viernes, 22 de mayo de 2009

Nunca más volver a hablar


De los canelones ―y si soy capaz de recordar que debería olvidarla, tampoco de la lasaña― aunque por pura cabezonería porque, y conste que al final cené y hasta bastante bien, la culpa fue en realidad del microondas y me pude dar cuenta cuando al ir sorteando obstáculos le di sin querer, o aposta, porque me estorbara, con el pie; pero, absorta como andaba con mis cosas, no lo pensé.
Debí sí de notar algo, claro, porque de no haberlo notado no habría podido preguntarme luego cómo no sospeché.
Y ahora era tarde; tarde para ponerse a dirimir qué había pasado con un hombre que respondería somnoliento, cuando no abiertamente malhumorado, señora yo no lo puedo saber: esas cajas son todas siempre iguales.
Y que, además: como ustedes las mujeres tienen esa manía de conservar todo, son incapaces luego de saber dónde está qué.  Y que mirarse en alguna otra. Diría.
Yo le replicaría con  en qué otra si sólo tengo una y usted, usted es quién hubiese debido reparar en que era demasiado ligera…
Y, él, que como que no tendré otra cosa que hacer, señora, que reparar en ligerezas acarreando constantemente bultos de acá para allá o, metiéndose en lo que a él no le importaba, que en última instancia lo mismo ha salido usted hasta incluso ganando excepto, claro está, en el caso de que gratinara.
No gratinaba. Yo.
Pues entonces, él, vale seguro más lo que hay en ésta…
Eso, yo, lo dirá usted.
Él, entonces, por abreviar o desentenderse y seguir durmiendo, se encogería de hombros y aunque usted podría muy bien responderme con cuál es, en términos objetivos, el valor de las cosas. Y yo le tendría que responder en tal caso “no lo sé, señora; no tengo la más remota idea de cuál pueda ser en términos objetivos el valor del contenido de la caja de su microondas”.
Y que otra cosa muy distinta sería abordar el tema desde el punto de vista de la subjetividad que si usted quiere, ya que me ha conseguido desvelar, podemos abordarlo por qué no…
Pero no quise.
No quise y ― no sé si por evitar una dscusión bizantina que no iba a llevar a ninguna parte o por no abordar con un extraño el tema tan peregrino que no iba a conducir a ningún sitio de que por causa de un puñado de papeles yo no sabía qué iba a cenar ni dónde ―, para evitar tentaciones, borré el número que se me había quedado en la memoria del móvil cuando me preguntaba tan obsesivamente ¿qué otra cosa podría hacer?
De modo que, por poner fin a una situación tan kafkiana y porque no me gusta, además, ser obsesiva; considerando, por añadidura, que este barrio ofrece muchas posibilidades de encontrar qué llevarse a la boca, me decidí por el Wok, de María de Molina.
Y, ya digo, cené bien.
Cené bien y ― bien porque me lo tenía ganado después de un día tan duro, o, mejor aún,  por celebrar que era estupendo haber amanecido en un cuchitril interior y oscuro y tener ahora cuatro ventanas que eran una hermosura ― me tomé un sake, con el café, preguntándome entre sorbo y sorbo ¿cómo puede terminar tan rematadamente mal algo que empezó tan bien?

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.