martes, 9 de octubre de 2018

Lo que le he dicho al facebook



Hoy ha sucedido en clase de Filosofía, pero hace unos días sentí algo muy parecido en clase de Pintura.
Los filósofos, griegos, todos tan respetables y que dijeron lo que tuvieran a bien hace veintitantos siglos.
Es cierto que a estas alturas de mi vida no tengo tiempo (ni ganas ni interés) de aprenderme las frases lapidarias pronunciadas por cada uno de ellos; pero, sinceramente, pienso que tampoco me hace falta.
Bástame saber, en mi opinión (que no me voy a molestar de añadir “humilde”, porque, también en mi opinión, todas las opiniones deben serlo), que el pensamiento, de quien sea, puede ser variopinto y disperso, e incongruente e incluso contradictorio, y que no hay por qué endiosar determinadas afirmaciones acuñadas en frases lapidarias que en letras de molde han pasado a la historia, o a las enciclopedias, o al ánimo de las gentes como incontrovertibles o incuestionables.
Los filósofos, todos, antiguos y modernos, han tenido opiniones de las cuales, y por alguna razón que desconozco, algunas se han convertido en dogmas a los que (entiendo, aunque no comparto) es osadía replicar.
Bueno, pues a mí personalmente – y así lo he expresado, a lo que por cierto una compañera de clase me ha replicado “¿y para qué vienes aquí y no te vas a la cola del pescado?” – hoy por hoy, y alimentada tal vez aunque de forma poco intelectualizada y metódica del pensamiento griego del que está imbuida toda sociedad occidental (y aún no comulgando del todo con dicho pensamiento), me doy cuenta de que la vida cotidiana, el simple hecho de abrir los ojos cada mañana y plantar los pies en el suelo, me abre, a mí y a cualquiera, un abanico apabullantemente enorme de posibilidades de experimentar sensaciones, y emociones, y de elaborar pensamientos, y opiniones, y hacerme infinidad de preguntas y de planteamientos a raíz, tan sólo, de un gesto, de un ademán, de un tono de voz, que veo, u observo, o escucho en alguien, que inevitablemente me lleva a considerar qué mundo interior de la persona que lo está emitiendo la tiene sometida a esos gestos o ademanes o entonaciones y no a otros.
De ahí que dijera yo, y que lo dije, “tanto puede inducirme a pensar una señora en la cola ce la carne como cualquier filósofo por muy respetable que sea”. De ahí también la réplica de por qué en vez de asistir a clase no me marchaba a la cola del pescado (y que era carne, pero, bueno.
Le pude replicar “para qué molestarme en ir a buscar una pescadería (de guardia, a lo mejor, que era ya por la tarde) cuando te tengo a ti al lado y me estás haciendo el mismo juego”, pero no lo dije. Y es verdad que a partir de ese cruce de frases he tenido para recapacitar bastante en torno a la condición humana (incluida la mía) y cómo del qué y del cómo de cada momento hacemos las personas nuestras interpretaciones subjetivas que tomamos, sin pestañear, por perfectamente objetivas.
Por otra parte, y volviendo a los filósofos, griegos, ellos dijeron y opinaron lo que les trajo a la mano decir y opinar en el momento y en el mundo que vivieron; pero hoy, veintitantos siglos después, yo, en mi momento, creo que tengo la obligación de elaborar mi propio pensamiento, que puede ser desacertado sí, y perfectamente refutable; pero no creo que sea muy discutible que sí cada vez que he de pensar (acerca de lo que sea) hubiera de pararme a echar cuentas de qué debería de pensar para no quebrantar no me importa qué dogma del pensamiento (griego, o chino, o de la Patagonia, que cada uno tendrá sus seguidores y sus adeptos) se me iría el tiempo y la vida en no pensar por mí misma. Y me iría cada noche a la cama furiosa conmigo misma por no haber hecho uso de cuántas posibilidades me estaba dando el día cuando, por la mañana, abrí los ojos y planté los pies en el suelo.
Ahora voy con la clase de Pintura del otro día, más o menos de lo mismo y en una línea que se me antoja parecida y me coloca ante prácticamente idéntica elucubración.
Si un pintor (consagrado) pinta un recuadro rojo sobre un lienzo blanco, eso es arte. Si lo pinta cual quiera – yo por ejemplo, ya que estoy aquí – no va a serlo, a menos que se me reconozca una trayectoria que, sinceramente, nunca podría alcanzar porque me siento del todo incapaz de repetirme a mí misma pintando rectángulos, incansablemente, rojos o de cualquier otro color sobre lienzos en blanco.
No dudo de que para eso están, para determinar qué es arte y qué no lo es, los críticos y los expertos y los entendidos. Pero tampoco dudo de que si me paro a echar cuentas (un poco del mismo modo en que no me paré con la filosofía, unos párrafos más arriba) no me resolveré jamás, temerosa de errar, a agarrar unos pinceles y plantar – sobre un lienzo o un cartón o una estantería de armario de cocina – lo que a mí se me cuadre en mi cabeza o en mi mano o en mi ánimo.
Pienso que se vive (vivimos) muy encasquillados en no quebrantar lo establecido y no romper los moldes ni los cánones. Pero los moldes… ¿no están para romperse? En la clase misma, y al hilo de qué digo, me enteré de que los tres colores básicos ya no son rojo, azul y amarillo, porque “últimamente las cosas han cambiado mucho”.
Ah.
Y el pensamiento, griego, alguien me ha dicho que pues de él nos hemos nutrido desde hace más de veinte siglos, y que algo tendrá para haber prevalecido. Y sí, es cierto, pero al cabo de esos mismos tantos más de veinte siglos me pregunto si sería demasiado disparatado plantearse el cambiar de dieta.
Porque los tiempos cambian, y los criterios cambian, y los gustos cambian, del mismo modo que cambian las modas.
No entiendo, ni tengo el menor interés en entender, por qué ha de ser sacralizado nada, nada absolutamente en este mundo.
Entiendo sí que cada ser humano ha de tirar para adelante, y si se tercia o pone a tiro, equivocarse, y caerse y levantarse, y seguir tirando hacia adelante.

martes, 21 de agosto de 2018

Figura hierática

Fotografía sobre cartón pluma del original sobre pizarra realizado con tizas de colores y esmalte para uñas (86X56 cms)

lunes, 9 de julio de 2018

Texto 14.17

14.17 “Todo en el arte es en realidad poesía, el encuentro feliz entre análisis y analogía que transparenta la alegría de la conciencia trinitaria. Pero hoy el mundo del arte es también un encuentro para el discurso pretextual y falsario de los descreídos, de los que destierran a los ritos binarios de la Tierra cuando seducción y convocación se convierten en fines en sí mismos, no en caminos para abrir la cueva de los misterios, y así se produce el engaño colectivo, el nuevo espectáculo. Son los pintores que llenan los linos de grasas acobardadas y sangre seca, rumiantes enmascarados que llenan la vida arrancando las raíces de las pequeñas hierbas.”
 
COMENTARIO DEL AVENTURERO
El arte no puede ser un pretexto de nada, ni una simple pretensión, ni siquiera la búsqueda de nuevas sensaciones. Tampoco un espectáculo que nos entretenga o nos divierta, es en sí mismo arte.
Es más bien una búsqueda de lo que todavía no conocemos, un ejercicio al encuentro de lo desconocido, del futuro, de lo que todavía no sabemos que somos, que nos completa como seres humanos y completa la representación del mundo. No hay arte sin misterio. Y la seducción y convocación que se requiere para el ejercicio de lo artístico no es posible sin acercarse a lo mistérico.
El arte produce no sólo emoción (movimiento) sino alegría, “el encuentro feliz entre análisis y analogía”, y desvela en cierto modo lo que llamamos “realidad”. Se traduce en un nuevo vector de impulso externo, para el mundo, e interno, en nuestra geografía física, emocional y neuronal. No necesita explicaciones, ni argumentaciones críticas o académicas, ni una preparación especial para su contemplación.
Por todo ello no podemos conformarnos con “pequeñas hierbas” o ejercicios analíticos, ni con ejemplos de destreza técnica, ni siquiera con ocurrencias más o menos afortunadas. Hay más…
¿Qué es la belleza?, ¿no es acaso un misterio?, ¿algo que no podemos asir, ni acotar, ni analizar o definir exclusivamente a través de la razón?, ¿algo que se nos escapa porque tal vez está al borde, en la frontera de lo que desconocemos, más allá de modelos culturales o arquetipos temporales?, ¿algo así como un arcano?
El espectáculo tal y como lo concebimos hoy en día, el realismo naturalista al que estamos acostumbrados a ver en los teatros o en la fotografía, las obras de arte conceptual, las performances, las instalaciones… resultan en su gran mayoría ejercicios fraudulentos y tristes, más o menos provocadores, más o menos desconcertantes, de acumulación de objetos e imágenes “descreídas”. En su gran mayoría, básicas representaciones de los aspectos más lamentables y menos virtuosos del ser humano contemporáneo.
Ni se profundiza en las raíces, ni hay una convocación vertical, ni se produce un encuentro con lo desconocido. No hay misterio, no hay magia, no nos hacen volar. Nos sumen en un estado de pesadumbre como si se negara la ilusión del descubrimiento de algo más verdadero, más alegre, más bello. Como si la belleza fuese un tabú, como si la alegría fuese algo infantil, como si el alma no existiera…
Como si no necesitásemos la poesía para alimentarnos, para vivir más plenos, para aventurarnos en el descubrimiento del mundo y para crecer.
Como si el ser humano no fuese POETA.
Podemos aspirar a ser más inteligentes, a superar el pensamiento único, e incluso a ir más allá del pensamiento dual.
¿Que está ocurriendo con el arte?
Sobre el fraude del arte contemporáneo:
https://www.youtube.com/watch?v=f4vrG3WI35k

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.