sábado, 16 de noviembre de 2019

Profesión de cierto riesgo


No hay cosa que me dé más rabia que esa manía que tiene de… Pero con eso de que “anda, mujer, para qué tanto trámite estando como estamos puerta con puerta” …
– Ya, pero ―le digo―, una tiene su agenda… Y sus compromisos.
Pero no parece que le entre mucho en la cabeza. Así que, esta mañana, tempranito, que madrugué para ir teniendo adelantadas las maletas… Por lo del viaje, que ando ya loca con lo del dichoso viajecito…
– Que ando ya loca ―le cuento, por desahogarme un poco―; primero que si a Noruega a ver los fiordos y, luego, ayer mismo me llama, que no y que mejor quizás Copacabana…
– ¿Y qué está más lejos? ―Pregunta. Apoyada en el quicio de la puerta, de la cocina, fumando un cigarrillo con esa cortedad tan suya, de miras, que la hace quedarse siempre con lo menos esencial de cualquier tema.
– ¿Y qué me importa a mí eso?
– Bueno ―dice―, es que pensé que…
– Pues, no. La distancia me importa un comino; y si es en avión o en barco o en patín. Lo que me trae por la calle de la amargura son las dichosas maletas… y, encima… ―me pongo de pie con el último sorbo de café y pongo los cacharros en la pila, que está que se sale por cierto―, mira… ¿Cuándo friego todo esto?
– ¿Y Eloísa?  ¿Está enferma?
–No. En su casa haciendo ganchillo.
– Pensé que eso lo hacía Claudia ―pisándome los talones pasillo adelante, camino de mi cuarto de trabajo―. Y, Eloísa ―dice― ¿Sabe Eloísa hacer ganchillo?
– Se le da mejor la vichyssoise, pero como este trabajo es tan… Y, Claudia, que tenía el niño malo me ha llamao… Que no sé yo esa si no es que trabaja por su cuenta; en negro, claro… Pero, bueno, es un punto de red muy sencillito que, total, para unos minutos que, cuando quieres darte cuenta…
– Pues, por eso, con algo más fácil habrías podido muy bien salir del paso…
– Ya, pero la clienta quería ganchillo… Y tú ―aprovecho para cambiar de tercio e ir al grano, que cuando esta se pone de palique con la que tengo hoy liada― ¿Qué quieres?
También ella aprovecha y también ella cambia de tercio. Que la conozco. Viene como si nada y suavecita “mira, unas rosquillas para que desayunes, que me las ha traído mi cuñada del pueblo”. Pero en ascuas, que se lo noto, por entrar a lo suyo…
– Quiero que me hagas un favor ―va y me suelta.
– ¿Por favor? ―apostillo, en un cierto tonillo porque, si yo la conozco ella a mí también.
– Sí, claro ―parece un poco cortada de repente; incluso se sonroja un poco―, o, bueno…, es decir no…, naturalmente.
– Es que tienes que entender ―me suavizo un poco, como la veo apurada― que una cosa es la buena vecindad y otra, muy diferente, el trabajo.
– Pero si lo entiendo, entiéndeme. Es que se me ha escapado sin querer. Discúlpame. Además, con la gracia que me hiciste el otro día, pues, ya… Y que, ¿sabes?, cuando vino mi marido de la oficina quise yo… Pero no fue lo mismo
– Bueno, es que eso… ―yo, abriendo el ordenador―. A mí por lo menos, cuando me lavo el pelo en casa no me queda como en la peluquería.
(Continuará)

jueves, 31 de octubre de 2019


Una risa que se rompe, y un encuentro que se pierde,
y el recodo de una curva que recta colma qué mueve
lo que muere sin más gloria,
ni penitencia, ni en ciernes
de rondar ni de pasada, ni de vuelta
ni devuelve, a su lugar,
al que debe,
que es el suyo y del que viene,
el espanto de sentir sentimiento que no siente
mas que el rumor de unos pasos que ni de lejos son fieles
a qué conduce a qué senda
que no trazó mano alguna, de otro mundo ni de este…
lado oscuro que rezuma monsergas que lo pervierten.
31/10/19


miércoles, 27 de marzo de 2019

Maldito puto sentido que...


Algo le decía en voz muy baja y entrecortada, como con interferencias, que eran los mismos sonidos de siempre aunque sonaran como nunca. Y los mismos olores y los mismos sabores por más que se obstinaran en quererle resultar desconocidos o, peor aún, traicionarla mostrándose como ella sabía muy bien que habían dejado de ser hacía ya décadas.
El rojo de los sábados, por ejemplo – se dijo; y la voz que pero eso era un color; y ella pero que la traicionaba también, así que valía –, el rojo de los sábados de su infancia tal vez porque por entonces era el color que más le gustaba. Y el azul para todo lo dulce, y la acetona para quitar el esmalte de uñas que era como dar un mordisco a una manzana Verde Doncella.
– Os conozco. No penséis que porque no os recuerde vais a engañarme.
Y el tacto, ese tacto escurridizo de lo inasible que, por alguna razón que nada más podía ser extravagante o estúpida (que qué diferencia podía haber), se empecinaba en jugar al despiste y mostrarse similar al de… Maldita fuese que ahora también la iba a traicionar el de…
¿Cómo coño se llamaba aquel puto sentido que no quería venirle a la cabeza?
Y la voz “qué más da si total ya has mezclado el azul de los domingos con el sabor de la acetona”. Y que si hacía falta ponerse tan minuciosa. Y ella que no, claro, pero que le fastidiaba no poder localizar por más que se esforzaba el color de los lunes de invierno, cruzando aunque hiciera sol el bulevar camino del colegio.
– Pero – al sentido o lo que aquello tan arisco fuese – también a ti te conozco ¿Qué te has creído?
Y, aunque ni se lo dijo ni la voz rechistó afanada tal vez en aclararse o buscar el registro adecuado para resultar nítida, supo imaginar que algo increíble – de lo que no cabía sospechar que fuese a desnudarse, allí, delante de todo el mundo (o lo que aquello tan homogéneo, uniformado, fuese) sin más fin ni objeto que el de, en números no menos redondos que ello, venir a destrozarle la vida una vez más – estaba a punto de caramelo de suceder.
Y la voz, aclarada y ya nítida, emitió la misma risita burlona de siempre; tan del todo inconfundible que, también como siempre, la tranquilizó como nunca.

viernes, 4 de enero de 2019

De la moral pública y de la privada

Que qué estoy pensando, el facebook, que me lo pregunta siempre en cuanto que me ve que entro.
Pues estoy pensando en esa panda de chicos, los llamados La manada, y en la indignación que ha producido tanto a niveles públicos, y políticos, como a niveles privados, el hecho de que por lo pronto no van a ingresar en prisión hasta que no salga la sentencia definitiva que, por cierto según he escuchado en las noticias, su abogado piensa recurrir. Claro, que también va a recurrir el abogado de la acusación, el de la joven. Uno porque la pena impuesta considera que es mucha, y el otro porque considera que es poca.
La opinión pública y salvo contadas excepciones, que haberlas habrá, está, pues eso, y tal como se ha podido ver en las televisiones, indignada porque no van a la cárcel de inmediato.
Y me pregunto si en efecto y en verdad "todo el mundo" está tan indignado como dice y manifiesta estarlo, o si dice y manifiesta estarlo porque estarlo y manifestarlo está dentro de lo consensuado y políticamente correcto, en tanto que decir o manifestar lo contrario es... un atrevimiento, por lo menos, por salirse del tiesto; atrevimiento que no estaría yo muy segura de que tuviesen los arrestos de encarar muchos de entre los "todos" que, quién sabe si haciendo de tripas corazón, eligen (¿libremente?) adoptar la actitud "correcta".
Y es que, vamos a ver:
Los hechos ocurrieron en una noche de jolgorio donde (y cuando) no es descartable que tanto los ellos como la ella fueran un poco cargaditos de copas. Y estando cargaditos de copas, hombres y mujeres se entregan a comportamientos a los que puede que no (aunque también puede que sí) se entregarían caso de estar serenos.
Por otra parte parece, eso sí (pues que es de dominio público habida cuenta de que los medios de difusión lo han aireado ampliamente), claro y evidente que los ellos pelín macarras sí que son; vamos que para poeta me creo sin rechistar que no iba ninguno.
De ella, de la joven, no sabemos absolutamente nada. Que me parece bien, entendámonos; que el hecho de que aun sin cara ni nombre las circunstancias acaecidas la coloquen en un cierto papel de desventurada protagonista no nos da derecho, a nadie, a conocer pormenores de cómo pueda ser ella en su privacidad, ni de cuales puedan ser sus gustos e inclinaciones tanto en terrenos y aspectos de la sexualidad como en cualesquiera otros terrenos y aspectos de la vida.
Pero, a lo que voy; de ellos lo que sabemos es todo desfavorable; de ella, sin embargo, no sabemos nada ni favorable ni desfavorable.
Por supuesto que una violación no deja de ser violación sean cuales sean las inclinaciones y gustos sexuales de quien la padece; pero, habida cuenta (insisto) de que no es descartable la posibilidad de que tanto los otros como la una no estuviesen despejados del todo, ¿cómo se puede tener la seguridad absoluta de que ella, aun en su posible (y ocasional y pasajera) ausencia de total lucidez, no encontrase un algo de atractivo en...
Bueno, no quisiera yo escribir algo inconveniente; pero pese a la poca "cultura general" que tengo de qué es el mundo y qué son los vivientes (por cuestiones de mi forma de ser que no vienen al caso) tengo sí la "cultura particular" que me da la edad que tira ya a provecta de saber - o no tan particular, la cultura, que la tiene todo el mundo - que hay señoras (mujeres, en general, quiero decir; no importa qué edad ni qué estado civil) a las que soñar (imaginar, fantasear) el tener relaciones sexuales con cinco señores (o señoritos, que tampoco importan el estado civil ni la edad) a la vez les resulta... digamos "excitante".
Vengo a considerar y preguntarme, por tanto, si estaría fuera de toda la lógica de toda la opinión pública que tanto y con tanto fuego se muestra indignada el plantearse si no cabe, en absoluto; la posibilidad de que ella, aceptase, la situación; no a tope de todas sus luces, sí, pero la aceptase.
Y que luego, también cabe suponer (o a mí me cabe) sintiera pudor y se dijese ¡Cielos, qué he hecho!
Que ni idea, ya digo; sólo estoy aquí divagando y porque el facebook me ha preguntado que qué pienso.
Y, en mis divagaciones, también pienso que qué fina, y qué frágil, y que huidiza es la línea que separa el que un sólo y único hecho - visto bien sea desde el punto de que el machismo y la dominación de la mujer por la fuerza es repugnante, o (bien también, en el caso del feminismo y de las y los feministas) desde el punto de que las mujeres tenemos todos los derechos sobre nuestros comportamientos y actitudes y sobre nuestros gustos y sobre nuestros cuerpos - pueda ser calificado abominable o digno de aplauso.
Pienso, en conclusión, que no pudiendo (nadie) tener la absoluta certeza de cuáles estuvieron siendo las motivaciones ni sensaciones ni emociones (alteradas, tal vez, o un poco, o un poco al menos dadas las circunstancias y el entorno festivo) de ninguno de los participantes en los hechos, es un poco moralmente injusto cargar todo el peso de la culpa sobre estos chicos que, ya digo, para poeta seguro que ninguno iba, pero, los nueve años de cárcel si la sentencia se confirma, ¿no mueven a nadie, a ninguno ni a la "alguna", a cuestionarse si tiene todo el derecho (moral) a dormir lo que se suele llamar a pierna suelta y con la conciencia tranquila?

sábado, 15 de diciembre de 2018

Contrasentidos


Es una charla a la que se supone acudimos movidos por el deseo de eso que suele llamarse “aprender a ser mejores”.
Para coger un buen sitio salgo de casa con tiempo y, además, tomo un taxi, de manera que cuando llego  ―falta algo más de un cuarto de hora para que empiece la charla―  me siento en el mejor lugar que sé encontrar, una silla de la cuarta fila en la que no hay abrigo ni bolso ni objeto alguno que indique que la silla esté ocupada por alguien que llegó primero y salió por ejemplo a fumar.
Faltando unos instantes para que la charla empiece, todo el mundo sentado, incluso en la escaleras (abarrotadas), y personas de pie por los rincones y apoyadas en las paredes, llegan algunas personas ―pocas, para decir la verdad, pero que se ve claramente que están llegando en ese momento porque traen puestos sus abrigos y sus bolsos colgados del hombro, prueba bastante fehaciente de que no es que hubieran salido a fumar y sí de que no habían llegado antes― que, tras retirar algún bolso o abrigo de alguna que otra silla, se instalan felizmente en la primera fila.
Mi crítica puede estar siendo una niñería; pero es que me resulta chocante y contradictorio que en ese afán de “aprender a ser mejores” no vaya implícito el considerar, tanto quien guarda el sitio como quien viene a ocuparlo porque se lo guardaron, que están actuando con absoluta falta de respeto para quienes sí llegaron primero.
Otra cosa es ―y si un día consigo llegar lo bastante pronto lo haré sin pestañear― coger el mejor sitio, en la primera fila y en todo el centro.
Pero yo, personalmente, no porque alguien me lo haya guardado.

Caja de bombones

Caja de bombones
Una de esas cajas que se pueden encontrar en cualquier cajón de cualquier aparador de cualquier comedor o cuarto de estar de cualquier casa y en las que, cuando las abrimos, nada más encontramos pequeños cirindulillos inservibles que, hace ya tantos años, imaginamos que alguna vez podíamos necesitar. Esta, afortunadamente, está como se puede ver vacía.