jueves, 31 de octubre de 2019


Una risa que se rompe, y un encuentro que se pierde,
y el recodo de una curva que recta colma qué mueve
lo que muere sin más gloria,
ni penitencia, ni en ciernes
de rondar ni de pasada, ni de vuelta
ni devuelve, a su lugar,
al que debe,
que es el suyo y del que viene,
el espanto de sentir sentimiento que no siente
mas que el rumor de unos pasos que ni de lejos son fieles
a qué conduce a qué senda
que no trazó mano alguna, de otro mundo ni de este…
lado oscuro que rezuma monsergas que lo pervierten.
31/10/19


miércoles, 27 de marzo de 2019

Maldito puto sentido que...


Algo le decía en voz muy baja y entrecortada, como con interferencias, que eran los mismos sonidos de siempre aunque sonaran como nunca. Y los mismos olores y los mismos sabores por más que se obstinaran en quererle resultar desconocidos o, peor aún, traicionarla mostrándose como ella sabía muy bien que habían dejado de ser hacía ya décadas.
El rojo de los sábados, por ejemplo – se dijo; y la voz que pero eso era un color; y ella pero que la traicionaba también, así que valía –, el rojo de los sábados de su infancia tal vez porque por entonces era el color que más le gustaba. Y el azul para todo lo dulce, y la acetona para quitar el esmalte de uñas que era como dar un mordisco a una manzana Verde Doncella.
– Os conozco. No penséis que porque no os recuerde vais a engañarme.
Y el tacto, ese tacto escurridizo de lo inasible que, por alguna razón que nada más podía ser extravagante o estúpida (que qué diferencia podía haber), se empecinaba en jugar al despiste y mostrarse similar al de… Maldita fuese que ahora también la iba a traicionar el de…
¿Cómo coño se llamaba aquel puto sentido que no quería venirle a la cabeza?
Y la voz “qué más da si total ya has mezclado el azul de los domingos con el sabor de la acetona”. Y que si hacía falta ponerse tan minuciosa. Y ella que no, claro, pero que le fastidiaba no poder localizar por más que se esforzaba el color de los lunes de invierno, cruzando aunque hiciera sol el bulevar camino del colegio.
– Pero – al sentido o lo que aquello tan arisco fuese – también a ti te conozco ¿Qué te has creído?
Y, aunque ni se lo dijo ni la voz rechistó afanada tal vez en aclararse o buscar el registro adecuado para resultar nítida, supo imaginar que algo increíble – de lo que no cabía sospechar que fuese a desnudarse, allí, delante de todo el mundo (o lo que aquello tan homogéneo, uniformado, fuese) sin más fin ni objeto que el de, en números no menos redondos que ello, venir a destrozarle la vida una vez más – estaba a punto de caramelo de suceder.
Y la voz, aclarada y ya nítida, emitió la misma risita burlona de siempre; tan del todo inconfundible que, también como siempre, la tranquilizó como nunca.

viernes, 4 de enero de 2019

De la moral pública y de la privada

Que qué estoy pensando, el facebook, que me lo pregunta siempre en cuanto que me ve que entro.
Pues estoy pensando en esa panda de chicos, los llamados La manada, y en la indignación que ha producido tanto a niveles públicos, y políticos, como a niveles privados, el hecho de que por lo pronto no van a ingresar en prisión hasta que no salga la sentencia definitiva que, por cierto según he escuchado en las noticias, su abogado piensa recurrir. Claro, que también va a recurrir el abogado de la acusación, el de la joven. Uno porque la pena impuesta considera que es mucha, y el otro porque considera que es poca.
La opinión pública y salvo contadas excepciones, que haberlas habrá, está, pues eso, y tal como se ha podido ver en las televisiones, indignada porque no van a la cárcel de inmediato.
Y me pregunto si en efecto y en verdad "todo el mundo" está tan indignado como dice y manifiesta estarlo, o si dice y manifiesta estarlo porque estarlo y manifestarlo está dentro de lo consensuado y políticamente correcto, en tanto que decir o manifestar lo contrario es... un atrevimiento, por lo menos, por salirse del tiesto; atrevimiento que no estaría yo muy segura de que tuviesen los arrestos de encarar muchos de entre los "todos" que, quién sabe si haciendo de tripas corazón, eligen (¿libremente?) adoptar la actitud "correcta".
Y es que, vamos a ver:
Los hechos ocurrieron en una noche de jolgorio donde (y cuando) no es descartable que tanto los ellos como la ella fueran un poco cargaditos de copas. Y estando cargaditos de copas, hombres y mujeres se entregan a comportamientos a los que puede que no (aunque también puede que sí) se entregarían caso de estar serenos.
Por otra parte parece, eso sí (pues que es de dominio público habida cuenta de que los medios de difusión lo han aireado ampliamente), claro y evidente que los ellos pelín macarras sí que son; vamos que para poeta me creo sin rechistar que no iba ninguno.
De ella, de la joven, no sabemos absolutamente nada. Que me parece bien, entendámonos; que el hecho de que aun sin cara ni nombre las circunstancias acaecidas la coloquen en un cierto papel de desventurada protagonista no nos da derecho, a nadie, a conocer pormenores de cómo pueda ser ella en su privacidad, ni de cuales puedan ser sus gustos e inclinaciones tanto en terrenos y aspectos de la sexualidad como en cualesquiera otros terrenos y aspectos de la vida.
Pero, a lo que voy; de ellos lo que sabemos es todo desfavorable; de ella, sin embargo, no sabemos nada ni favorable ni desfavorable.
Por supuesto que una violación no deja de ser violación sean cuales sean las inclinaciones y gustos sexuales de quien la padece; pero, habida cuenta (insisto) de que no es descartable la posibilidad de que tanto los otros como la una no estuviesen despejados del todo, ¿cómo se puede tener la seguridad absoluta de que ella, aun en su posible (y ocasional y pasajera) ausencia de total lucidez, no encontrase un algo de atractivo en...
Bueno, no quisiera yo escribir algo inconveniente; pero pese a la poca "cultura general" que tengo de qué es el mundo y qué son los vivientes (por cuestiones de mi forma de ser que no vienen al caso) tengo sí la "cultura particular" que me da la edad que tira ya a provecta de saber - o no tan particular, la cultura, que la tiene todo el mundo - que hay señoras (mujeres, en general, quiero decir; no importa qué edad ni qué estado civil) a las que soñar (imaginar, fantasear) el tener relaciones sexuales con cinco señores (o señoritos, que tampoco importan el estado civil ni la edad) a la vez les resulta... digamos "excitante".
Vengo a considerar y preguntarme, por tanto, si estaría fuera de toda la lógica de toda la opinión pública que tanto y con tanto fuego se muestra indignada el plantearse si no cabe, en absoluto; la posibilidad de que ella, aceptase, la situación; no a tope de todas sus luces, sí, pero la aceptase.
Y que luego, también cabe suponer (o a mí me cabe) sintiera pudor y se dijese ¡Cielos, qué he hecho!
Que ni idea, ya digo; sólo estoy aquí divagando y porque el facebook me ha preguntado que qué pienso.
Y, en mis divagaciones, también pienso que qué fina, y qué frágil, y que huidiza es la línea que separa el que un sólo y único hecho - visto bien sea desde el punto de que el machismo y la dominación de la mujer por la fuerza es repugnante, o (bien también, en el caso del feminismo y de las y los feministas) desde el punto de que las mujeres tenemos todos los derechos sobre nuestros comportamientos y actitudes y sobre nuestros gustos y sobre nuestros cuerpos - pueda ser calificado abominable o digno de aplauso.
Pienso, en conclusión, que no pudiendo (nadie) tener la absoluta certeza de cuáles estuvieron siendo las motivaciones ni sensaciones ni emociones (alteradas, tal vez, o un poco, o un poco al menos dadas las circunstancias y el entorno festivo) de ninguno de los participantes en los hechos, es un poco moralmente injusto cargar todo el peso de la culpa sobre estos chicos que, ya digo, para poeta seguro que ninguno iba, pero, los nueve años de cárcel si la sentencia se confirma, ¿no mueven a nadie, a ninguno ni a la "alguna", a cuestionarse si tiene todo el derecho (moral) a dormir lo que se suele llamar a pierna suelta y con la conciencia tranquila?

sábado, 15 de diciembre de 2018

Contrasentidos


Es una charla a la que se supone acudimos movidos por el deseo de eso que suele llamarse “aprender a ser mejores”.
Para coger un buen sitio salgo de casa con tiempo y, además, tomo un taxi, de manera que cuando llego  ―falta algo más de un cuarto de hora para que empiece la charla―  me siento en el mejor lugar que sé encontrar, una silla de la cuarta fila en la que no hay abrigo ni bolso ni objeto alguno que indique que la silla esté ocupada por alguien que llegó primero y salió por ejemplo a fumar.
Faltando unos instantes para que la charla empiece, todo el mundo sentado, incluso en la escaleras (abarrotadas), y personas de pie por los rincones y apoyadas en las paredes, llegan algunas personas ―pocas, para decir la verdad, pero que se ve claramente que están llegando en ese momento porque traen puestos sus abrigos y sus bolsos colgados del hombro, prueba bastante fehaciente de que no es que hubieran salido a fumar y sí de que no habían llegado antes― que, tras retirar algún bolso o abrigo de alguna que otra silla, se instalan felizmente en la primera fila.
Mi crítica puede estar siendo una niñería; pero es que me resulta chocante y contradictorio que en ese afán de “aprender a ser mejores” no vaya implícito el considerar, tanto quien guarda el sitio como quien viene a ocuparlo porque se lo guardaron, que están actuando con absoluta falta de respeto para quienes sí llegaron primero.
Otra cosa es ―y si un día consigo llegar lo bastante pronto lo haré sin pestañear― coger el mejor sitio, en la primera fila y en todo el centro.
Pero yo, personalmente, no porque alguien me lo haya guardado.

martes, 9 de octubre de 2018

Lo que le he dicho al facebook



Hoy ha sucedido en clase de Filosofía, pero hace unos días sentí algo muy parecido en clase de Pintura.
Los filósofos, griegos, todos tan respetables y que dijeron lo que tuvieran a bien hace veintitantos siglos.
Es cierto que a estas alturas de mi vida no tengo tiempo (ni ganas ni interés) de aprenderme las frases lapidarias pronunciadas por cada uno de ellos; pero, sinceramente, pienso que tampoco me hace falta.
Bástame saber, en mi opinión (que no me voy a molestar de añadir “humilde”, porque, también en mi opinión, todas las opiniones deben serlo), que el pensamiento, de quien sea, puede ser variopinto y disperso, e incongruente e incluso contradictorio, y que no hay por qué endiosar determinadas afirmaciones acuñadas en frases lapidarias que en letras de molde han pasado a la historia, o a las enciclopedias, o al ánimo de las gentes como incontrovertibles o incuestionables.
Los filósofos, todos, antiguos y modernos, han tenido opiniones de las cuales, y por alguna razón que desconozco, algunas se han convertido en dogmas a los que (entiendo, aunque no comparto) es osadía replicar.
Bueno, pues a mí personalmente – y así lo he expresado, a lo que por cierto una compañera de clase me ha replicado “¿y para qué vienes aquí y no te vas a la cola del pescado?” – hoy por hoy, y alimentada tal vez aunque de forma poco intelectualizada y metódica del pensamiento griego del que está imbuida toda sociedad occidental (y aún no comulgando del todo con dicho pensamiento), me doy cuenta de que la vida cotidiana, el simple hecho de abrir los ojos cada mañana y plantar los pies en el suelo, me abre, a mí y a cualquiera, un abanico apabullantemente enorme de posibilidades de experimentar sensaciones, y emociones, y de elaborar pensamientos, y opiniones, y hacerme infinidad de preguntas y de planteamientos a raíz, tan sólo, de un gesto, de un ademán, de un tono de voz, que veo, u observo, o escucho en alguien, que inevitablemente me lleva a considerar qué mundo interior de la persona que lo está emitiendo la tiene sometida a esos gestos o ademanes o entonaciones y no a otros.
De ahí que dijera yo, y que lo dije, “tanto puede inducirme a pensar una señora en la cola ce la carne como cualquier filósofo por muy respetable que sea”. De ahí también la réplica de por qué en vez de asistir a clase no me marchaba a la cola del pescado (y que era carne, pero, bueno.
Le pude replicar “para qué molestarme en ir a buscar una pescadería (de guardia, a lo mejor, que era ya por la tarde) cuando te tengo a ti al lado y me estás haciendo el mismo juego”, pero no lo dije. Y es verdad que a partir de ese cruce de frases he tenido para recapacitar bastante en torno a la condición humana (incluida la mía) y cómo del qué y del cómo de cada momento hacemos las personas nuestras interpretaciones subjetivas que tomamos, sin pestañear, por perfectamente objetivas.
Por otra parte, y volviendo a los filósofos, griegos, ellos dijeron y opinaron lo que les trajo a la mano decir y opinar en el momento y en el mundo que vivieron; pero hoy, veintitantos siglos después, yo, en mi momento, creo que tengo la obligación de elaborar mi propio pensamiento, que puede ser desacertado sí, y perfectamente refutable; pero no creo que sea muy discutible que sí cada vez que he de pensar (acerca de lo que sea) hubiera de pararme a echar cuentas de qué debería de pensar para no quebrantar no me importa qué dogma del pensamiento (griego, o chino, o de la Patagonia, que cada uno tendrá sus seguidores y sus adeptos) se me iría el tiempo y la vida en no pensar por mí misma. Y me iría cada noche a la cama furiosa conmigo misma por no haber hecho uso de cuántas posibilidades me estaba dando el día cuando, por la mañana, abrí los ojos y planté los pies en el suelo.
Ahora voy con la clase de Pintura del otro día, más o menos de lo mismo y en una línea que se me antoja parecida y me coloca ante prácticamente idéntica elucubración.
Si un pintor (consagrado) pinta un recuadro rojo sobre un lienzo blanco, eso es arte. Si lo pinta cual quiera – yo por ejemplo, ya que estoy aquí – no va a serlo, a menos que se me reconozca una trayectoria que, sinceramente, nunca podría alcanzar porque me siento del todo incapaz de repetirme a mí misma pintando rectángulos, incansablemente, rojos o de cualquier otro color sobre lienzos en blanco.
No dudo de que para eso están, para determinar qué es arte y qué no lo es, los críticos y los expertos y los entendidos. Pero tampoco dudo de que si me paro a echar cuentas (un poco del mismo modo en que no me paré con la filosofía, unos párrafos más arriba) no me resolveré jamás, temerosa de errar, a agarrar unos pinceles y plantar – sobre un lienzo o un cartón o una estantería de armario de cocina – lo que a mí se me cuadre en mi cabeza o en mi mano o en mi ánimo.
Pienso que se vive (vivimos) muy encasquillados en no quebrantar lo establecido y no romper los moldes ni los cánones. Pero los moldes… ¿no están para romperse? En la clase misma, y al hilo de qué digo, me enteré de que los tres colores básicos ya no son rojo, azul y amarillo, porque “últimamente las cosas han cambiado mucho”.
Ah.
Y el pensamiento, griego, alguien me ha dicho que pues de él nos hemos nutrido desde hace más de veinte siglos, y que algo tendrá para haber prevalecido. Y sí, es cierto, pero al cabo de esos mismos tantos más de veinte siglos me pregunto si sería demasiado disparatado plantearse el cambiar de dieta.
Porque los tiempos cambian, y los criterios cambian, y los gustos cambian, del mismo modo que cambian las modas.
No entiendo, ni tengo el menor interés en entender, por qué ha de ser sacralizado nada, nada absolutamente en este mundo.
Entiendo sí que cada ser humano ha de tirar para adelante, y si se tercia o pone a tiro, equivocarse, y caerse y levantarse, y seguir tirando hacia adelante.

martes, 21 de agosto de 2018

Figura hierática

Fotografía sobre cartón pluma del original sobre pizarra realizado con tizas de colores y esmalte para uñas (86X56 cms)

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.