos, los paquetes, aun habiendo sido autorizados ― tal y como quedó dictado en la modificación a la normativa al respecto a que hace referencia la presente enmienda ― a colocarse donde más les gustase, optaron, libremente y al amparo del derecho a la libre circulación por el lugar o los lugares por donde transitaren por colocarse en otra parte sin prejuicio, empero, de que la tal parte les gustara o no les gustase, y en uso del (otra vez) derecho que los asistía de ser ellos, ellos solos y a su propio criterio, los que determinases qué es, en su sentir, exactamente “lo que gusta” y sí, he aquí el interrogante que se plantearon, “lo que gusta” y “lo que agrada” son cosas incuestionablemente iguales o por completo y sin la menor duda diferentes.

Tal pregunta, que a nadie en esta Administración se le escapa es de muy profundo calado y hasta si se la apura (a la Administración reunida en pleno) del todo insondable, vino suscitada por el hecho de que las burbujas para gaseosa ― tan inquietas ellas, con ese su inveterado estar a la que salta imbuidas, como es su natural, de una incontenible tendencia a alborotarse ― y por boca de sus representantes hicieron notar ante el responsable del departamento de reclamaciones de esta Administración que no cabía el por completo descartarse que tal vez, quién sabía, bien pudiera ser que aunque sintieran los paquetes más predilección por unos lugares que por otros se decantaran, empero, por inclinarse por los otros antes que por los unos en previsión ― y vistas con serenidad las cosas con sus correspondientes pros y sus respectivos contras que ellos, los paquetes, en su constante velar por la tranquilidad de los pequeños filtros que albergan en sus entrañas, no pueden ni por un momento dejar de contemplar ― de que las otras, las alas, tan rebeldes, tan propensas a volverse contra el viento y aun contra la marea tan pronto se las obligase, incluso sin saña, a doblar una esquina ― o, peor todavía, la cerviz y sobre todo las muy anchas ― no cederían con facilidad a cohabitar con unos entes tan apocados, tan indolentes, tan proclives a dejarse utilizar para, luego, una vez usados, ser arrojados lejos, obviados, humillados y proscritos.

Es por esto que, y habiéndolo ellos corroborado, encendidos de gozo pero privados de la facultad de prorrumpir en hurras ni irrumpir en aplausos presas del comprensible júbilo de saberse entendidos, declinaron la gracia que esta Administración les otorgase y se marcharon, con las cabezas muy erguidas y los precintos bien ajustados a la parte que, si no era la que más les gustaba, era, sí, la que más a los intereses del apacible coexistir sin roces de los incompatibles convenía.

Lo que se firma y rubrica y se estampa de los sellos pertinentes a las 21:08 horas – que siempre se le echa a esta Administración entre unas cosas y otras la hora encima ― del miércoles 6 de octubre de este año de muy dudosa y no menos discutible gracia.
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lunes, 4 de octubre de 2010

Incongruencias

Los trinos de un jilguero danto saltos por entre las ruinas de Hiroshima. El desamor con que se entregan al juego del amor tantas y tantas gentes. Los rayos de sol acariciando, arrancando destellos festivos y dorados, a la bayoneta que se hunde en un abdomen. Los ríos de tinta desembocando en la mar de veces que la tinta sólo emborrona páginas. El gemido del viento. Pequeños cráteres malévolos entrando en erupción en las mejillas de una adolescente. Los ríos de sangre empapando incansable páginas de diarios. La erección de un ahorcado. La risa loca de un sauce que se desboca equivocado.  El amoroso enjugar de la gacela las lágrimas del  cocodrilo que va a devorarla. Los ríos de lava demorándose, prodigando, sin pasión ni ira, blandamente, sus tórridas caricias sobre Pompeya y Herculano. El gélido, desapacible crepitar del tronco en el hogar donde habitan dos leños pero ninguno vive. La pasión con que se odia lo que no se entiende. El batir de alas de mariposa posada sobre la espiral que cuidadoso dibujase  el defecar paciente de una vaca.
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domingo, 3 de octubre de 2010

Mis ojos los vieron

Eran muchos, y eran grandes, y altivos y muy soberbios agitándose sin prisa ni piedad ni sentimiento; de culpa, ni de vergüenza, ni de ninguna otra cosa de las que pueda decirse son cosas de esas que pasan, cosas de esas que se dicen, cosas que luego se cuentan o se cantan o se escriben; cosas que dejan sus huellas a la vera del camino, desasidas, olvidadas, que no quieren muchas cosas arrastrar ya de por vida, de por muerte de su risa, de su esperanzado alcance de anheladas maravillas, verse presas en las huellas que permanecerán ínclitas.

Eran mudos y eran torvos y eran mórbidos de abrojos; y estacaban de agrimentos el crujir de caramillos fruticosos y estrafélicos que acundaban primulosos, en su verdor pubescente, relatiendo o estolando de jamentos los andares de andrajosos estiletes desfilando en formaciones de informes flagidos vientres inmunes a los lamentos agudos de sus tañeres, promesas de en otras partes otros ritos y otras gentes.

Eran muchos, y eran tristes, y eran mudos, y eran negros; deslizándose despacio a través del campo seco quebrando las pocas ramas que no había quebrado el tiempo y dejando tras su paso tan sólo un olor a olvido ahogándose en el silencio de una noche sin estrellas que iluminaran los viejos rincones del alma oscura que los miraba sin verlos.





viernes, 1 de octubre de 2010

Instante

Un coche rojo derrapando por el asfalto helado, caléndulas en las ventanas de un tercer piso, el balar de una oveja en una playa, dos adolescentes fornicando, el silbar de una locomotora antigua pendiente de una escarpia en la pared de un prostíbulo, un mechero encendido en las manos de un niño, una anciana de cabellos teñidos de verde mirando fotografías obscenas, el ulular del viento en el interior de la pirámide de Maslow, la respiración entrecortada de un enfermo en su cama con dosel de sábanas bordadas, el correr del agua de un grifo que alguien olvidó cerrar, los pasos de un viejo arrastrándose por el descansillo del piso de arriba, la cara de una mujer en el espejo pintándose los labios, el auricular de un teléfono tragando palabras, el glamuroso desfilar de un veintisiete por ciento de masa corporal por una pasarela, el azul lento, cansino, ensimismado del batir unas manos antiguas, de cera, un huevo en un plato de porcelana; la polonesa en la bemol mayor op 53 de Chopin al piano, una tostada con mantequilla y mermelada de naranja amarga, el chirriar de los frenos de un autobús, docenas de extremidades amputadas, un hombre con traje y corbata comiendo arroz tres delicias sentado en un banco de bulevar; el grito de alguien que pronuncia algo que nadie ha entendido desde una ventana que no es la de las caléndulas, fotografías de niños con las caras manchadas de chocolate, una enfermera aplicando una inyección de estricnina en la vena de la anciana de cabellos verdes, el deslizar sobre el teclado de unos dedos demasiado cortos para una polonesa tan heroica, dos desconocidos copulando, un pescador en su barca en la orilla, un juego de té y un platito con pastas sobre un velador, tres peces en una pecera, dos zapatos desparejados en el suelo de una habitación vacía, un hombre leyendo a Walt Whitman sobre el mostrador del prostíbulo, el ronroneo arrullador de un perro, la sirena de una ambulancia, un olor a café recién hecho, un quiosco de periódicos en el pico de una montaña, una pareja de amantes bostezando, un ama de casa entrada en kilos dirimiendo el principio de incertidumbre con su pescadero, el auricular que abandonado sigue hablando, deudos enlutados enjugando lágrimas junto a la fosa de un aborrecido muerto, una mascarilla y unos guantes de látex, un pastor que desatiende su rebaño, una peluquera apresurada por llegar a la cita con su peluquera, Una bomba de napalm destruyendo el coliseo romano, palabras de amor desparramándose sobre la alfombra, una prostituta devorando con avidez a Schopenhauer, una yunta de cisnes tirando de un arado, una tercera cuerda de un segundo violín desafinado, el ladrido de un gato en la distancia, el Sol y la Luna prodigándose arrumacos, una tarta con tres velas...
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jueves, 30 de septiembre de 2010

Texto 2.6

Publicado por  el sep 30, 2010 en Prólogo a la segunda carta. En busca de los sueños

2.6 “Cada reacción biológica, cada diferencia de potencial electromagnética desencadena una actitud, y como consecuencia un vector de comportamiento, a la vez que define un paisaje en la memoria y en la consciencia. Pero si cada experiencia de acción está condicionada por el estado anímico, a su vez la situación emocional está condicionada por la postura y el movimiento. Naturalmente este matiz significativo fue tenido en cuenta por todas las culturas conocidas desde hace diez mil años. Todas las danzas rituales que acompañan a las doctrinas tienen la misión de alterar el estado de consciencia del acólito y aun del oficiante, y si están convenientemente diseñadas, lo consiguen”.
Afrodita
5 octubre, 2010
Todo está, por tanto, muy imbricado. Nada escapa ni está exento de verse modificado por todo lo demás. La actitud por la reacción biológica. La memoria y la consciencia, por la actitud y la reacción biológica. Llegados a ese punto, en el texto, nos encontramos con un “pero” que podría dar la sensación de estar conteniendo un algo de excluyente que rompería, como si dijésemos, la cadena; lo que hace, sin embargo, es llevarnos hacia atrás para enlazar la postura y el movimiento con el estado anímico y de rechazo con cada “experiencia de acción”.
Ahí me quedo un poco desconcertada porque he de reconocer que hay términos que no sé interpretar, y me gustaría que alguno de vosotros que tenga las cosas más claras – que es seguro que lo hay – tuviera la amabilidad de matizarme que ha de entenderse por “experiencia de acción”, pues yo lo asemejo con “vector de comportamiento” pero, al mismo tiempo, me creo que “vector” sería como el nexo, el elemento puente, entre la actitud y esa misma experiencia que estoy a su vez considerando “vector”. También puede ser que esté entendiendo “experiencia” en la acepción que en el manejo cotidiano se le da a la palabra de algo así como la constatación consciente de estar en posesión de un conocimiento y, a lo mejor, me digo también, “experiencia”, en el texto, no se está refiriendo a esa posesión sino a algún otro algo, más alambicado, que con independencia del hecho consciente, como si saltara por encima de él, va directamente a instalarse en la conciencia, aunque no sepamos que lo estamos teniendo, ahí, en nosotros.
En cuanto al movimiento, propiamente y entendiendo que es claro cuánto tiene de elemento tan condicionante como cualquiera de los anteriores – o no entendiéndolo en términos tales que si alguien me exigiese que explicase por qué o como lo entiendo no sabría hacerlo, pero sí aceptándolo sin mayor dificultad (que yo sepa) ―, al hilo de qué escribe M.A se me ocurre que así como el resto de los componentes de ese todo que nos conforma son, algunos, o muchos y a lo mejor todos, ajenos a la voluntad y nos irán modificando sin que pongamos intención manifiesta de cambiar ni podamos ejercer ningún tipo de control sobre ellos desde nuestro deseo, en el movimiento hay mucho de elegido libremente pero – y he aquí algo que es una verdadera lástima – el común de los mortales no tenemos ni idea de cuáles serian esos movimientos, tal vez muy sencillos, que nos pudieran resultar beneficiosos; y beneficiosos no en el sentido bobalicón que muchas personas adjudican al yoga al dar por bueno que su finalidad es tenerlo a uno muy relajado, como en una nube en la que todo está muy bien y muy en orden o, peor todavía, para adelgazar o mejorar del colesterol o de la artrosis, sino en el sentido mucho más universal de que según uno se vaya modificando (para bien, se entiende) los propios beneficios alcanzados redundarán a su vez en beneficio para todo y todos los demás.
Pero entre lo desprestigiado o al menos minusvalorado, de una parte, que ― por culpa de algunos cantamañanas que hay sueltos por el mundo y llaman de buena o de mala fe “yoga” a cualquier coseja parecida a una gimnasia (sin querer hacer de menos a la gimnasia; pero es que cada cosa es cada cosa y no otra) ― está el yoga y, por otra parte, lo del todo imposible que es que uno por sí sólo pueda saber qué movimientos (a veces muy insignificantes y casi imperceptibles tal vez , o muy sencillos) serían los que lo sacasen de estados o situaciones no deseables, me temo que muchos moriremos sin haber tenido la oportunidad de descubrir, ni aun atisbar, algo que parece estar tan cerca, tan ahí mismo, tan al alcance de la mano.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

A Maria José Peláez

Es usted tan amable, responde a mi protesta que reconozco un poco ácida en términos tan correctos, que me animo a dirigirme nuevamente a usted; en primer lugar para darle las gracias por haberme respondido y, en segundo lugar, para hacerle una pequeña consideración – muy subjetiva, desde luego – referente a la publicidad en radio, en general, y en esradio en particular porque es la emisora que escucho casi de continuo y en la que confío, y la que quisiera que escuchara mucha gente para andar menos aborregada.
La consideración consiste, y digamos que “casi me duele” tanto en su programa como en el de Federico, o el de Luis, o en el de Cesar, en que habiendo dejado la publicidad de ser como fue antaño, al haber pasado prácticamente a integrarse en el contexto de la programación que cada producto patrocina, resulta a veces un poquito frustrante que sin solución de continuidad y en boca de la misma persona que está conduciendo el programa, en tono no menos veraz o convincente del utilizado en tertulias o en debates en torno a temas de gran interés, le “canten” a una, sin solución de continuidad, las bondades de tal o cual pastilla para la memoria, o para adelgazar, o le cuenten las grandes ventajas que conlleva el domiciliar la nómina en tal o cual entidad bancaria, o la inviten – en mitad para más inri a veces de una muy sesuda disertación sobre la crisis ― a acudir presurosa a un determinado establecimiento a proveerse de vestidos, o perfumes, o sartenes, o ha embarcarse en un crucero.
Esto mismo, aunque más escueto – y en términos menos cuidados, del estilo más un poco parecido al empleado en el primer correo que envié a usted – se lo escribí hace tiempo, también por correo electrónico, a Federico.
No me respondió y entiendo que, habida cuenta de que la radio necesita la publicidad para mantenerse, poquito hay que se pueda responder.
Usted lo ha hecho, y eso me ha animado a extenderme un en el tema porque – reconózcalo, por favor, conmigo, aunque no me lo diga ― una publicidad expuesta y planteada y “vendida” en tan buenos términos y en voces de profesionales que saben manejar la voz imprimiéndole tantas inflexiones y matices como serían de desear en algunos actores cuando declaman el monólogo de Segismundo o el de Hamlet, puede, si me apura, dejar de parecer publicidad y pasar a convertirse en aseveraciones que por un lado entran en conflicto, chocan de frente con la verosimilitud de quien las dice y, por otro lado ― y aunque pueda parecer contradictorio ― invisten al producto anunciado de unas cualidades que, aunque todos sepamos que toda publicidad tiene un poco o un mucho de engañosa, alcanzan a parecer posibles.
Y eso no es justo.
Le agradezco el haberme leído; y le pido perdón por ser a usted a quien le he colocado mi filípica.
Reciba mi afectuoso saludo.



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Normativa para la correcta exhibición de determinados productos

Los paquetes de filtros de cigarrillos nunca se ponen en los escaparates de los establecimientos concertados de antemano con los distribuidores de alas para sombrero porque, y debería resultar obvio, se considera competencia desleal. Se exhiben empero ― y en ese irreprochable derroche de orden no siempre decreciente pero sin lugar a dudas alfabético que suele abarcar ( hace ya por lo menos cuatro siglos y sin tener en cuenta ,vaya ello por delante, las esquinas ni los ángulos muertos) desde un poco más allá de la línea divisoria que separa las tierras erizadas de burbujas para gaseosa de los señores de las comarcas del norte hasta un poco más acá del trazo que pone coto a los eriales de las provincias sembradas de ojales para corpiño de las señoras dominantes del sur y se prolongará (si es que terminan de una maldita vez por tener razón los agoreros) unos treinta o cuarenta lustros más de lo que perduraron los efectos (tan devastadores) del tratado de no agresión entre los defensores de la luz cenital y los valedores de las sombras chinescas ― junto a los cubiletes para dado de parchís o, sin el menor sonrojo, bajo los embozos de los fuegos de artificio y otros lugares públicos.

Ante este orden tan paranínfico de cosas los electores más pobres de espíritu, los portadores de la parte menos aguerrida de los ánimos festivos, los que han así las cosas de demandar ayuda a los más corpulentos ― de los que ha de inferirse andan mejor alimentados ― para llevar la cruz del tener que les guste o les disguste comprenderlo, se tronchan de la risa auspiciando que el panorama no es en absoluto alentador.

Paralelamente los bien nutridos, los que no gozan de grandes caudales pero sí de una cierta independencia, se deshacen sin ayuda de nadie de sus propios atavismos o en lágrimas (o en elogios, dependiendo del carácter) obedeciendo al pronóstico de que esto no puede ya por mucho que se quiera durar mucho.

Las clases medias o acomodadas en precario equilibrio y como que de muy mala manera pero instaladas ― aun con enormes recelos y sin derecho para mayor escarnio a asiento de ventanilla ni reserva pero irresolutas, incapaces de saberse decidir por adscribirse al bando de los ayudantes o al de los contritos― en el abarrotado territorio conocido por el vulgo que lo sufre a ratos y lo vive a veces como de nadie no hallan, entre sus desiguales pertenencias y culpas expiables, el elemento de juicio salomónico que les brindaría, si es que en un descuido de los guardianes de la ley pudieran canjearlo por un lote de infundios sin contrastar pero surtidos, la posibilidad de desplegar las habilidades necesarias para proclamar que ellos, ellos precisamente y a diferencia del hatajo de cernícalos que los mantiene maniatados, venían abogando ya desde el principio de los tiempos por que, zarandajas aparte y olvidando rencillas, se votase de una vez por todas a favor de que el único de los ordenes merecedor y digno de gozar de un puesto preeminente en la historia, cuando la hubiere, tenía que ser el de batalla.
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martes, 28 de septiembre de 2010

Qué aborrezco (2)

De entre las viejas siento especial antipatía por las que se cuidan. No las que se pintan las uñas de los pies y los labios, y se calzan tacones mientras el cuerpo aguante aunque tengan que ayudarse de un bastón para ir tirando. No. Las viejas que detesto son las que viven pendientes de su rodaja de merluza y de su colección de pastillas. Las que se levantan por la mañana tempranito para dedicar todo el día a sí mismas, y a sus necesidades, y a limpiar el polvo de su casa; y a irse luego al mercado a adquirir la merluza, o una verdurita, y cocinarla luego en la soledad de su cocina y fregar luego el plato; y dar una cabezadita frente al televisor. Y llegada la hora de la cena sin haber desempeñado más cometido que conversar con alguna amiga tan necia como ella se preparan su tortillita, y vuelven a tomar sus medicinas; y otra vez a la televisión y a dormir luego, que hay que descansar, y levantarse pronto, porque hay que ver cuánto hay que hacer en una casa, ¿verdad?

De entre los jóvenes, mis preferidos para ser detestados son los que miran a los menos jóvenes sin ni siquiera saber, o querer saber que los están viendo; como temerosos de verse en el espejo en el que antes o después – y quién sabe si no todavía más decrépitos o insufribles – se terminarán por ver.

Bueno, en realidad no son esos los jóvenes que más detesto; aborrezco mucho más a los que maltratan a los animales.

Tanto en hombres como en mujeres, jóvenes o viejos, me parecen odiosos los que quieren mucho a su gato o a su perro o a su periquito; pero detestan a cualquier otro perro o a otro periquito y saben, sin embargo, que hay a dos pasos de su casa un hatajo de gatos callejeros y hambrientos por cuyo lado pasan sin inmutarse.

Y la gente que dice que le gusta mucho leer y sólo lee novelones infumables, best sellers de ochocientas páginas que cuentan chismorreos de amoríos y aventuras y batallas. Y la que dice que le gusta mucho la música y la tal música resulta ser canciones insustanciales de cualquier niñato o niñata; o no tan niñato o niñata y sí nada más un presuntuoso/a quien se le llena la boca hablando de “mi último trabajo”, cuatro frases estúpidas repetidas agitando la melena y moviendo el culo.

Y es que me dan cien patadas también los que hablan de sí mismos, y de sus obras. El que tenga que pintar que pinte, y el que tenga que cantar que cante, y el que tenga que componer componga y el que tenga que declamar declame. Y que se callen. Y el hablar de sus obras y el juzgarlas que se lo dejen a los críticos y a los que acudan a escucharlas, leerlas o mirarlas.

Y otras cien o doscientas los que escriben libros de autoayuda, y los que los leen.

Y los ecologistas y los que abogan por las “energías alternativas”.

Y la gente que hace yoga “porque relaja mucho”. Manía que tiene el personal por andar relajado, como medio zombi sin sentir ni padecer ni pensar ni discurrir ni cuestionarse ni… O por adelgazar o que mejore la tirantez de sus cervicales. Y a quienes lo hacen para “aprender a ser buenos”, y a los que quieren ser buenos para acceder a una “otra vida” satisfactoria o, por lo menos, no volver a “reencarnarse” en este mundo. Parece que si tragas mucha quina y te las tragas dicho en términos vulgares “dobladas” pero sin rechistar tienes bastante asegurado el no reencarnarte.

Me dan grima también los que no quieren morirse pero se pasan la vida quejándose de todo.

Miro también con recelo a los que dan consejos “tú, lo que tienes que hacer es”. Y a los que – “las”, porque es una característica que se da más en mujeres ― dicen “yo es que soy muy despistada”; suelen ser unas cotillas que Dios o tu buena fortuna te libren de caer en sus garras.

Tengo un asco horroroso a los etarras, y a los terroristas en general. Y a los que dicen que hay que dialogar y reinsertarlos. Y que hay que perdonarlos.
Y a los hipócritas, y a los falsos, y a los desleales, y a los nacionalistas, y a los chupones.

Y a los que se les llena la boca defendiendo que hay que ser solidario, pero se les olvida cuando la tal solidaridad no va a beneficiarlos.

Y a los que dicen que ellos no odian a nadie.
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Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.